Chicha Power
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Tras años de dificultades legales, se abrió el primer banco de alimentos en Chile, un sistema que evita que las empresas boten sus productos y ayuden a millones de necesitados.
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Toneladas y toneladas de comida quemada. Día tras día. La burocracia chilena obligaba a incinerar los alimentos que no pudieran ser comercializados debido a la cercanía a su vencimiento o por defectos de fabricación, rotulación u otros. No había posibilidad de que esos víveres pudieran donarse a instituciones de caridad, salvo que las industrias y supermercados estuvieran dispuestos a pagar impuestos por el 35 por ciento de su valor comercial.
Contra esa inaceptable realidad se rebeló el argentino Carlos Ingham, ex alto ejecutivo de JP Morgan radicado en Chile. En 2002 escuchó por primera vez sobre los bancos de alimentos y pensó que en Chile hacía falta una entidad que recogiera y almacenara esos excedentes para distribuirlos, por ejemplo, entre hogares de niños y ancianos o en centros de rehabilitación de adicciones, de acuerdo con sus necesidades reales. Pero se encontró con esta muralla tributaria, que recién pudo ser derribada tras siete años de presión sobre las autoridades y parlamentarios. Así, en junio de 2010 comenzó a operar Red de Alimentos –presidida por Ingham– con el propósito de distribuir entre obras de beneficiencia la mayor cantidad posible de comestibles que las empresas y supermercados no puedan vender.
La idea surgió hace más de cuatro décadas. John van Hengel era voluntario en Phoenix, Arizona, cuando se fijó en una mujer que cada día trasladaba diversos alimentos en una carretilla. Ella los obtenía de lo que se botaba en los centros de distribución de los supermercados para alimentar a sus nueve hijos. Ese indicio lo movilizó. Tras convencer a diversos comerciantes de la ciudad para que le donaran lo que no pudieran vender, en 1967 fundó el primer banco de alimentos. Una década después dio forma a una red nacional –conocida hoy como Feeding America–, la que actualmente incluye 200 bancos que entregan víveres a 50 mil instituciones. Se estima que uno de cada ocho estadounidenses es alimentado por esta iniciativa en al menos una ocasión al año. »
En las últimas décadas el modelo se ha propagado en medio centenar de países, la mayoría de ellos desarrollados, como Canadá o Alemania. Sólo en Francia existen 79 de estos bancos. “Eso demuestra que el problema de la alimentación no es exclusivo de los países más pobres”, asegura Ignacio Undurraga, gerente general de Red de Alimentos. Si bien el libre mercado ha traído una mayor disponibilidad de recursos alimenticios, a su alero han surgido brechas que impiden que todas las personas tengan oportunidades similares para acceder a la comida. Entonces, los bancos de alimentos sirven para ordenar de alguna forma la distorsión entre la oferta y la demanda por comestibles.
“Nuestra intervención hace más eficiente la distribución de los alimentos”, explica Carlos Ingham. Por ejemplo, si el banco recibe un contenedor de leche que vence en pocos días, tiene la capacidad de evaluar cuáles son las instituciones de beneficiencia que están desabastecidas del producto. Luego, en vez de dejar todo el cargamento en un solo lugar, lo distribuye racionalmente. “Nosotros realmente podemos llegar a los segmentos de población más carenciados y entregarles el tipo y cantidad de alimento que más les hace falta, de acuerdo a sus dietas específicas”, agrega Pierina Bocic, gerente comercial de Red de Alimentos.
Independiente del beneficio que significa dar alimento a miles de necesitados, la existencia de estos bancos es una enorme ayuda para las entidades benefactoras, que en su mayoría gastan gran parte de su presupuesto en comprar comida. “Esto tiene un doble efecto, porque además de darle alimentos nutricionalmente más balanceados, le das la posibilidad a la institución que use ese dinero en otras necesidades”, precisa Ingham. En el caso de los donantes, les permite importantes ahorros en bodegaje y transporte de los productos que no se pudieron comercializar.
Financiado sólo por donaciones, el modelo opera con el mínimo de costos. Una bodega, un par de personas que la administran y decenas de voluntarios que operan como ejecutivos de cuenta que, al igual que en los bancos reales, se dedican a captar y colocar recursos que tienen la particularidad de ser comestibles. Las principales exigencias son que los alimentos no se encuentren vencidos y que las obras de beneficiencia no se hagan totalmente dependientes de este sistema, pues como afirma Ingham, “los receptores de la ayuda no deben abandonar su labor para proveerse de alimentos. Nosotros somos una ayuda, parte de la solución, pero nunca toda la solución”. in
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