En dos estilos

Una espléndida y provechosa visita a Italia con mi hija, alojando en los más exclusivos hoteles, recorriendo parte del país.

Italy
Nuestras valijas son exactamente las últimas de la cinta. La cola en el aeropuerto de Venecia para comprar boletos de taxi acuáticos ya es larga. Esta mañana, casi perdemos la conexión en Heathrow, Londres, tras un vuelo nocturno desde Estados Unidos. Miro a mi hija Elizabeth y veo que corren lágrimas detrás de sus anteojos de sol. Está cansada, superada. “Mi querida, todo se va a arreglar y lo pasaremos fabulosamente”, le digo, esperanzada. Este es su primer viaje a Italia y ya tuvo un comienzo agitado. La lancha de transporte público está llena y hace calor, además de parar varias veces antes de llegar al corazón de Venecia, la Plaza San Marcos, atestada de gente.

“Aquí habrá brisa, sin duda”, pienso, mientras con esfuerzo retiramos nuestro equipaje de la lancha y buscamos el atracadero del Hotel Cipriani. Ahí está. En minutos, la veloz lancha llega para luego atravesar raudamente la laguna hasta el famoso hotel de la cadena Orient Express, ubicado en su propia isla. Está rodeado de jardines y transmite una paz difícil de encontrar en las ajetreadas calles de Venecia.
Es un destino dentro de un destino, uno de los varios que disfrutaremos en este viaje que pretende adaptarse a dos estilos diferentes de viajeros. Yo soy del tipo inquieto que no para de ver cosas y duerme cuando es imprescindible, mientras mi hija, de 26 años, es más inclinada a la calma y el descanso.

Yo prefiero los viajes; ella, las vacaciones.

En honor a sus preferencias (y como manera de consolarla), empezamos oficialmente la estadía en Venecia con un almuerzo tardío y sosegado al aire libre, en el hotel, cerca de la piscina de dimensión olímpica, antes de volver a atravesar el canal. Empezamos nuestras exploraciones en San Marcos. Equipadas con guías y cámaras, nos lanzamos por las estrechas callejuelas y los puentes, en los rincones donde las góndolas serpentean por los canales y la ropa lavada cuelga de las ventanas del segundo piso.

En el Cipriani nuestro siguiente día comienza tarde y sosegadamente (la parte de vacaciones) ante un fabuloso desayuno servido al aire libre con vista al brillo del canal y a la franja de arquitectura veneciana al otro lado. En cuanto a recorrer, pasamos unos días fantásticos explorando, no sólo la increíble belleza de Venecia (algo ajetreada, por cierto), sino también las apartadas islas de Burano y Torcello, menos visitadas por turistas.

Próxima etapa, Florencia. Mi lista de cosas para ver y hacer en esta mágica ciudad llena de arte y arquitectura es sin duda nutrida (esta es » la parte de viaje). Alojamos en Villa San Michele  (también Orient Express), un monasterio del siglo 15, asentado en las colinas de Fiesole, con Florencia a los pies. Al desembarcar del taxi, Elizabeth dice: “¿No nos podemos simplemente QUEDAR aquí?” Si no estuviéramos en Florencia, asentiría. El hotel es increíblemente encantador y sosegado, una obra de arte e histórica de por sí, cuya fachada se atribuye a Miguel Angel. Nuestro cuarto tiene vista a unos jardines estupendos.

Pero hay un trabajo que hacer: paisajes y lugares para ver, fotos para tomar. Tras el relax de una taza de té, nos vamos al corazón de Florencia. No hay tanta gente como en Venecia y el arte, la arquitectura y la historia nos dejan absolutamente atónitas. Un par de mercados en la calle ofrecen razonables oportunidades para compras (prendas de cuero, joyas, pañuelos y toda una diversidad de tesoros).

Seguimos la nueva tradición de un comienzo del día apacible con el espléndido buffet del desayuno. Sentadas en la galería abierta, tenemos a Florencia a los pies, con su característico duomo en el centro del paisaje. Hemos establecido una modalidad que funciona para las dos… un desayuno vacacionesco seguido de una recorrida a buen ritmo y detallada, cuyo pináculo es el David de Miguel Angel. ¡Qué fuerza y qué magnetismo! A diferencia de Venecia, donde vagabundeábamos al caer la tarde, decidimos volver a Villa San Michel para disfrutar la paz del atardecer. Una luna plateada luce suspendida en el cielo estrellado y en el jardín italiano titila la luz de las velas. Un piano de cola acompaña el tintinear de porcelanas y cristales mientras los comensales saborean platos deliciosos.

En un gesto sin precedentes en la segunda de nuestras tres noches aquí, digo: “Mañana nos quedamos en casa. Este lugar es demasiado hermoso; es un trozo de historia, de arquitectura y de arte en sí mismo”. Se imaginarán a Elizabeth: parecía que había ganado la lotería. Todo un día de vacaciones por delante. Lo saboreamos con fruición, empezando con nuestro ya tradicional desayuno sin prisa, antes de un día en la paradisíaca piscina, en la cumbre de una colina. El panorama es espectacular y el tiempo, perfecto, en este pacífico trozo del edén. “Esta preferencia de Elizabeth por el lado vacacional tiene lo suyo”, pensé.

El tramo siguiente implicó un viaje en tren a Nápoles, luego dos horas de una ruta panorámica, con muchas curvas, hasta una pequeña joya, la aldea de Ravello, espectacularmente suspendida sobre la costa amalfitana. La llegada al Hotel Caruso tiene reminiscencias de otro de mis favoritos destinos de Orient Express, el Hotel Monasterio de Cusco, Perú.Sobre una estrecha calle lateral empedrada, igual que en la ciudad de los Incas, este hotel resulta de inmediato acogedor. El Caruso es un palacio del siglo 11 que tras una remodelación de 30 millones de dólares fue inaugurado como hotel en 2005. La vista desde allí no tiene precio. La restauración recuperó hermosos frescos, muy trabajados, del nivel de otros que vimos en catedrales y museos.

Bebemos una taza de té ante una magnífica vista, antes de descender unos pocos escalones hasta el corazón de Ravello. La aldea es pequeña y tiene una piazza donde una banda de niños juegan fútbol, mientras una pareja de novios se promete amor eterno en la catedral. Empezamos nuestro segundo día con un lujoso desayuno en exteriores. El panorama compite con la comida. Un paseo por Ravello ofrece la posibilidad de deambular por jardines maravillosos y curiosear en pequeñas tiendas sobre callejuelas empedradas. En nuestro tercero y último día aquí, marcho a la vecina Positano por un día de viajero productivo, en tanto Elizabeth opta por las vacaciones.

Por último, pero sin bajar un ápice el nivel, viajamos a Chianti, cerca de Siena, a Castel Monastero. Esta antigua y pequeña aldea medieval rodeada de viñas y olivares fue inaugurada como destino turístico en julio de 2009 y nos resultó absolutamente encantadora, serena y sorprendentemente apartada. Sus dos restaurantes ofrecen el menú del famoso chef británico Gordon Ramsay. Apenas llegadas, sentimos que no quisiéramos abandonar nunca ese lugar. En un segundo gesto fuera de planes, decidimos pasar un par de hermosos días soleados en el más puro sosiego, disfrutando de una comida fabulosa, de la plaza desierta y de tres piscinas de oscurísimo fondo.

Nuestras dos semanas en Italia nos ofrecieron variados tesoros a la vez que aprendimos a apreciar el estilo de cada una: Elizabeth sabe ahora disfrutar de las recorridas y yo aprendí a disfrutar de los días de vacaciones.


MÁS INFORMACIÓN

www.hotelcipriani.com
www.villasanmichele.com
www.hotelcaruso.com
www.castelmonastero.com

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