Pablo Larraín

Tras una incómoda belleza

En sus películas abundan los temas inquietantes. Algo que tuvo la internacionalmente galardonada Tony Manero, la nominada al Óscar NO, o la reciente El Club, y su Gran Premio del Jurado en Berlín 2015. Listo para su primer proyecto en Hollywood con el remake de Scarface, el cineasta chileno habla de sus inspiraciones y de la eterna paradoja del cine latinoamericano.

Texto: Pamela Biénzobas  |  fotos: sebastián utreras
       

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Tiene “el trabajo más interesante posible”. Hace películas. Las imagina, las escribe, las produce –para otros directores también– y, sobre todo, las dirige.

La dirección es lo que despierta en él la verdadera fascinación. “Es en el set donde uno empieza a probar cosas y a entender a los personajes. El goce más grande es cuando se está realizando. Hay algo ahí, en la palabra ‘realizador’.”

Pablo Larraín es, sin duda, un “realizador” que, junto a un equipo leal, no para de crear. Tras un debut discreto con Fuga (2006), dio un salto enorme con la impactante Tony Manero (2008, Festival de Cannes), a la que siguieron Post Mortem (2010, Venecia) y No (2012, Cannes). Las tres películas, que terminaron formando una trilogía en torno a la dictadura militar chilena, convirtieron a Larraín en una referencia internacional. En febrero de este año, la extraordinaria El club, sobre sacerdotes católicos escondidos por la iglesia en “casas de retiro”, remeció el festival de Berlín de este año, obteniendo el Gran Premio del Jurado.

Mientras el filme comienza su distribución internacional, Pablo Larraín ya está trabajando en varios proyectos nuevos. Entre otros, en el rodaje de Neruda, una cinta policial acerca de la vida del poeta en 1949 (con Gael García Bernal como el policía que persigue a Neruda), una idea que nació de Juan de Dios Larraín, su hermano, socio y productor. Enseguida dirigirá a Natalie Portman como la viuda de John F. Kennedy en Jackie, producida por Darren Aronofsky, que se concentrará en los cuatro días después de la muerte del presidente. Además, sigue avanzando en la preparación de un nuevo remake de Scarface, filme ya dirigido por Howard Hawks en 1932 y Brian De Palma en 1983.

 

El factor Latinoamérica

 

 

Premios internacionales, una nominación al Oscar (por No), contratos en Hollywood… es lo que suele considerarse consagración, un paso decisivo especialmente para un latino que llega hasta el corazón de la industria estadounidense, suerte de gran meta final. “No creo que el hecho de hacer una película en Hollywood te convierta inmediatamente en un artista más o menos interesante –rebate–. Hay gente que nunca ha estado ahí y ha hecho trabajos clave en la historia del cine, funcionando en cinematografías muy distintas. Me interesan algunas a las que me han invitado (en Hollywood) por lo que significan esos trabajos estética y políticamente. Pero no por eso siento que haya logrado algo que necesariamente vaya a implicar un resultado artístico valioso. Los partidos hay que jugarlos. La cinematografía estadounidense es quizás la más poderosa, la más conocida y la más grande. Pero fuera de ella –Europa, Latinoamérica– se han producido cintas esenciales de la historia del cine”.

 

¿Qué desafíos implica Scarface?

Las películas que se hacen con muchos recursos son muy difíciles de realizar, con equipos muy grandes que piensan globalmente. Todo allá está imaginado con una vocación mundial, literalmente. Es una oportunidad exquisita poder hacer una que llegue a todo el planeta, que sea vista por millones de espectadores. Lo que importa ahí es que sea buena, porque esa es la manera en que puedes vivir en paz.

 

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Sin embargo, sueles enfrentar la paradoja típica del cine latinoamericano, que es visto más internacionalmente que en su región y en su país. 

Pasa en Latinoamérica en general. Hay una disociación, una falta de sincronía entre lo que estamos filmando y lo que la gente quiere ver. Es una paradoja muy compleja, porque quieres que tu película sea vista por la mayor cantidad de gente posible, pero quizás la única manera de que eso suceda es haciendo una que sea verdaderamente honesta. Y para hacer eso tienes que conectarte con tu imaginario, que a veces no es exactamente el de todo el mundo. Y así vamos, de una paradoja a otra.

Tu discurso es de apoyo al “cine latinoamericano”. ¿Te identificas con esa etiqueta? 

No puedes poner en duda tu propio origen. Me siento cómodo porque son mis circunstancias y trabajo con ellas. No tengo una mirada europeizante o norte-americanista. Soy latinoamericano y trabajo con los materiales que están en torno a mí, que intentan ser lo más universales posible. Es una etiqueta de la que me siento muy orgulloso, por lo demás.

 

Volviendo a tu cine, ¿son los temas que eliges tratar los que imponen el tono oscuro y desesperanzado de tus trabajos, o surgen porque ya existe ese tono?

Hasta ahora, aunque eso puede cambiar, me he inclinado por temas que me parecen inquietantes y que provocan un cierto peligro. Y eso es lo que me ha motivado a hacer los filmes que he hecho. Hay una disconformidad, algo que es más bien inasible. Son unas pequeñas aproximaciones a algo que puede resultar incómodo. Y en esa incomodidad me parece que hay mucha belleza también.

 

 

¿De qué se alimenta tu creación?

Creo que los materiales de los que uno absorbe cosas que potencialmente puede llevar a una película están en todas partes. Por eso no separo el cine del resto de mi vida, pues es una actividad permanente y me parece un privilegio que así sea. En el fondo lo que uno hace es poner circunstancias humanas en pantalla. Por ejemplo, El club parte de una foto que vi en un reportaje sobre un sacerdote chileno que fue acusado de abusos y enviado a Alemania a una casa donde vivía cómodamente, lejos de la justicia chilena. Eso me llamó mucho la atención, empecé a investigar y me di cuenta de que es algo que se ha propagado por todo el mundo. Y así surgió la cinta. in

 

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