El otoño en Praga

Mitos y verdades de la renovada capital checa y uno de sus barrios más interesantes, el Barrio Judío, que supo reciclarse para pasar de gueto amurallado a epicentro cultural
y de lujo.

TEXTO: Roberto Schiattino

       

Lennon Wall

 

Fue inevitable. Cuando supe que el Museo Judío de Praga tenía inscritos en sus muros los nombres de las 80 mil víctimas checas del Holocausto, me puse de cabeza a ver si encontraba el apellido materno –judío– de mi madre. No es como buscar una aguja en un pajar porque están agrupados según su pueblo de origen, por lo que el mismo puede repetirse en distintos muros. De todas maneras, son 80 mil inscripciones y eso toma tiempo. Lo encontré, por supuesto; no una sino varias veces. El ejercicio sobrecoge, pero al mismo tiempo deja buen sabor ver cómo le dieron sentido al drama histórico para generar bellas piezas de arte y preservar su arquitectura.

En realidad, todo Josefov, uno de los seis distritos que componen esta capital europea de 1.2 millones de habitantes –1.9 en toda el área metropolitana–, es como un gran museo al que se entra y se sale por calles recovequeadas y plazas serpenteantes. Para acceder se paga, claro, pero vale la pena. Diría que es uno de los imperdibles junto con lo más obvio: la hiperturística Ciudad Vieja –el downtown– con su Torre del Reloj, las esculturas del Puente de Carlos, que atraviesa el río Moldava, sus iglesias y castillos. Si se es un fanático de Kafka como yo, la galería homónima será otro imperdible. Y si no le interesa Kafka, pero le gustan las selfies, tan de moda, puede tomarse una en el pintoresco monumento al escritor, siempre en el Barrio Judío.

 

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Los nombres de las 80 mil víctimas checas del Holocausto están inscritos en los muros del Museo Judío.

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En el minúsculo Viejo Cementerio Judío fueron sepultadas más de 100 mil personas, grandes personalidades entre ellas. Como el rabino Loew.

 

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Seis sinagogas se encuentran ahí, pero hay una especial: la “Vieja-Nueva Sinagoga”, ¿cómo perderse una atracción con ese nombre? Luego aparece el famoso cementerio. Después está el pequeño pero famoso Viejo Cementerio Judío que data del Siglo XV, plena época de la peste en Europa, ahí fueron a dar los cuerpos de las víctimas de muchas epidemias. Muy importante por su belleza y por el renombre de grandes personalidades sepultadas ahí, destaca su altura: se estima que hay restos de más de 100 mil personas, por lo que el cementerio se fue construyendo sobre sí mismo muchas veces. La ley judía impide remover osamentas.

Impresiona que un lado de la ciudad, que por siglos fue un gueto y sufrió los embates de persecuciones religiosas, fiebres y pobreza, fuera capaz de transformarse en centro del lujo. Aunque puede decirse que siempre fue un sector de doble lectura: un reducto cerrado y apartado, donde también se encontraban las mentes más brillantes en todos los ámbitos. Porque recién en 1850 se derribaron los muros que separaban Josefov, nombre que se le dio para homenajear a José II, gobernante que quiso integrar a los judíos a la vida de Praga.

 

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Postales del Barrio Judío y la Ciudad Vieja.

 

Skodas y Ferraris

Atravesando este barrio aparece Paížská, hoy “la última avenida burguesa”, según los propios checos. Versace, Prada, Louis Vuitton, todas están en Paížská, que va desde la plaza de la Ciudad Vieja hasta el río Moldava, luciendo producidas vitrinas y hoteles cinco estrellas. También hay tiendas de diseñador; hay que explorar, algo que se hace aunque no se quiera debido a que las calles dan muchas vueltas y, a veces, se vuelve donde mismo. Si el nombre de la tienda no le suena, con mayor razón debe entrar y ver de qué se trata.

Es tiempo de recorrer la plaza de la Ciudad Vieja y sus alrededores. Ideal en la tarde, sobre todo si hay buen tiempo (junio a septiembre, aunque octubre también es temporada y, en realidad, Praga se llena todo el año), tomar una cerveza en cualquiera de los restaurantes que dan a la plaza o en los puestos que hay al lado de la catedral, donde abunda la carne de cerdo asada y otras delicatessen locales.

Con la caída del Muro de Berlín, el mundo globalizado empezó a entender la importancia de esta capital y a querer descubrirla, lo que trajo una verdadera oleada turística que jamás termina. Quienes la conocieron durante la Guerra Fría dicen que el contraste es muy evidente. Hoy todo parece pujante, bien conservado, renovado. Los antiguos tranvías se ven bien y conviven con los nuevos, entre Skodas y uno que otro auto de lujo. Como en cualquier gran metrópolis, el rugido de un Jaguar o un Ferrari se escucha vociferante de vez en cuando.

Los locales le han sacado provecho al paraíso turístico que tienen entre manos. Espectáculos callejeros abundan a partir de la primavera, desde hombres que hacen globos de espuma gigantes, músicos de los más variados estilos, retratistas, caricaturistas, personas disfrazadas de tiburón. Aunque no vaya a comprar nada, es un deber entrar a alguna de las muchas jugueterías que hay en las calles cercanas a la plaza, donde deberá esquivar a los visitantes que se trasladan en segway (esas miniplataformas de dos ruedas y manubrio, donde las personas van de pie), una de las formas más divertidas de recorrer Praga, además de la clásica bicicleta.

 

Parizska

La calle de las tiendas más elegantes.

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Golem, el Frankenstein de Praga

La capital checa tiene su propia leyenda, la de un personaje creado por el hombre y con poderes sobrenaturales: el Golem. Su invención se atribuye a Judah Loew ben Bezalel, un rabino culto e inteligente, símbolo de una comunidad pujante donde convergían judíos de todos los rincones de Europa.

Se supone que gracias a sus estudios del Cábala, el rabino descubrió la palabra que identifica al origen de la vida para Yehová (Dios). Fabricó un hombre de arcilla y puso dentro de su boca un papel con la palabra secreta, dando vida al muñeco. Pero no lo dotó de alma, por lo que el Golem solo obedecía órdenes. La prevención era que debía sacar el papel por las noches o el muñeco perdería el control. Y así pasó, supuestamente, una noche de viernes en que el rabino olvidó sacar el papel y el Golem habría destruido el gueto completo. Jehuda decidió esconder al muñeco y enterrarlo bajo tierra, hasta que un rabino muy sabio vuelva a dar vida a su creación.

Algunas personas aún creen que el Golem efectivamente existió, y que volverá a vivir…

 

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Los segway son el medio de transporte de moda en Praga y Paížská.

Los dos Neruda

Vale la pena conocer “el Castillo”, imponente, elevado sobre una colina, donde también se encuentran los despachos presidenciales. Construido en el siglo IX, fue la residencia de los reyes de la antigua Bohemia y aún guarda las joyas de la corona. Probablemente –al menos para mí– lo mejor está al final del recorrido: bajar por la calle Nerudova, en honor al escritor Jan Neruda (1834-1891) que terminaría, sin saberlo, prestando su apellido a un fiel admirador suyo, el poeta chileno Pablo Neruda, Premio Nobel de Literatura 1971.

 

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De vuelta a los alrededores del Moldava, una cerveza fría es de rigor antes de seguir. Y si se tienta con alguna lectura, como yo que decidí releer La Metamorfosis motivado por las estupendas ediciones que se encuentran en su museo, buena idea es detenerse en una de las pequeñas islas, echarse en el pasto y lanzarse al arte de la lectura. O simplemente a observar la naturaleza y la gente. Unos simpáticos botes-restaurantes ofrecen comida al paso: carne a la parrilla, ensaladas y cerveza. Broche de oro para un viaje entretenidamente cultural. in

 

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