Aguas del Sur

Una escenografía cargada de proezas naturales –el río más ancho, la catarata más alta o el pueblo donde más llueve en el mundo– inunda Sudamérica. Tome aire y sumérjase en los rincones más impresionantes de un continente que es reserva hídrica mundial.

Texto: Martín Echenique  @martinechenique    ilustraciones: mathias sielfeld
       

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Hay algo especial entre Sudamérica y el agua. Una conexión tan intensa como abundante. Los datos lo dejan en evidencia. Primer antecedente: Sudamérica es el hogar de la reserva de agua dulce más grande fuera de los polos. Las cifras son decidoras: el continente alberga el 29% de toda el agua dulce de la Tierra y eso que apenas representa el 12% de la superficie total del planeta.

Otro ejercicio que aclara esta relación: si dividiéramos toda esa agua entre los 387 millones de sudamericanos, cada uno de ellos tendría aproximadamente 86 mil litros de agua fresca cada día. Una abundancia que se manifiesta con soberanía en el río Amazonas, el cual descarga 300.000 metros cúbicos de agua dulce cada segundo hacia el Atlántico durante su temporada lluviosa.

Esta es la mirada de un continente con entrañas y rostro salpicado de agua.

 

El diluvio universal

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13.284 mm al año es la cantidad de lluvia que cae cada año en Lloró, Colombia.

Imagine vivir en una ciudad donde llueva casi todo el tiempo. Donde los días que se adjetiven como “secos” sean menos de 40 cada año, donde los techos suenen incesantemente con el caer de los goterones gigantes y en la cual sus habitantes se hayan resignado, finalmente, casi a mutar en humanos con extraordinarias capacidades anfibias. Suena a ciencia ficción. Pero no, ese lugar existe y se encuentra en Sudamérica. ¿Su nombre? Lloró, en Colombia.

Con aproximadamente 12.000 habitantes, a 260 kilómetros al suroeste de Medellín y escondido justo en la mitad de esa franja fértil de tierra entre la costa caribeña y el océano Pacífico, Lloró parece ser uno de esos pueblos colombianos sacados del realismo mágico de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Un reflejo del Macondo chorreado, acuoso, ese que Gabo describe elocuente como una justicia divina tan propia del boom latinoamericano de los 60 y 70. Es allí mismo, en Lloró, donde las altas, bajas, medias y todas las presiones hacen una especie de magia meteorológica para que el cielo termine cayendo en forma líquida sin cesar, todos los días, todo el tiempo.

Según mediciones del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales de Colombia y el National Oceanic and Atmospheric Administration (NOAA) de Estados Unidos, Lloró es el lugar más lluvioso en todo el mundo, con un promedio de 13.284 milímetros de precipitaciones al año. En números simples, son más de 13 metros de lluvia en doce meses equivalentes a la altura de un edificio de cinco pisos o a un tercio del tamaño del Cristo Redentor en Río de Janeiro. Ahora bien, dada la dispareja periodicidad de las mediciones y las distintas fuentes que reclaman el primer lugar, se trata de un trono también disputado por Mawsynram en India (11.871 mm) y el Monte Waialeale en Hawái (11.684 mm).

 

Rompiendo récords

En un mundo fantástico donde los Juegos Olímpicos del agua existieran y los continentes compitieran por la medalla de oro, Sudamérica sería la más temida de todas.

Todo comienza en los glaciares del Nevado Mismi, a 160 kilómetros al oeste del lago Titicaca, en los Andes peruanos. Ahí, una humilde y sencilla cruz de madera marca el inicio del río más poderoso del mundo a 5.170 metros sobre el nivel del mar y que luego de recorrer casi siete mil kilómetros, se desarma torrencialmente en el Atlántico. El Amazonas, esa serpiente hídrica compartida entre cuatro países, nutriente de una selva que cubre el 40% de Sudamérica y que sirve de hogar a un tercio de todas las especies conocidas del planeta, es el verdadero corazón de un continente privilegiado.

 

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El ecosistema amazónico es responsable del 20% del oxígeno mundial y su río funciona como un perfecto drenaje continental donde el agua es el principal protagonista. Sin embargo, la estabilidad de esta región se ha visto amenazada por un constante proceso de deforestación que le ha arrancado casi un 17% de sus árboles. ¿Los efectos? Períodos largos de sequía –como los actuales, que afectan al sureste de Brasil–, menor oxígeno en la atmósfera y ríos menos caudalosos.

Más al norte, en Venezuela, el agua se manifiesta como en ninguna otra parte del mundo. El Salto Ángel, ubicado en el Parque Nacional Canaima –Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y a unos 800 kilómetros al sur de Caracas– es la cascada más alta en todo el planeta: 979 metros de caída libre.

Hoy, el lugar es considerado como uno de los sitios más impresionantes en el continente, superlativo directamente proporcional a la dificultad que implica llegar a él en una expedición que perfectamente podría ser una historia sacada de Indiana Jones: la única forma de llegar es en avión, canoa y a pie, todas ellas juntas. Los aventurados pueden visitar la caída en un programa de tres días y dos noches, partiendo desde Ciudad Bolívar en avión hasta Canaima, desde donde se embarca en canoas y se recorre el río Carrao hasta el salto. A pocos kilómetros de él, se pernocta en hamacas en el campamento base rodeado de tepúes y al día siguiente se regresa a Canaima para volar hasta Ciudad Bolívar. ¿Precio? 408 dólares, todo incluido.

 

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Ignorar a las cataratas del Iguazú en toda esta historia sería un pecado mortal. Su nombre se traduce del guaraní al castellano como “agua grande”, y claro, la razón queda a la vista. Son 275 cataratas que caen en un trecho de 2,7 kilómetros a lo largo de la frontera entre Argentina y Brasil sobre el río Iguazú, cuya caída más alta es de 82 metros, equivalente a un edificio de 33 pisos. El resultado es un panorama sobrecogedor tras embarcarse en las pasarelas que recorren el perímetro de las cataratas: la distancia entre uno y ellas es de solo 50 metros.

Simplemente alucinante.

 

Tesoros congelados

Ismail Serageldin, exvicepresidente del Banco Mundial para el Desarrollo Sustentable, lo vaticinó en un comunicado de prensa lanzado en octubre del año pasado: “Muchas de las guerras de este siglo fueron por el petróleo, pero las guerras del próximo siglo serán por el agua”. Quizás esté en lo cierto, quizás no. Eso no lo sabremos hasta que se acabe el siglo. Pero lo que sí se sabe es que Sudamérica corre con ventaja frente al resto de los continentes.

Olvidemos que el agua dulce solo se muestra como lagunas, arroyos, ríos y lagos. Los hielos y glaciares de la Patagonia chilena y argentina son el mayor reflejo de un afortunado continente que no solo posee los ríos más caudalosos o es hogar del punto donde más llueve en el planeta. Sudamérica es, también, el lugar en el que  se encuentra el segundo mayor campo de hielo fuera de los polos, solamente superado por el territorio compartido entre los campos de hielo Kluane, Wrangell-St. Elias, Glacier Bay y Tatshienshini-Alsek en EE.UU. y Canadá.

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Los actuales campos de hielo patagónicos se extienden por casi 21 mil kilómetros cuadrados en los territorios de Chile y Argentina. Sin embargo, estos son solo restos de una gigantesca masa de hielo que existió 18 mil años atrás, desde Puerto Montt, en Chile, hasta el Cabo de Hornos, con un tamaño similar al que hoy tiene España.

Hoy, esa superficie que solía ser un largo y extenso glaciar, esconde hielo en sus profundidades. Y mucho. La verdad es que los glaciares a hielo visible que conocemos –como Perito Moreno en Argentina o Grey, en Chile– son solo la punta del iceberg. Lo realmente interesante está debajo (o alrededor) de ellos: el llamado permafrost, suelo, roca, materia orgánica y mucho hielo permanentemente congelado. Lo relevante es que Sudamérica es el continente con la mayor cantidad de estas formaciones en todo el mundo y, por ende, con gigantescas reservas de agua dulce congelada que aún se desconocen, aunque hay autores que estiman en 170.000 kilómetros cuadrados la superficie de permafrost en la Patagonia, un tamaño comparable al de todo Uruguay.

Lo cierto es que Sudamérica flota sobre una gran reserva de agua congelada que pareciera ser el oro del futuro. Pero más allá de eso, este continente debiera sentirse afortunado. El agua que fluye por sus venas ha esculpido una geografía privilegiada, cuyos climas, bosques y selvas se hidratan de ríos andinos, cataratas torrentosas o glaciares milenarios.

Son las poderosas y misteriosas aguas del sur. in

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