Cien años de Metamorfosis

Texto: MARTÍN KOHAN
       

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No son muchos los escritores cuyos nombres llegan a convertirse en un adjetivo. Y de Kafka, como de pocos o como de ninguno, puede decirse que eso ha sucedido. El nombre propio designa a una persona singular, es tan particular como el individuo al que señala; vuelto adjetivo, en cambio, se ensancha y remite a un mundo entero, un temperamento, una era, una atmósfera, una modalidad, un tipo de sueño o un tipo de pesadilla. Todos entendemos qué es lo que se quiere expresar cuando de algo se dice que es “kafkiano”. Y lo entienden incluso quienes no han leído a Kafka. Porque, en parte, es eso lo que define la condición de los escritores que llegan a ser clásicos: que pasan a formar parte de una especie de saber común, del acervo de los conocimientos generales. Kafka es más que un escritor: es una literatura entera. Y esa literatura es un universo entero.

La condición de los escritores clásicos se verifica, por otra parte, por un tipo de vigencia que ha sido bien definida: un tipo de pertinencia móvil que los vuelve actuales en épocas y lugares distintos. En el caso de Franz Kafka, a eso hay que agregar otra cosa: la potestad de una escritura profética; esa que, en la plasmación primordial de lo ya existente, logra además la captación anticipada de lo que alguna vez, en el futuro, existirá.

Sin eso no podría explicarse la pasmosa actualidad de un relato como La metamorfosis: el hecho palpable de que, al cabo de cien años, nos interpele como nos interpela. La terrible historia de Gregorio Samsa, que un día determinado despierta y descubre que se ha convertido en un insecto, nos afecta no ya como si algo así pudiese llegar a ocurrirnos, lo cual ya sería decir bastante, sino aun más, como si algo así, en cierto modo, nos hubiese ya ocurrido.

Y es que los textos de Kafka, y entre ellos, La metamorfosis en particular, suelen prestarse a lecturas alegóricas, a interpretaciones simbólicas, a la búsqueda de verdades abstractas y metafísicas. Pero acaso lo más perturbador, en ese que llamamos kafkiano, es lo que tiene de material y de concreto, lo que aparece como literal. ¿Quién de nosotros no se vio alguna vez como un bicho? ¿Quién no se descubrió monstruoso alguna vez? ¿Quién no se sintió alguna vez atrapado dentro de su propio cuerpo? ¿Quién no se reconoció alguna vez diferente a todos los otros, y por ende, absolutamente solo?

La historia de La metamorfosis conmueve aun al cabo de cien años por lo que Kafka expone en ella de inhumano, de crueldad familiar, del aislamiento de los que sufren. Y sabemos que, cuando pasen cien años más, seguirá estremeciendo todavía.

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