Jaime Tamariz

Revolución en el Teatro Ecuatoriano

El actor y director que despeina la escena local se confiesa con su amiga, la cronista Susana Cárdenas Overstall. Obligado a dejar Madrid, donde estaba radicado, volvió a Guayaquil para instalar su talento en salas y hasta en casas privadas. Esta es su historia.

FOTO: Diego Cadavid
       

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Es innegable la sensación de retroceder en el tiempo que produce caminar por los portales del barrio Las Peñas. Ahí está el río Guayas, el cerro Santa Ana y, a sus pies, las antiguas casas de madera de familias acaudaladas que hicieron su fortuna con el boom del cacao hace más de cien años, y que se han transformado en galerías de arte, talleres y hogares de artistas. El barrio se apodera del alma bohemia de la ciudad.

Aquí Jaime Tamariz está en su elemento. Pionero. Creativo. Inconformista. No necesita subrayar su buen momento porque lo irradia, pues ha logrado crear un movimiento en la escena teatral y cultural de Guayaquil, esa que dormía hace solo diez años. “No busqué al teatro, el teatro me buscó a mí”, asegura. Hace 14 años se instaló en Madrid a estudiar producción de cine, pero tuvo una revelación al descubrir una escuela de teatro en el barrio de Lavapiés: “Siempre pensé que esto sería algo temporal, que iba a ser solo una etapa en mi vida y mírame aquí”.

Desde su regreso a Guayaquil ha dirigido diez obras, producido trece y actuado en tres. Y desarrolló el concepto de “micro teatro” en una casa en el barrio Miraflores, donde el público abarrota las habitaciones hoy convertidas en escenarios. Si la demanda por sus montajes sigue, la temporada no se detendrá.

Siempre se dice que el movimiento cultural del Ecuador está en la capital, sin embargo, eres pionero del microteatro en Guayaquil. ¿Cómo nace esta propuesta?

Empieza en España en 2009, cuando un grupo de actores se reunió para mostrar piezas cortas y obras independientes en una casa en la Gran Vía de Madrid. Esto fue un ejercicio de supervivencia como respuesta a la crisis, porque necesitaban generar encuentros entre el público y los actores, sin requerir grandes producciones y presupuestos. Fui al Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá y comprobé que el microteatro funcionaba muy bien allá y dije ¿por qué no Guayaquil?

En una villa de barrio universitario, donde vive la clase media y el ciudadano de a pie, se desarrollan cuatro obras de 15 minutos cada una, donde los actores interactúan con el público. Por segundos pienso que estoy en un teatro promenade de Londres o Nueva York, pero no, estamos en el tórrido puerto de Guayaquil.

Madrid fue un antes y un después en la vida de Jaime Tamariz. Estudió teatro en el Centro de Nuevos Creadores dirigido por la reconocida directora Cristina Rota, en la misma escuela que educó a Penélope Cruz y Juan Diego Boto, entre otros.

¿Cuánto te marcó la capital española?

Fui allá buscando que la vida me sorprendiera. Llegué con mi maleta a un hotel, sin conocer a nadie, solo con una guía de la ciudad que me había regalado una amiga. En esos años España era otra. El euro acababa de entrar, había trabajo y pagaban bien. Pero las cosas se encarecieron, especialmente la vivienda, y el auge del ladrillo ocultaba una burbuja, una fantasía; los españoles sentían que estaban en la cresta de la ola. Fueron años bonitos, porque había mucha producción cultural. A mí me tocó un Madrid activo culturalmente y eso fue bueno  para mi proceso como artista.

Un incidente lo hizo volver a radicarse en Ecuador. Vino de vacaciones, pero sin el permiso de retorno que exige la inmigración española a los extranjeros residentes cada vez que viajan al exterior. Craso error: le fue imposible retornar a su país de residencia y sus proyectos allá se truncaron. En ese contexto nació Daemon, estudio creativo y productora que fundó con su socia Denise Nader. Empezaron redactando guiones y adaptando cortos de cine hasta que llegó la propuesta de producir El Amante de Harold Pinter, en 2009.

 

Jaime junto a la actriz Luciana Grassi en la obra Un dios salvaje, de Yasmina Reza, dirigida también por él y estrenada en el Teatro Sánchez Aguilar de Guayaquil en 2013.

Jaime junto a la actriz Luciana Grassi en la obra Un dios salvaje, de Yasmina Reza, dirigida también por él y estrenada en el Teatro Sánchez Aguilar de Guayaquil en 2013.

 

¿Tenías claro que a partir de ahí te dedicarías al teatro?

No, porque se me hacía extraño hacerlo en Guayaquil, sentía que no había mucho desarrollo en esa rama. Pero justo en ese momento hubo una repentina animación, la escena artística local empezó a moverse porque se fundaron nuevas escuelas como el ITAE y la Universidad Casa Grande abrió la primera licenciatura en artes escénicas. Luego, en 2012 se inauguró el teatro Sánchez Aguilar y directores como Santiago Roldós y Carlos Ycaza reforzaron su actividad.

Pero también hubo un proceso personal que tuve que hacer: mi cabeza y mi corazón seguían en Madrid, aunque la vida me quería aquí. Tuve que liberarme de todo eso para empezar a crear. Y pensé: trabaja con lo que hay, con quien esté al lado, con quien quiera trabajar contigo.

¿Qué te inclina a escoger una obra y no otra?

Me interesa que cuente algo sobre la condición humana. Que el público tenga la oportunidad de verse a sí mismo y entender por qué somos como somos, por qué tomamos las decisiones que tomamos, por qué herimos a las personas que amamos.

Entonces, ¿para ti el teatro tiene poder?

Sí, mediante el establecimiento de una relación entre el público y el actor, porque la imaginación del público participa activamente en la historia, es esa la fuerza del teatro. Pero también tiene un aspecto efímero: estamos allí en una butaca y  sentados en el medio de una selva. ¡Es fascinante vivir esas dos versiones!

¿Qué directores son tus referentes?

Romeo Castellucci, un italiano súper de vanguardia. Vi una obra de él sobre una mujer derritiéndose en una mesa de operaciones; la piel se derrite, caen litros de silicona, ¡magnífico! Y Julie Taymor, directora de Broadway famosa por la obra de Juan Darién de Horacio Quiroga.

¿Qué te inspira?

La respuesta del público. Guayaquil tenía la reputación de ser una ciudad donde la cultura no importaba mucho, en la cual no había público para el teatro, pero estamos comprobando lo contrario. La ciudad se mueve y eso me tiene enganchado.

¿Dónde te pierdes?

En Las Peñas. Allí viven mis mejores amigos, hay gente de todas partes. Lo bonito es la diversidad que tiene este puerto.

Y en unos años más, ¿dónde te ves?

Extraño Madrid, un pedacito de mí está allí. Tengo buenos amigos y me atrae la idea de que pueda regresar algún día. Pero ahora estoy aquí. No soy mucho de planes, soy del aquí y del ahora. in

 

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