Coyhaique

La carta austral

La capital de la Región de Aysén, en la Patagonia chilena, gana terreno. Con su estilo “gaucho-cosmopolita”, invita a empaparse de su naturaleza, cultura y una renovada oferta gastronómica.

Textos y fotos: Evelyn Pfeiffer @evelynpfeiffer
       

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Es cosa de detenerse un rato en cualquier calle céntrica de esta ciudad para sentir su pulso. Resguardada por las abruptas paredes de granito del cerro Mackay, las torrentosas aguas del río Simpson y unas montañas escarpadas como navajas, la naturaleza parece el escudo de este sureño reducto de calma. Una ciudad de 55 mil habitantes que, aunque sigue creciendo, mantiene esa postal de un sitio detenido en su propio tiempo.

Pero Coyhaique –ubicada a 1.786 kilómetros al sur de la capital chilena– se está reiventando. Especialmente desde sus cocinas. El libro Un festín patagónico, viajes culinarios por Aysén de la investigadora Trace Gale, por ejemplo, se refiere a la oferta de la zona como de estilo “gaucho-cosmopolita”. No se equivoca al ver por las calles bombachas, pañuelos al cuello, boinas y el mate, que más que una bebida es una tradición en la Patagonia y la mejor excusa para sociabilizar y romper el hielo.

 

A paso lento

Dice el lema “el que se apura en la Patagonia, pierde el tiempo”. Acá su gente, su vida, se mueven a una velocidad diferente. Pura calma.

La naturaleza parece dar el ejemplo, y uno de sus animales más calmos, tímidos y elegantes, es una atracción que bien merece dedicarle tiempo. Ver por estos lados al huemul, ciervo endémico en peligro de extinción, es relativamente fácil. Previa coordinación con un guía turístico, se llega al sector de Portezuelo Ibáñez, a unos 50 kilómetros de Coyhaique.

 

 

Tras dejar la camioneta, parte una sigilosa procesión de ojos atentos, tratando de distinguir a los esquivos mamíferos de color café, siempre mimetizados entre la vegetación. Es una búsqueda casi muda entre bosques y praderas, a merced de la naturaleza caprichosa.

La pesca, por otro lado, deporte de los pacientes por excelencia, es abundante a lo largo de toda la región. Coyhaique destaca a nivel mundial por ser el paraíso para pescar con moscas secas, aquellas que están diseñadas para flotar, a diferencia de las moscas húmedas que se hunden. Acá, el río Simpson, junto al Mañihuales, Aysén y Emperador Guillermo, son de los más famosos para la pesca recreativa. Nicolás González, dueño de Trouters Patagonia Chile, conoce los recovecos de estos ríos y las truchas que los habitan. Con paciencia, enseña a inexpertos y lleva a los expertos para aventuras llenas de técnica que se recompensan con grandes peces-trofeo.

Para un golpe de adrenalina, el mismo río Simpson muestra una faceta distinta. Un descenso en balsa, conducido por los rápidos en medio de bosques exuberantes y saltos de agua que vienen desde las montañas. La empresa Patagonia Rafting Excursiones ofrece descensos de tres horas todo el año, incluso con nieve.

 

Fogones del sur

Poco a poco Coyhaique ha ido exhibiendo una aplaudida carta gastronómica. Su variada oferta con restaurantes que prefieren la producción sustentable sin químicos y de factura local ha propiciado innovación en los fogones locales, donde recetas tradicionales cada vez suman más sabores y aromas endémicos de la zona.

 

  • A cargo del chef Cristián Balboa, Dalí da un sello único a sus platos. /
    Chef Cristian Balboa puts a unique spin on the dishes at his restaurant Dalí.

 

El restaurante Ruibarbo es un buen ejemplo. El lugar deja de lado el estigma de que en Patagonia solo se come asado de cordero al palo. Un risotto de lengua de cordero, acompañado de morillas –hongo que crece en la región y que es el segundo más cotizado del mundo después de la trufa– y queso de oveja. Una explosión de sabores, que permite probar de manera distinta el emblemático cordero de la Patagonia.

Otro lugar para tener una experiencia bajo el concepto de slow food es el premiado restaurante Dalí, donde el chef Cristián Balboa crea verdaderas obras de arte culinarias, tanto en sabor como en presentación. Este patagón estudió gastronomía en Santiago y volvió para crear su restaurante, pero en realidad nunca ha parado de estudiar. Cuando no está en la cocina, se encuentra viajando por la región, investigando y probando nuevos sabores y fuentes para productos locales, como la liebre, el cordero, la potranca, el pato, el erizo, nalcas, flores y frutos endógenos, así como los más de 25 tipos de hongos que hay en Aysén.

 

Sube la espuma

Varios emprendedores han sabido aprovechar las prístinas aguas de la región a través de unas 18 marcas de cervezas artesanales. El movimiento cervecero lo inició D’Olbek, familia de inmigrantes belgas que trabajaron primero como estancieros y que luego se la jugaron por los sabores que llevan por genética en la sangre. En el mismo lugar donde elaboran sus tres tipos de cervezas, recientemente inauguraron La Taberna, con un ambiente ideal para degustarlas y probar platos locales. Y perfecto para un último brindis, pero sin prisa, porque a estas alturas del viaje uno ya sabe que en la Patagonia el ritmo es diferente. in

 

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