Mallorca, España

Arriba Las Palmas

En los 90 Claudia Schiffer le prometió amor eterno, pero no fue la única. A Palma de Mallorca, en las Islas Baleares, le sobran encantos para que muchos lo dejen todo por ella.

Texto: ARANTXA NEYRA    foto: LORENZO MOSCIA
       
Excursiones-31

Postal primaveral: una fresca y tranquila tarde en una taberna local.

 

Luisa mira el reloj. Apaga el ordenador y cuelga mentalmente el letrero de “cerrado”. A esta decoradora de interiores y organizadora de eventos mallorquina le cuesta desconectarse. Pero hoy es viernes, y así se caiga el mundo, esta noche va a cenar con sus antiguas compañeras de la universidad en uno de sus restaurantes favoritos. Patrón Lunares está muy cerca de su oficina, aquí, en el barrio de Santa Catalina en Palma de Mallorca, capital de la principal isla de las Baleares en el Mediterráneo. Un antiguo local vecinal, ahora convertido en moderna cantina y decorado con redes de pescar a modo de lámparas, cartas marinas y otros elementos náuticos donde sirven platos divertidos y muy bien conseguidos. También con algunos retratos de personajes populares del barrio, entre ellos el que da nombre al restaurante, quien fue un pescador local muy querido.

Patrón Lunares pretende –y es– un reflejo de donde está. Santa Catalina es hoy el barrio más moderno y divertido de Palma, donde se concentra la mayoría de los bares y de las tiendas más alternativas. Pero antes de todo eso fue una zona popular. En sus casitas bajas vivían obreros, cordeleros y panaderos (testigo de lo cual son algunos de los molinos originales de trigo que todavía se conservan), que vendían sus productos –y compraban– en el vecino mercado, el de Santa Catalina.

 

Sabores capitales

Desde 1920 lleva en pie este edificio, el bazar más antiguo de la ciudad, que sigue funcionando a pleno pulmón. En sus puestos, y con permiso del nuevo y moderno mercadillo gastronómico de San Juan, se puede hallar desde panes recién horneados a la mejor sobrasada (sabroso y contundente embutido típico de esta tierra elaborado con carne de cerdo y condimentado, entre otras cosas, con pimentón); pedir que nos cocinen allí mismo el pescado recién comprado o probar especialidades locales en algunos de los bares como el célebre Joan Frau, que ha traído hasta aquí al mismísimo Ferran Adrià.

 

Restaurante Patrón Lunares en el barrio de Santa Catalina, la zona más divertida de la ciudad.

Restaurante Patrón Lunares en el barrio de Santa Catalina, la zona más divertida de la ciudad.

 

Este puede ser un buen pistoletazo de salida para el “tardeo”, que no es otra cosa que alargar el aperitivo de mediodía hasta el atardecer con unos cuantos gin tonics o vermuts en algún bar de la zona, como le gusta hacer a los treintañeros palmenses. Una buena opción es el Cuba Colonial, sinónimo de buenos cócteles y música, en la Avenida Argentina. Precisamente ahí está la frontera de Santa Catalina y el casco histórico, donde empieza la Palma más conocida y turística: la del señorial paseo del Borne con sus elegantes escaparates, o el precioso ayuntamiento, famoso por su cornisa labrada en madera, en la plaza de Cort; la de fachadas de piedra y patios escondidos –Can Bordils, Can Vivot, Can Solleric–, repletos de plantas; la de las bonitas fachadas modernistas (Almacenes L’Aguila o el antiguo Grand Hotel), que articulan rutas temáticas, o la del Club Náutico, cargadito de yates y veleros. Esa Palma de Mallorca es digna capital de una de las islas más bonitas y glamorosas del Mediterráneo.

 

Fachadas escondidas

La medieval catedral, junto a la bahía de Palma, es el mayor ícono de la ciudad.

La medieval catedral, junto a la bahía de Palma, es el mayor ícono de la ciudad.

Pero si hay algo emblemático en Palma de Mallorca, algo que todo el mundo reconoce y que siempre deja con la boca abierta, es su catedral. La primera y más espectacular imagen de la ciudad cuando se llega desde el aeropuerto es la de ese gran edificio medieval dorado, junto a la bahía de Palma y sobre las murallas que protegían la ciudad.

Es, también, la vista que tiene Ismael, un vecino del lugar, desde su azotea, y la que puso como prioridad al elegir su casa cuando se mudó desde Madrid. Rodeada de tejados naranjas, cielos azules y otras tantas torres de iglesias del centro y del barrio de Sa Gerreria, la ve cada mañana cuando desayuna. Al llegar hace casi diez años, esta zona era conocida como el barrio chino. Muchas de las fachadas escondidas bajo yesos baratos y milhojas de carteles, se han restaurado para dar paso a establecimientos simpáticos y frescos como La Sifonería, un pequeño local en el que hay que sentarse sobre cajas de plástico de colores para beber vermut con sifón.

Las tiendas de bicicletas conviven con comercios tradicionales como las cesterías artesanales o los kioscos de barrio de toda la vida, y nuevos restaurantes y hoteles boutique asoman la cabeza, algo impensable hace no tanto tiempo. La Ruta Martiana, un circuito de tapas que se hace todos los martes y en el que colaboran varios bares de la zona ofreciendo un tándem de cerveza y tapa por 2 euros, ha sido causa y efecto de este lavado de cara, atrayendo al capitalino y despertándole del letargo invernal de noviembre a febrero, en el que la ciudad se adormece.

Es, en opinión de Ismael, el momento perfecto para hacer todas las visitas que quedaron en el tintero durante el verano: las magníficas colecciones de la Fundación Joan Miró o la Fundación March –famoso comerciante mallorquín, gran mecenas de las artes–; o ver qué hay de nuevo en el museo de arte contemporáneo de Es Baluard.

 

Cosmopolitas

La temperatura no debería ser un problema para planear una visita a la Costa Tramuntana, cadena montañosa que bordea la isla por el noroeste y su mayor tesoro. La Unesco le concedió la categoría de Patrimonio Cultural por la interesante interacción paisaje-hombre, pero más allá de títulos, la sierra concentra la esencia mediterránea de las Baleares: pueblos que cuelgan de las montañas, coquetas calas, vertiginosos acantilados; olivos cultivados en terrazas de piedra seca (en las que no se usa ningún tipo de argamasa para pegar las rocas que las conforman y que sacan así más provecho a las pendientes), limoneros y buganvilias.

 

Los pueblos y pequeñas bahías situados en el noreste de la isla, merecen una visita. Como el puerto de Valldemossa, en la foto.

Los pueblos y pequeñas bahías situados en el noreste de la isla, merecen una visita. Como el puerto de Valldemossa, en la foto.

 

Primavera es la época perfecta para el senderismo, subir el calvario de Pollensa sin sofocos o ver los atardeceres del Cabo de Formentor; verano es el momento ideal para zambullirse en sus aguas o para salir a cenar envueltos por la brisa de Alcudia. El frío invernal invita a pasear sin prisa por alguno de sus pueblos más románticos: Pollensa, Deià, Sóller o Fornalutx, y a refugiarse, taza en mano-manta en rodillas, en sus antiguas casonas de piedra junto a la chimenea.

De Churchill a Lady Di, incluidas varias generaciones reales españolas, han pasado por aquí. Se puede decir que Mallorca es la provincia más internacional de toda España y por eso en el pueblito de Deià, casi la mitad de sus 750 habitantes llegaron hasta aquí desde otras latitudes y nunca se fueron. Para no quitarse jamás las vistas del Mediterráneo de la retina ni el aroma a naranja por las mañanas. in

 

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