31 Minutos

En boca de títere

Un programa infantil que resucitó un formato muerto. Sus artífices Pedro Peirano y Álvaro Díaz hablan del show que ha encantado a Latinoamérica completa.

TEXTO: Alejandro Jofré | FOTO: Sebastián Utreras
       

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La cuadra se divide entre bodegas industriales y casas de un barrio antiguo cerca de Avenida Matta, en pleno centro de Santiago. Dentro de una de ellas funciona el estudio de la productora Aplaplac: oficinas, un taller y set de televisión. Doscientos metros cuadrados por donde hay repartidos muñecos de trapo y pedazos de utilería que asoman de baúles plásticos con etiquetas que dicen “gorros”, “guantes”, “orejas”. En ese espacio se grabaron los doce capítulos de la cuarta y más reciente temporada de 31 Minutos. “Participaron más de 40 personas –explica Pedro Peirano, creador de la serie junto a Álvaro Díaz– y todos trabajaron en diferentes equipos: escenografía, títeres, ambientación, guión, realización y música”.

Pasaron nueve años desde la temporada anterior y algunas cosas cambiaron, muchos de estos cambios, asociados al paso del tiempo. “Creo que sigue siendo el 31 Minutos de la tele. La misma estructura narrativa; tratamos de mantener una continuidad. Hay asuntos de producción que son diferentes, hoy día todo es HD –comenta Díaz. También hay una manera de trabajar que es distinta, donde más se nota es en los shows en vivo. En la escenografía, las ambientaciones, el arte, el vestuario, en la construcción de los títeres, ya hay mayor elaboración en general. También en la cámara, hay más trabajo”.

Sigue el germen de los que estaban hace diez años: “siempre Pedro y yo en la dirección, y en guiones y títeres con Jani Dueñas y Daniel Castro. También Pato Díaz y Rodrigo Salinas. Ahora, además, hay dos directores de arte, Cristián Mayorga y Jorge Miranda, y en la música sigue a cargo el “Kvzón” (Pablo Ilabaca)”.

 

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Humanos, en el fondo

Peirano (Tulio Triviño) y Díaz (Juan Carlos Bodoque) se rieron de los mismos chistes y se hicieron inseparables desde la escuela de periodismo de la Universidad de Chile en 1991. Juntos comenzaron en programas como Plan Zeta o El Factor Humano, pero fue más tarde que se dieron cuenta de que los noticieros son el momento en que niños y padres se juntan frente al televisor. Observaron, preguntaron y entendieron que había que ser muy lógicos y concretos como los niños, pero sin el conocimiento o el contexto que genera el prejuicio de los adultos. Pulieron la idea y grabaron un piloto con la nota de un títere que seguía la ruta de los excrementos humanos.

El resto es historia.

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“Plaza Sésamo y los Muppets fueron parte de nuestra niñez, y tomarlos fue revalidar un formato que estaba completamente muerto”.

 

¿Por qué títeres en lugar de animaciones digitales?

ÁLVARO DÍAZ: En algún minuto elegimos ese camino cuando eran una pieza del pasado. Plaza Sésamo y los Muppets fueron parte de nuestra niñez, y al tomarlo en ese minuto fue revalidar un formato que estaba completamente muerto y relegado a cosas muy pobres. Los títeres tienen una humanidad bastante grande y 31 Minutos es una reivindicación del títere.

PEDRO PEIRANO: Además, la animación es un proceso lentísimo. ¡Nos hubiéramos demorado decenios en hacer todos los programas que hemos hecho!
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¿Y qué tenían en mente para crear los muñecos?

PP: No queríamos que se parecieran a los Muppets. Matías Iglesis (el primer director de arte de 31 Minutos) es el verdadero artífice. Se agarró del concepto de Calcetín con Rombosman (un calcetín huérfano con antiparras) para establecer este mundo en que todo puede ser personaje. También estudió muchas fuentes distintas de peluches y juguetes hechos a mano.

Con los personajes principales cada caso fue distinto: Tulio está basado en unos muñecos gringos de ojos de botones que las abuelas tejen en sus casas. Para el piloto del programa, usamos una rana títere que yo tenía de niño. Matías opinó que era demasiado parecida a la Rana René y decidió que Bodoque debía ser todo lo contrario: un conejo rojo. Juanín era un peluche blanco sin ojos que no tenía un papel, había sido fabricado como extra. Lo elegimos entre muchos y le pusieron unas orejeras de productor. Así fue con todo.
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¿Cuánto de planificación y cuánto de improvisación hay en la serie?

PP: En general, todo está bien escrito y calculado. No podemos improvisar que a Tulio le caiga un zapato gigante en la cabeza. Todas esas pequeñas tallas visuales están listas antes de grabar. Leemos y releemos, mejoramos textos y todo eso, pero siempre antes de grabar. Y grabamos las escenas una y otra vez hasta que queden como queremos. Es bien exhaustivo y meticuloso. Pero como el titiriteo es una actuación, obviamente hay un porcentaje de improvisación y de gratuidad que vas descubriendo ahí mismo en el set. Y todo lo que se descubre en la grabación lo usamos después.

Mientras la media de los canales programa contenidos de elaboración rápida y de supuesto consumo masivo, en general hay poco riesgo bajo la dictadura del rating y sobre todo, del relleno. En ese contexto 31 Minutos es un proyecto caro, de producción lenta y que vio luz verde por el apoyo de fondos estatales. “La tele es fundamentalmente relleno y el relleno siempre es mediocre. Creo que eso no va a cambiar nunca. 31 Minutos es un programa bien hecho, pero que rellena poco”, dice Díaz.

No son un programa infantil, o tal vez sí. Están ahí los pequeños guiños para estimular el sentido crítico: en el “Ranking top top top”, con canciones sobre problemas reales de los niños, como cuando te cortan mal el pelo; en los nombres de los personajes, tomados de la cultura pop ochentera y apoderados de colegio; o cuando el noticiero debe ser chupamedias con un avisador, como “Cebollas me encanta”, y los títeres toman jugo de cebolla por contrato.

“Me gusta la televisión que estimula la curiosidad, el humor y la liviandad de alma. La que muestra el mundo como algo amplio, extraño, curioso. No tiene que ser algo simplón. Puede mostrar toda la oscuridad que quiera, pero debe tener implícita una salida”, opina Peirano.

 

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Pedro Peirano y Álvaro Díaz (con guitarra en la fotografía), los artífices del show.

 

Para siempre

Los números de 31 Minutos son contundentes: dos temporadas transmitidas en casi todo Iberoamérica a través de Nickelodeon, una tercera que circuló por distintos canales locales, tres discos de canciones originales multiventas y una película. Merchandising, avisos comerciales y libros. Funciones en teatros, shows a tablero vuelto en Lollapalooza, Ciudad de México y el Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar, con cuya presentación marcaron un peak de 53 puntos de rating online, algo así como 3.2 millones de telespectadores. En Latinoamérica, descontando El Chavo del 8, nunca una serie infantil fue tan exitosa. ¿Satisfechos? “Haber participado de la creación de un mundo tan coherente es una experiencia única para todos nosotros”, dice Peirano, responsable de Tulio Triviño.

De una década, la pasada, dominada por realities y franjeados juveniles, un espacio infantil perdido en la mañana de los sábados resultó ser una cosquilla a la estancada creatividad de la TV. Díaz, quien da vida al periodista Juan Carlos Bodoque, lo supo una tarde de 2003 en el Paseo Ahumada del centro de Santiago. “Ese día se vendieron diez mil copias del primer disco y me di cuenta de que la serie era más grande de lo que creíamos y que iba a durar mucho tiempo”.

En términos artísticos, ¿qué consideran que es el éxito?

PP: Lograr hacer en la vida lo que uno soñó que iba a hacer. O algo cercano. O la versión posible de eso. Que la vida no te aplaste es un éxito, la verdad.

¿Qué es lo peor que se ha dicho de 31 Minutos?

AD: Que es una copia de otra cosa.

¿Y qué es lo peor de 31 Minutos que todavía no se dice?

PP: Se acaba para siempre. in

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