Pablo Heras-Casado

Sin frac ni batuta

Nunca sonó música clásica en su casa, pero decidió hacer de ella su pasión. Tampoco terminó sus estudios, pero habla seis idiomas y es uno de los directores de orquesta más jóvenes e importantes del mundo. 
Pablo Heras-Casado se enseñó él mismo y decidió ser el mejor.

TEXTO: Catalina Jaramillo | FOTOS: Ari Maldonado Espay
       

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El Metropolitan Opera en Nueva York (Met) está repleto y de gala. Afuera, la ciudad se mueve desenfrenadamente en uno de los primeros días fríos de otoño. Adentro, el público se prepara para un viaje musical ambientado en Sevilla hace casi dos siglos atrás. Es el estreno de una nueva producción de Carmen, de Georges Bizet, y a cargo de la conducción de una de las mejores orquestas del mundo está el director español de 36 años, Pablo Heras-Casado.
Ya en 2012 el diario español El País se preguntaba en un titular: “¿Hasta dónde será capaz de llegar Pablo Heras-Casado?”. Sus éxitos se acumulaban rápidamente, había sido elegido director principal de la orquesta neoyorquina Saint Luke y había dirigido muchas de las mejores orquestas del mundo, sorprendiendo con un reportorio desde el barroco a lo contemporáneo. Y no se detuvo. La revista Musical America lo nombró director del año 2014 y el Teatro Real de España lo designó como principal director invitado hasta el 2018.
Esta es su segunda vez en el Met, pero Nueva York es siempre un reto y Heras-Casado está consciente de eso. Se abre el telón y el maestro aparece sin frac, como de costumbre. Saluda al público y le da inicio a la música. Absorto en la partitura, el granadino mueve las manos, el cuerpo, la cabeza rizada y la boca en una danza ondulante y recta, suave y violenta, transmitiendo instrucciones en clave. Ha dicho que prefiere no usar batón por ser zurdo.
Durante tres horas, el invocador de mares y cielos, como lo llamó el New York Times, dirige la orquesta pensando y sintiendo como Bizet. “La Carmen”, como le dice él, conquista y despecha a Don Juan, quien finalmente la apuñala al mismo tiempo que el torero Escamillo, su nuevo amante, derriba al toro en la plaza. Con ambos muertos, se baja el telón. El público se pone de pie en una ovación general y Pablo sonríe con sus ojos limpios.

 

Siendo zurdo, Heras-Casado prefiere no usar batuta.

Siendo zurdo, Heras-Casado prefiere no usar batuta.

 

Visión Global

Pablo Heras-Casado es atípico. En su familia nadie resultó artista y no había ni un disco de música clásica en su casa en Granada. Fue él quien un día llegó corriendo a decirle a su padre, policía de la ciudad, que quería aprender música. Desde entonces participó en coros, estudió piano, entró al conservatorio y comenzó a buscar autores y partituras empolvadas en bibliotecas. “Quiero conocerlo todo, hacerlo todo y saberlo todo”, dice con una mirada intensa de ojos azules. El maestro, como lo llaman en el mundo musical, no tiene un título formal, habla seis idiomas y cree que la mejor forma de aprender es vivir la vida intensamente.

¿A qué edad empezaste a dirigir?

Fundé mi propio ensamble a los 17, haciendo todo. Reclutaba a los cantantes, gestionaba los locales de ensayo, los conciertos, buscaba las partituras, el transporte y dirigía, claro. Mi vida era ir a la universidad, organizar mi grupo, ir al conservatorio y estudiar muchísimo. Y luego salía bastante por las noches.

También había rock and roll.

Había de todo. Para mí era y es necesario vivir. Mis días siempre han sido y son muy largos.

¿Por qué decidiste estudiar Historia del Arte?

Siempre tuve una visión muy humanista y renacentista del arte. Si había un compositor que me interesaba y había viajado a Roma, yo necesitaba estudiar la historia del arte y la sociedad romana en esa época. Y si su partitura estaba en latín, para mí era indispensable agarrar un diccionario y ponerme a traducir. Necesito tener una visión global.

¿Por qué?

Porque para mí es importante tener una honestidad intelectual y artística con la obra de arte, con el creador, con los artistas con los que trabajo y conmigo mismo. Y para eso hay que tener un conocimiento muy profundo y mucha práctica, porque la música al final tiene que respirar, tiene que ser algo físico y emocional.

Bizet y Beyoncé

Pablo sonríe y calla, mirando siempre a los ojos. Pese a su gran éxito es un hombre sencillo. Muchos de sus estudios se los pagó cantando en bodas y funerales. Sigue viviendo en Granada, donde le gusta andar en bicicleta, escalar y navegar. Tiene novia y es muy cercano a su familia. “Es muy agradable trabajar con él”, dice Laura Hamilton, primer violín de la orquesta del Met. “No habla mucho durante los ensayos, sino que se esfuerza en comunicar sus intenciones musicales a través de su lenguaje corporal”. Sus instrucciones son escuetas y específicas y a pesar de no usar batón su técnica es tan clara que nadie tiene dificultad en seguirle el ritmo. Como espectador, cuesta creer que enormes edificios estéticos se levanten bajo su dirección.

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“No intento hablar por mí, sino que por Bizet. Conocer su lenguaje, su contexto y simplemente dejar hablar a la partitura”.

Como intérprete de la obra de otros, ¿qué pones tú en el escenario?

Yo no intento hablar por mí, sino que por Bizet. Conocer su lenguaje, su contexto y a veces simplemente dejar hablar a la partitura. Cuando llega el momento de dirigir, tomo millones de pequeñas decisiones que le dan a esa partitura una densidad, una textura, un color y un peso, y es maravilloso porque es como si estuviera siendo creada ahí mismo.

¿Tienes algún sueño?

Mi sueño es este. Estoy en Nueva York, porque el año pasado hice mi debut en el Met y me fue bien. Estoy agradecido y lo vivo conscientemente. Y claro, soy ambicioso, siempre lo he sido; persigo y quiero más. Pero no es una ambición de colocarme en un sitio y conseguir algo, sino de que lo que hago sea lo mejor.

El público de la ópera y de conciertos ha ido envejeciendo y disminuyendo. ¿Te preocupa?

El público de ópera no está en peligro ni disminuye. Siempre ha sido de cierta edad. En los ochenta y los noventa la mayor parte del público era de una media de 60 años. Pienso que eso no es malo, pero sí es un desafío y hay que tenerlo en cuenta.

Pero ¿te importa?

Me importa que la música sea accesible. Yo soy una persona que vive, que sale a cenar, que hace deporte, que sale de fiesta hasta las cinco de la madrugada y esto es compatible con dedicarme a la ópera. Lo que yo quiero es que Bizet sea una opción. Que ir a la ópera sea igual que leer un buen libro, ir a ver un musical a Broadway o ver una película. No es incompatible que si te gusta Bizet, te guste Beyoncé. in

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