Crónicas de Hotel

Habitación 54

Partir a vivir a un hotel no es tan difícil. Lo complicado es dejar de vivir en él, asegura
este reportero que quedó marcado –para bien y para mal– tras pasar una temporada
como huésped de la habitación 54. Además, nos entrega su sagaz perfil de los habitantes
de hoteles.

TEXTO:  Juan Pablo Meneses | ILUSTRACIONES: Cristóbal Schmal
       

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Hace diez años quedé atrapado en el España de Buenos Aires, en la calle Tacuarí, en el número 80, en la habitación 54. Un día, cuando ya llevaba más de 30 meses de residencia en ese lugar, descubrí, tras varios intentos fallidos, lo que me estaba pasando: no podía irme de ahí.

–“¿Vives en un hotel? ¿En serio? ¡Qué entretenido!” me decían distintas personas en diferentes situaciones. Yo siempre trataba de matizarles el entusiasmo. Si una condena es entretenida, entonces, sí, claro, vivir en un hotel era un gran plan.

–“¿Realmente tu casa es un hotel? ¡Qué envidia!”, me solían decir otras personas, en otras situaciones. Si te dan ganas de estar encerrado, detenido en el tiempo, con todos los días repetidos uno al otro y al otro y al otro, ok, entonces sí, envídiame.

Desde esa vez y por lo vivido en forma personal, he asumido una extraña obligación: aterrizar el romanticismo de la vida hotelera. Especialmente cuando descubres que, aunque ahora vivas en un departamento con vista al parque, ese pasado te acompañará siempre. Es como ser un inmigrante con papeles: en cualquier momento aparecerá algo que te recuerde tu condición. Uno puede sentir que ya dejó esa vida hasta que en la esquina aparecen esas luces, esa puerta, ese lobby. Aparecen como una oportunidad. Como una salida.

 

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España de acá y de allá

En 2010 publiqué un libro que se llamó Hotel España. Aunque, quizás, se debió llamar “El libro que escribí para dejar de vivir en un hotel”.

Llegué a vivir al España de Buenos Aires, porque era una solución práctica. Había arreglado un buen precio por temporadas largas y, como siempre estaba viajando a otros lugares, si me iba mucho tiempo me guardaban las maletas en la bodega. A la vuelta, como siempre, pedía la habitación 54, en el último piso, con balcón grande, vista a las cúpulas y antenas de la Avenida de Mayo, baño con ventana y tina. Si estaba ocupada la 54, pedía una en el mismo piso, y esperaba hasta que la dejaran y me pudiera mudar hasta ahí.

Me había ido de Chile pensando en viajar y escribir historias por el mundo, y el proyecto resultaba. Lo que no sabía era que terminaría viviendo en un hotel.

Esa es otra clave importante en esta historia: uno no elige vivir ahí; termina viviendo en ellos.

 

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Para darle una suerte de estabilidad a la trashumancia, en cada nuevo viaje comencé a buscar hoteles con el mismo nombre. Si volvía a Chile, por ejemplo, me quedaba en el España de calle Teatinos. Pensaba que, aunque llevara una vida de periodista portátil, había logrado cierta estabilidad. Podía despertar en ciudades distintas, pero el llavero y las toallas siempre dirían Hotel España.

Recorrí Latinoamérica de Patagonia a México quedándome en hoteles España. Pensaba que en ese cóctel de hoteles encontraría el fin a esa vida. Porque pueden ser peligrosos. Y no lo digo solo porque puedes elegir estos lugares de paso para terminar con tu vida, como fue el caso de Sid Vicious de los Sex Pistols, que se mató en uno de Nueva York. O de Cesare Pavece, el escritor italiano que se despidió de este lado en un cuarto de Turín. Son peligrosos porque, de verdad, no los puedes dejar.

La aparición de mi libro terminó siendo la contradicción máxima. Me obligó a una gira por siete países y 27 ciudades en poco más de tres meses. Una sobredosis de hoteles para admitir que no era capaz de dejar esa vida.

 

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El tiempo detenido

¿Sabía que cuando uno vive en un hotel el tiempo se detiene? Todos los días, sagradamente, las toallas están secas y bien dobladas, la cama hecha, el minibar lleno, los envases del champú repuestos y el jabón nuevo. Nunca quedan huellas de lo que uno hizo el día anterior.

Viviendo en la habitación 54 descubrí eso de la vida real: gastar jabones y champús es una manera de ir mirando cómo pasa tu tiempo.

Y así como en el hotel uno no avanza, tampoco hay espacio para volver a atrás. En las paredes no puedes colgar cuadros, pósteres, calendarios, fotos familiares ni diplomas que hablen del pasado.
Es ese espacio sin futuro ni pasado el que tanto atrapa.

 

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¿Quiénes viven en hoteles?

El separado. Su mujer lo acaba de expulsar de casa. Parece un retroceso volver a la casa de los padres y sus amigos no tienen espacio para recibirlo. Nada mejor que ir a vivir a un hotel esperando que el chaparrón emocional pase, un refugio mientras inicia la nueva vida de soltero.

El mercenario. Se mueve como los capitales golondrina. Va donde hay dinero, o donde puede hacerlo, o donde lo contratan para ganarlo. No le importa pasar largas temporadas en una casa de arriendo, como podría llamarse a un hotel. Es un entrenador de fútbol que dejó el país, o un corresponsal en guerra, o un músico internacional que vive de gira, o una escort de lujo que va persiguiendo los veranos, o un contrabandista de mercancía.

El desarraigado. No hay caso. Probó tener novias con departamento, con alquilar un piso compartido o llegó a pensar en la casa propia. Cuando estaba por dar el paso de la estabilidad, tuvo que cambiar de ciudad y partir de cero.

 

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El inmigrante. Llega a la gran ciudad a cumplir todos sus sueños y fantasías, pero no conoce a nadie y necesita un campamento base donde iniciar la escalada.

El artista. Llega a sus manos un ejemplar de Hoteles literarios, de Nathalie de Saint Phalle, y se convence de que la mejor manera de sacar adelante una obra es encerrarse en las cuatro paredes de un hotel de ciudad grande.

El empleado. La empresa lo trasladó de ciudad de un momento a otro, convenciéndolo de que esa mudanza es sobre todo “estratégica”. Lo seduce sentirse tan estratégico. No sabe hacer nada (doméstico) por su cuenta.

El jubilado. Está solo y tiene dinero. Lo vitaliza encontrarse con gente joven y feliz en el desayuno y la cena, porque en los hoteles la mayoría de la gente que pasa está contenta. Pese a que ya pasó los 70, llevar una vida de hotel lo mantiene en carrera.  in

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