Australia

Descifrando al país de Oz

Recorrimos las ciudades de Melbourne, Sídney y Cairns, en la costa este de un país con sabor a continente. En bicicleta, aplanando calles y bajo el agua –aunque sin koalas ni canguros– nos empapamos del cosmopolita y alegre espíritu aussie.

TEXTO & FOTOS: Francisco Pardo @panshopardo   Agradecimientos a Álvaro García @ojodewey
       

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Melbourne: número uno

Cinco años lleva Melbourne haciendo honor al nombre del estado en el que se sitúa, Victoria. Porque por quinto año consecutivo fue elegida por el prestigioso ranking de la revista The Economist como la ciudad con mejor calidad de vida en el mundo. Y una cuestión es leer el dato duro, y otra muy distinta es prender el televisor una mañana de verano para enterarte del tiempo y sorprenderte con ¡breaking news! del noticiero local: durante la noche un extraño se introdujo en una casa de un suburbio de la segunda ciudad más grande del país. Si el hecho policial más impactante de la jornada anterior fue este, el ranking es más que acertado.

 

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La calidad de vida no solo se palpa en la seguridad. Son decenas de otras variables (30 de hecho, donde se incluyen infraestructura, salud y educación). Pero para cualquier usuario frecuente de bicicletas, este es el paraíso. Su sistema público de dos ruedas es de fácil uso, extenso y eficiente; la ciudad es plana, repleta de ciclovías, y las bicis se pueden estacionar casi en cualquier parte. Y aunque coquetos tranvías invitan a conocer la ciudad mirando por la ventana y desde la comodidad de un asiento, mejor que ese asiento sea el de una bicicleta.

Sin olvidar el casco (su uso es estricto), la primera y lógica parada es conocer las riberas del río Yarra, columna vertebral de Melbourne. Altos y modernos edificios se erigen casi hasta su desembocadura en el océano. Uno de ellos, el Eureka, permite subir en 40 segundos hasta los 300 metros de altura del piso 88 para mirar los alcances de la urbe.

Las orillas del Yarra ofrecen decenas de restaurantes y lugares para el descanso, sitios que permiten contemplar las embarcaciones que llevan turistas, el paseo post almuerzo de oficinistas y las prácticas de remo de algún club.

 

Fruta, pandas & grafitis

Lo bueno de Melbourne es que no tiene hitos tipo Torre Eiffel, que obliga a marcar tickets en nuestro álbum de fotos. Y eso permite andar sin prisa y notando detalles, mensajes en los muros, el respeto de los ciudadanos frente a la luz roja en los pasos peatonales, o pequeñas situaciones como la de un canasto lleno de pandas de peluche que se regalan al atento caminante. Esto sucede en Hozier Lane, una callecita llena de grafitis frente a Federation Square –con sus galerías y museos– que vale la pena visitar para adentrarse en el CBD (downtown) y observar su agitada vida cotidiana.

 

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Pedaleando siempre por la izquierda, unas cuadras más al norte y en pocos minutos, aparece Queen Victoria Market, lugar perfecto para encontrar desde antiguas patentes de vehículos y cuadros de diseñadores locales (como @annie_ye_liu), hasta frutas y verduras sin químico alguno y exquisitos cafés (Market Lane Coffee). ¿Cuándo ir? Los miércoles antes de las 22:00 horas y hasta fines de marzo: música en vivo, gran ambiente y los infaltables puestos de comida.

 

La tarde se va y sin querer enfilamos hacia el mar hasta el barrio de St Kilda. No son las playas el mayor encanto de Melbourne, pero sirven para refrescarse, practicar kitesurf y disfrutar de este lugar cuyo espíritu informal y jovial se palpa tanto en la arena como en las zonas aledañas a un pequeño parque llamado O’Donnel, junto al Luna Park y su montaña rusa de antaño. Buena idea es sentarse en los cafés y bares de la calle Acland –como el Abbey Road y Rococo–, para experimentar y disfrutar del lugar.

Y si los aperitivos se alargan y hay ánimo festivo, se puede recorrer la calle Chapel e ir mirando hasta encontrar el bar de su gusto. O moverse al barrio hipster de Fritz Roy, y caminar por Gertrude para comprobar si los locales nocturnos son también los número uno.

 

Cairns: buscando a Nemo

Tres horas de avión hacia el noreste, al estado de Queensland, y arribamos a Cairns, puerta de entrada a una de las maravillas del mundo, la Gran Barrera de Coral. La ciudad, mucho menor en tamaño comparada con Melbourne y Sídney, es limpia, ordenada y exuberante en vegetación y fauna nativa. Y si bien Cairns es una urbe costera, su emplazamiento impide que aquí se produzca el tándem playa-surf, parte del ADN australiano. Esto debido a que se ubica en la desembocadura de la ensenada Trinidad, cuya concentración de sedimentos provoca que el litoral sea turbio y fangoso, además de estar ad-portas de la Australia salvaje, de cocodrilos tamaño familiar. Pero el ingenio es parte del aussie, y es así como construyeron The Esplanade Lagoon, una piscina pública de agua salada en el corazón de Cairns, en formato de playa urbana, con áreas verdes, próxima a hoteles, comercio y restaurantes donde destacan los sabores asiáticos.

 

Desde Cairns, en el noreste de Australia, se puede acceder fácilmente a la Gran Barrera de Coral.

Desde Cairns, en el noreste de Australia, se puede acceder fácilmente a la Gran Barrera de Coral.

 

Aunque Cairns tiene todo para el disfrute, es la naturaleza circundante la que atrae a turistas de todo el mundo. A una corta distancia hay playas rodeadas de bosque tropical como Port Douglas y Ellis Beach y, un poco más retirado, el bosque lluvioso de Daintree, que puede conocerse mediante diversos tours. Pero es la Gran Barrera de Coral, Patrimonio Cultural de la Humanidad, la gran protagonista de la región. Posee más de 2.000 kilómetros de extensión y se le puede visitar en recorridos que se agencian en la ciudad: desde salidas por el día, pasando por el tour más popular compuesto de tres días en alta mar –snorkel o buceo con tanques– parando en diversos arrecifes, como Flynn y Milln; hasta las aventuras de una semana y más para expertos. Por supuesto que las travesías más extremas permiten divisar grandes animales y cardúmenes, pero cada inmersión regala multicolores jardines submarinos, tortugas, barracudas, pequeños tiburones, “nemos” (peces payaso) y muchas otras especies.

 

Sídney: no worries, mate!

Noche de sábado en la mayor ciudad australiana y en el  hotel con más groove de la ciudad: QT. Ubicado en pleno centro, el llamado CBD, se encuentra en un histórico edificio –Gowings and State Theatre Building– y está salpicado de citas pop y musicales. Luego del check in y de oír el “I feel good” de James Brown en el ascensor mientras descendemos desde el piso 12, ignoro su estiloso bar, saludo a la concierge de pelo rojo, estiro el dedo, subo a un taxi y hacia la mítica esquina fiestera de Kings Cross.

Pero poco y nada. Lo que fue un siempre polémico sector de fiesta y celebración, hoy muestra su lado más aguado, debido a la ley conocida como lockout (que será revisada este año) y que obliga al temprano cierre de bares y clubes, y una potente restricción al consumo y venta de alcohol. Esto debido a un par de sucesos que sacudieron a la sociedad y que de paso hizo reflotar medidas conservadoras en una ciudad siempre dispuesta al desmadre. Si busca pequeños y acogedores restaurantes y un panorama tranquilo, este es el lugar, en especial los de la calle Llankelly Place.

“Newtown, mate”, dice el portero de uno de los bares que todavía sobreviven, cuando pregunto a qué barrio se trasladó la bohemia. Pero el agote hace estragos y estiro el dedo, taxi, hotel, chica de pelo rojo y “The Baxter Inn”, dice ella recomendando un bar cercano. Y precisamente a la vuelta del hotel, sin cartel ni señal alguna, una puerta conduce a un subterráneo y entrañable local sacado de los años 20, de espíritu speakeasy y divertidamente ruidoso. Quizás Sídney se encuentre precisamente en lo menos obvio.

 

Hora de clásicos

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Bondi es la más icónica playa de Sídney. Sus arenas son reflejo del estilo de vida aussie, deportista y outdoor.

 

Mañana de domingo y, como otros tantos, tomo el autobús 333 hasta la playa más famosa del país, Bondi. Paraíso surfista que reúne, tal vez, lo mejor de Australia: deporte, naturaleza, seguridad y gente guapa (perdón por la superficialidad). Antes de la arena y el sol, el bellísimo Coastal Walk invita a una caminata costera de 3.5 kilómetros hasta la playa de Bronte, donde –al igual que en Bondi– se puede ver en terreno el profesional trabajo de los salvavidas más famosos del mundo. Tras un día de playa, una hamburguesa en Macelleria con fría limonada.

Pero antes de regresar al CBD, desvío la ruta hasta el barrio de Surry Hills. Tranquilo, con pequeños restaurantes ideales para la cena o el brunch, muy a la moda, pero sin jactarse de ello. Bicicletas, perros parecidos a sus dueños y un café que vale la pena conocer: Bourke Street Bakery. Pídase un latte con un Ginger Brûlée Tart, siéntese en una de las mesitas de la vereda y mire la fauna barrial, que va desde vecinos de toda la vida que alargan cafés, hasta hipsters subiendo selfies a Instagram. Si le urge un helado, pase por el suyo en el famoso Messina.

 

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¿Puesta de sol con estilo en Sídney? Visite las terrazas junto al famoso Ópera House.

Otro clásico, una vuelta en ferry. Desde Darling Harbor hay varias versiones de paseos, pero el que dura un par de horas y permite conocer los principales atractivos de la zona es el elegido. Y es así que, junto a un par de familias y parejas de abuelos, zarpamos en uno de los más turísticos y divertidos recorridos en Sídney. Pasamos bajo el famoso puente y frente al Ópera House, la playa nudista de Lady Bay y varios otros puntos del segundo puerto natural más grande del mundo, tras Río de Janeiro. La última parada previa al regreso es Manly, cuya extensa playa (con centenarios pinos que dan sombra en la tarde) es una gran alternativa para la multitud de Bondi.
Pierdo a propósito el regreso en la embarcación turística para subir al ferry de transporte público cuya parada es el CBD, en Circular Quay. Media hora de suave viaje, con el sol poniéndose y el skyline de Sídney dibujándose a contraluz. El ferry arriba y muchos enfilamos hacia los cafés situados próximos al Ópera House, donde locales y turistas empinan cócteles y aperitivos. Ya casi el sol se va y con el Ópera a nuestra espalda y el emblemático puente enfrente, es difícil encontrar mejor lugar y escenario para despedir a este país con sabor a continente. El gran gigante de Oceanía.
No worries, mate. in

 

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