Alexandra Marnier-Lapostolle

“Cuando trabajas en una empresa familiar, en la que tu padre es el director, tu tío, miembro del directorio y, además, trabajan tu hermano y esposo, siempre es mejor tener el respaldo de la opinión de un experto”.

Alexandra Marnier-Lapostolle

Todos quienes trabajan para ella, al menos en Chile, la llaman Madame, y Madame le hace honores a este título que en su persona, y con su delicioso acento francés, suena a nobleza. Alexandra Marnier-Lapostolle –heredera de la familia creadora y propietaria del famoso Grand Manier y alma de la viña Casa Lapostolle en Chile–es de esas mujeres que siempre lucen envidiablemente perfectas; ya sea en jeans y zapatillas deportivas, como el día que nos reunimos en su magnífica casa de Apalta, en el valle de Colchagua, o bien de vestido largo, como cuando celebró, con más de 300 invitados, provenientes de cuatro continentes, la inauguración de la nueva bodega de su gran vino Clos Apalta. La primera vez que conversamos, eso fue cinco años atrás, habló en inglés; esta última ocasión, durante una de sus cinco visitas anuales a Chile, lo hizo en su casi perfecto español. Así es Madame, imparable.

¿Qué atrajo a esta glamorosa mujer, con estudios de economía y residente de la lujosa ciudad de Ginebra, con su marido Cyril de Bournet, hasta el corazón silvestre del campo chileno? Acompañada por Patricio Eguiguren y Jacques Begarie, sus manos derecha e izquierda en Chile, y con quienes recorre sus viñedos y bodegas durante los ocho días que duran sus estadías en Apalta, Madame da cuenta de sus razones.»

“Me casé a los 21 años, vivía como una buena señora, y aunque Ginebra es muy bonita, es muy pequeña. Entonces hacía mi maleta cada 15 días y me iba a París para tener un poco de oxígeno. Después dije: me gustaría involucrarme en la empresa familiar y como me gusta el vino, pensé por qué no compramos una propiedad para producir vinos tintos, ya que producimos blancos en Sancerre”. Leyendo muchas revistas especializadas?–?como Wine Spectator, la que acaba de coronar a su vino Clos Apalta 2005 como el mejor precio-calidad del mundo– Alexandra se tomó en serio aquello de que en el Nuevo Mundo había plantadas variedades francesas. Decidió venir a ver?–?junto con su inseparable esposo y padre de dos guapos hijos varones?– cómo habían evolucionado. El campo que le fascinó por su buen rendimiento natural en el Valle de Colchagua fue el de la familia Rabat y, para convencer al directorio de hacer una sociedad con ellos, acudió a Michel Rolland.

Por ese entonces, 1993, Rolland era un asesor de Burdeos que apenas comenzaba a volar de país en país (hoy es un verdadero gurú para muchos productores de vino de este continente). Con su lado serio, ejecutivo, el que la ha hecho ganarse el respeto de sus vecinos, su equipo de trabajo y la industria del vino mundial, Madame me dice: “Cuando trabajas en una empresa familiar, en la que tu padre es el director, tu tío, miembro del directorio y, además, trabajan tu hermano y esposo, siempre es mejor tener el respaldo de la opinión de un experto, seas hombre o mujer”. Pero también sabe que ser mujer tiene sus ventajas y las usa. “Yo sé perfectamente”, dice con su lado cercano y pícaro, “qué debo decirle a mi papá para obtener de él un sí”.

Con una copa de Clos Apalta 2005, de las últimas botellas –que en la cocina de su viña le han guardado con un cartelito que dice “no tocar, de Madame”–, Alexandra recordó la historia de su familia; la misma que debió haber oído de chica hasta el cansancio. “Mi bisabuelo, proveniente de una familia que producía vinos en Sancerre desde el siglo 18, se casó con una chica Lapostolle, cuya familia tenía una destilería en las afueras de París, y empezó a trabajar con ellos. Un día dijo: por qué no hacemos nuestro producto e inventó el Grand Marnier, con esencia de naranjas amargas y coñac. Lo hicieron y fue un éxito. Así se unió el apellido Marnier-Lapostolle”.

La historia contada ahora por sus labios revela sin querer de dónde salieron esos emprendedores genes que la trajeron hasta el corazón de Colchagua y que han impulsado tan lejos y tan alto sus vinos, sus más preciados hijos.

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