Viaje al futuro

Mañana, lunes 14 de abril de 2053, por fin, parto de vacaciones. Lejos de lo que pasaba en 2016, no me preocupo de las reservas de hotel, los trenes viajan a más de mil kilómetros por hora, los aviones tienen vistas panorámicas y los taxis van sin conductor. Esta es mi bitácora de viaje desde el futuro.

Texto: RENATA AHUMADA @renataahumada  |  ilustraciones: Patricio Otniel
       

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Taxis autónomos

Día 1, 9:12. Faltan un par de horas para que mi vuelo salga desde el aeropuerto Kingsford Smith de Sídney. Estoy en mi departamento y a casi 16.000 kilómetros de distancia, pero ya imagino cómo serán mis primeros días en la Gran Manzana, caminando por la Quinta Avenida, visitando algún edificio icónico o asistiendo a un buen espectáculo cargado de hologramas en Broadway.
Ya es algo tarde y envío un aviso para que pase a recogerme un taxi. El servicio hoy es autónomo, sin conductor. Fue una idea que se pensaba desde 2016 por empresas como Google, Uber y otras del área automotriz. Hoy, los automóviles con conductores son minoría. Me llega una notificación de que el taxi está afuera. Me subo, me acomodo y parto rumbo al aeropuerto. Todo, a fuerza de electricidad. Nada de combustible. A bordo, elijo la música ambiente que quiero escuchar y veo en pantallas algunos de mis programas favoritos.

 

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Pasaporte en pantalla

En el terminal aéreo ya nadie lleva pasaporte de papel, sino que éste figura cargado como un código universal en el teléfono.Una empresa austríaca pensó en 2016 en este pasaporte futurista, desarrollando “Mi app de identidad”, un software que funcionaba gracias a dos dispositivos: uno para el usuario y otro para la persona que comprueba la identidad.Hoy ya no hay interacción humana: simplemente acerco el código de mi celular a una pantalla de chequeo y luego una cámara de reconocimiento facial entrega la comprobación final.
La idea de las terminales aéreas en esta época es reducir al máximo los tiempos de los pasajeros. Todo se mueve de manera fluída y expedita.
Los aeropuertos también se han modernizado. Hay tantas tiendas como en un mall, actividades deportivas para quienes esperan y opciones como piscina y otras formas de relajo.

 

Aviones de cristal

Ya estoy a bordo del Smarter Skies, un modelo proyectado  desde 2011 y que hoy cruza los cielos del mundo. Mi asiento es el 1A.  Elegí esa ubicación pues me han contando que desde ahí tengo la mejor vista del viaje. Ahora las cabinas son transparentes, por lo que el panorama es impresionante: océano a los pies y las estrellas de noche arriba. La entretención se expande en las pantallas holográficas que están justo delante de mi asiento.
Tras alcanzar nivel de crucero me levanto y parto a chequear y disfrutar las distintas zonas que ofrecen estos aviones de hoy. Hay varias opciones. Por ejemplo, algunos pasajeros juegan con sus tablets y teléfonos en el bar (hoy existe disponibilidad de wifi en todos los vuelos), mientras otros practican golf en un entretenido minicampo adaptado al interior del fuselaje.
Comienza el descenso en el aeropuerto JFK de Nueva York. Es una pena tener que bajarse de este increíble avión.

 

Llave retina

Cuando llegué al hotel, un robot de aspecto humanoide me dio la bienvenida. Miro al lobby y lo que se ve es una mezcla de empleados de carne y hueso y otros metálicos. Muchos ya lo habían proyectado. Como en 2015, cuando el hotel Henna-na en Japón fue inaugurado con estos androides-empleados.

Los recintos hoteleros de esta época están cargados de elementos high tech. De hecho, ya no existen las vetustas llaves, sino que la manera para ingresar a la habitación es a través de un escáner de retina.

Son años en que se ha impuesto la vida sana y la buena alimentación. Por eso, en buena parte de las habitaciones existen incentivos al respecto. Ejemplo de ello son pequeñas estaciones para ejercitarse, donde un personal trainner en versión holograma guía mi rutina de ejercicios.

 

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Trenes que vuelan

Día 3, 8:32. Todo está listo para mi primer viaje en el Hyperloop, tren supersónico que compite en tierra con los aviones que van allá arriba. ¿Quién estuvo detrás de esta idea? Elon Musk, multimillonario estadounidense, quien en 2013 anunció que estaba trabajando en un medio de transporte inspirado en un tren de gran velocidad. Parecía una locura entonces. ¿Un tren que viajara a más de 1.000 kilómetros por hora y que funcionara con energía obtenida a través de paneles solares?

Hoy, unas décadas después, todo eso es cierto y gracias a ello podré llegar desde la Central Station a Los Ángeles –a casi cuatro mil kilómetros de distancia– en un viaje que, de costa a costa, demora unas tres horas y media.

Al infinito y más allá

Día 7, 10:33. Antes de regresar a Sídney decidí hacer una pausa para ver cómo era el turismo espacial. Lejos de lo que se pensó en 2016, hoy vivir esta experiencia es menos costoso y mucho más masivo. Para hacerse una idea: si antes la experiencia costaba unos 200.000 dólares, ahora es posible comprar un ticket por precios mucho más razonables. De hecho, hay varias compañías que ofrecen este servicio, bastante popular estos días, pero lejos del impacto planetario que tenía cuando se anunció hace unas décadas.

Mi boleto lo compré en el Voyager. ¿De qué se trata? Simple: una pequeña nave con ocho pasajeros que asciende a unos 100 kilómetros de altura, justo en el límite entre la atmósfera y el espacio. La experiencia apenas dura unos minutos, pero es suficiente para experimentar una de las vistas más espectaculares posibles. También para compartir la experiencia con mis amigos y familiares, a los que envío varias fotos.

Como si fuera la gran selfie del futuro. in

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