La marcha de los 90s

Crónica de cómo esa década fue, en términos cósmico-informáticos, el último segundo de nuestra saga donde no todo era digital, había más ventanas que Windows y el contacto entre las personas aún existía sin intermediaciones.

TEXTO: Rodrigo Fresán | Ilustraciones: Manuel Córdova
       

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¿Cómo se mira una década que ya pasó, pero que sigue estando allí y allí continuará, por las décadas de las décadas, parte de la historia y de tantas historias, aunque los que ahora la contemplamos habremos cerrado nuestros ojos para siempre?

El aspecto inicial de una década es panorámico. CinemaScope, con un poco de mural de Diego Rivera, bastante de portada de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band y una pizca de doble página del libro de Where’s Wally? Y, claro, el Wally de la ecuación es aquí afuera cada uno de nosotros.

Descendemos en lento planear o en caída libre, sin ira ni hora. Y al proponer una perspectiva de la década de los 90, la cosa se complica aún más. Porque esos años funcionaron como bisagra. Un resumen de lo publicado y vivido, el lugar en que la Generación X mutó –cromosómicamente– a Generación Y. Punto aparte de una era (de todo un milenio) y suspensivos dos puntos a ser seguidos por “el infinito y más allá”, en las inmortales palabras del noventista astro-héroe de Toy Story (1995) Buzz Lightyear, la primera película realizada completamente dentro de un ordenador.

Los 90 vienen a funcionar como una última oportunidad de reflexionar, de sacar cuentas, de pasar todo en limpio antes de arrojarnos desde el trampolín más alto a las aguas en las que flota ese iceberg hacia el que se dirige el gran barco hundido en 1912 y que en 1997 volvió a navegar para que nos subiésemos a bordo sabiendo que, cuando el agua nos llegase al cuello, el elenco de Baywatch (1989-1999) estaría mirando para otro lado. Sálvese quien pueda, mujeres y niños primero.

El contacto humano era un placer, sin sospechar que nos
convertiríamos en avatares o alias o canarios.

 

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En lo público, existen diversos manuales que intentan poner orden al asunto recordándolo todo, pero evitan mencionar lo más importante, lo más grave, lo que dejó una marca que esperemos no esté ya borrándose: el contacto humano era, todavía, una necesidad y un placer. Las computadoras no eran aún un juguete. Y jugábamos a Pokemón sin siquiera sospechar que en muy poco tiempo competiríamos a ser avatares o alias o canarios prisioneros en la jaula de Twitter a la caza de followers, likes y la warholiana fama de YouTube. No lo supimos entonces, pero algo debimos sospechar cuando, aquella última noche de la década (lo siento pero para mí, digan lo que digan, las décadas se estrenan con el 00 y bajan de cartel con el 9), todos temblábamos a la espera de un gran cataclismo en nuestros discos duros. Cataclismo que no tuvo lugar más allá de la primera entrega de Matrix (1999), pero que llegó y se prolonga con modales muy diferentes y sabor a manzana. Más datos acerca de todo esto en un libro de Nicholas Carr titulado Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Pequeño anticipo/respuesta: Internet no está haciendo nada demasiado bueno, parece. En cualquier caso, los verbos surfear o googlear son tan cómodos como peligrosos cuando se trata de contar regresivamente y de ayudar al rewind de diez años tan inolvidables como imposibles de abarcar que, ahora mismo, comienzan a ser tema de documentales y regresiones y nostalgias.

 

Todo y nada

No es casual el que fuese en los 90 cuando se clonó a la oveja Dolly y se pusiese en práctica, luego de varios años de teorizarlo, el Proyecto Genoma Humano. La carrera espacial ya no era atractiva de correr; la vida extraterrestre (de existir… la Mars Pathfinder no encontró nada allá arriba, en julio de 1997) no parecía muy interesada en nosotros salvo como destino exótico de turismo-aventura. Resignados, nos convertimos en nuestros propios aliens. Cambiábamos así el espacio exterior de las estrellas por el espacio interior de nuestros cuerpos y mentes. Tampoco es casual que los 90 –en lo estrictamente histórico– arrancasen en 1989 con la caída de un Muro –y de una ideología– y cerraran con el desplome de dos grandes torres en Manhattan. Uno y otras, perfectos paréntesis donde cabe de todo.

Los 90 parecieron ligeramente distorsionados por un cierto aire a liquidación total por cambio de materia, de acumulación de modernas e instantáneas antigüedades como en ese depósito al final de Ciudadano Kane (cincuentenaria en 1991) de Orson Welles, imbatible a lo largo de la década en todas las listas de mejor filme de la historia.

¿Cómo abarcar todo eso? Propongo, por el momento, la incertidumbre de ojos entrecerrados, mirada arbitraria donde, seguro, habrá unas cuantas coincidencias con todos y muchísimos olvidos amparados en la coartada que a la hora de jugar a la década cada cual atiende su juego.

 

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Los 90 funcionaron como una última oportunidad de sacar cuentas, de pasar todo en limpio antes de saltar desde el trampolín.

 

Años del todo y la nada. De una serie de TV sobre la nada y el todo 
–Seinfeld, 1989-1998– y otra, Friends (1994-2004), donde chicos encantadores parecían llevar una vida ideal en la Gran Manzana lista para ser arrasada, como ícono, por la Apple de Steve Jobs. Pantallas cada vez más grandes en las que HBO y Fox proponían un nuevo modelo de familia con Los Soprano (1999-2007) y Los Simpson (1989). La adorable prostituta de Julia Roberts en 1990 y un yuppie feroz (el American Psycho de Bret Easton Ellis, en 1991) se presentaban como reina y rey del baile de fin de curso, aplaudidos por la practicante Mónica Lewinsky haciendo lo suyo en la Casa Blanca entre 1995 y 1996. Y el desempleado Gran Jeffrey “Dude” Lebowski (1998), mientras la básica e instintiva Sharon Stone cruzaba y descruzaba las piernas en 1992 y Hannibal Lecter chasqueaba sus labios, en 1991, con El Silencio de los Inocentes. Y “una comedia sobre el amor en los 90” llamada Reality Bites declaraba el reinado de Winona Ryder.

Cierto glamour de lo amoral-fashion se proponía en los filmes Perros de la Calle (1992), Pulp Fiction (1994) de Quentin Tarantino, Traispotting (1996) de Danny Boyle, Fargo (1996) de los hermanos Coen y Home Alone (1990) de Chris Columbus. Señas de identidad arropadas por música fuerte, compaginación espasmódica y absurda como la de ese Ed Wood de Tim Burton en 1994. La delgadez pálida de Kate Moss by Calvin Klein, alternativa a las bronceadas carnes voluptuosas de supermodelos en portada de Vogue, el tan caliente como frígido video para “Freedom! ’90” de George Michael o las pompas funerarias de un Versace asesinado en 1997 a las puertas de su palazzo en Miami.

Sintonizando esa radio que mató a la estrella del video, un Kurt Cobain que también cae a plomo en 1994 luego de oler el espíritu adolescente; el uniforme escolar anudado sobre el ombligo de Britney, y los chicos del Britpop (Oasis versus Blur) agarrándose a patadas; el agudo ulular de Whitney Houston en “I Will Always Love You” (1991), las guerreras con sabor a bubble-gum de las Spice Girls con “Wannabe” (1996) y los jadeos porno de Madonna a la altura de Erótica (1992) para por fin encontrarse a sí misma en Ray of Light (1998). El “Livin’ la Vida Loca” (1999) de Ricky Martin asfixiados –gracias, gracias– por todos esos sonidos industriales y electrónicos y caseros y ácidos, y Soda Stereo disolviéndose hasta el milenio que viene con un “gracias totales” (1997). Y –totales gracias, bienvenidos fueron entre tanto brillo opaco– a los titanes ancestrales Johnny Cash y Bob Dylan, que volvieron a pisar fuerte. Y basta ya. Y silencio por favor.

 

Años del todo y la nada; con series de TV como Seinfeld y Los Soprano; con HBO, FOX, Hannibal Lecter y Sharon Stone.

 

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Loop eterno

En silencio y con los oídos tapados para no escuchar los estallidos de guerras en los Balcanes o Medio Oriente, los libros paradigmáticos: Bridget Jones (1995), Harry Potter (1997) y Alta fidelidad (1995); los dinosaurios jurásicos de Michael Chrichton (1990). Y ser tan cool llevando en el bolsillo un ejemplar de El club de la pelea (1996) de Chuck Palahniuk o cargando una maleta con La broma infinita (1996) de David Foster Wallace luego de que Thomas Pynchon regresara de donde estuviese con Vineland (1990). Y, locales para visitantes, la Sobredosis (1990) y Mala onda (1991) de Alberto Fuguet. Y, por supuesto, el rebatido pero muy buen título de The End of History and the Last Man (1992) de Francis Fukuyama.

 

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Pero entre todas las páginas –aún compuestas por papel y tinta­– hubo un título clave que muchos compraron, pocos leyeron y casi nadie comprendió del todo: A <i>Brief History of Time</i> de Stephen Hawking, aparecido a fines de los 80 pero proyectándose a lo largo de toda la década siguiente. Expresiones y conceptos como “Big Bang” y “agujeros negros” ingresaron al habla común. En ese ambiente y atmósfera pusieron en órbita al telescopio espacial Hubble que no deja de enviarnos postales del universo. Universo que, dicen, algún día comenzará a contraerse marcha atrás y todo lo que fue volverá a ser, la década de los 90 incluida. No sé ustedes, pero yo no tengo ganas de volver a oír a Whitney Houston guardándome las espaldas, jurándome que me amará hasta el fin de los tiempos.

Mientras tanto y hasta entonces, feliz 2015 para todos. in

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