Galápagos

La vida acuática

Jugamos a ser exploradores sobre La Pinta, una exclusiva embarcación para vivir una aventura de lujo en este afamado archipiélago ecuatoriano.

Texto & Fotos: Francisco Pardo U. @panshopardo
       

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Galápagos es un destino que guarda una especie de misticismo en el circuito turístico mundial. Su fama cruza fronteras gracias a la visita de Charles Darwin hace 180 años y a iniciativas como la publicidad televisiva que presentó el Gobierno de Ecuador –como parte de su campaña All You Need Is Ecuador, que busca potenciar el turismo del país– durante el reciente Super Bowl, cuya audiencia sobrepasa los 100 millones de televidentes.

 

 

Y existen varias maneras para hacerlo. Nosotros subimos a La Pinta en la isla de San Cristóbal, una de las principales del archipiélago. Embarcación de lujo todo-incluido con cómodas cabinas y áreas comunes, gimnasio (me comentaron), jacuzzi, excelente gastronomía y guías naturalistas de amplios conocimientos y mejor disposición. La idea es, en cuatro noches/tres días, recorrer las islas del sudeste, navegando de noche y realizando expediciones durante el día.

 

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Momentos Nat Geo

Navegamos suavemente durante la noche y despertamos frente a Punta Pitt, en uno de los extremos de isla de San Cristóbal. Tras el desayuno nos subimos a los zodiacs y enfilamos a una de las playas donde comenzaremos el trekking. Todos sonreímos, desde Lorenzo, el niño brasileño de diez años, hasta Helga, la abuela finlandesa de 83. Y una vez que llegamos, divisamos a los más entrañables animales del archipiélago, los lobos de mar. Dan ganas de tirarse junto a ellos en la playa a tomar sol, de acariciarlos y tomar selfies para el Instagram. Pero no se puede. El 97 por ciento de Galápagos son parte del Parque y eso quiere decir que hay reglas: no tocar a los animales ni acercarse a menos de dos metros, no salirse de los senderos ni usar flash, entre otros.

 

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Afortunadamente, desde que Galápagos fue declarado Parque en 1959, los animales no han desarrollado miedo a los humanos. Y como tampoco existen grandes depredadores su fauna vive en un envidiable estado libre de estrés, donde las personas somos unos molestos paparazzis. Y eso permite fotografiarlos con detalles. O, por ejemplo, mirar desde un par de metros cómo eclosiona un huevo de piquero de patas rojas bajo las plumas de su madre. Ni el mejor programa de NatGeo visto en un plasma súper HD supera la experiencia.

 

Bajo el mar

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Y si sobre tierra la experiencia es enriquecedora, bajo el agua es donde está el verdadero tesoro de Galápagos. Un rápido snorkel entre arrecifes volcánicos permite nadar entre cientos de peces, hasta con uno observado en otra inmersión en Indonesia, cuestión que pone de manifiesto lo dicho por Quique la noche anterior en la charla informativa a bordo de La Pinta. “La confluencia de corrientes –Cromwell, Panamá y Humboldt– permite observar especies que no deberían estar aquí”.

La tarde prepara otra sorpresa (además de las tortugas marinas recién divisadas). Esta vez desembarcamos de los zodiacs en una playa de película junto a Cerro Brujo, con arena blanca y aguas celestes, la misma por donde caminó Darwin  en septiembre de 1835. Los lobos miran somnolientos desde la orilla cómo jugamos al igual que niños en el agua hasta que nos quedamos quietos, paralizados: una mantarraya pasa muy cerca de nuestros pies.

 

Danza con lobos

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Tras dos noches navegando, uno se cree hombre de mar. Steve Zizou, para ser más exacto, el personaje que interpreta Bill Murray en The Life Aquatic de Wes Anderson: el traje de neopreno ya no se queda atrapado en las rodillas, se entiende la diferencia entre babor y estribor (izquierda y… ¿derecha?) y que el pequeño mareo es responsabilidad de los refrescantes cócteles del bar. Y es con esa seguridad que nos lanzamos a nuestra última aventura en la Española, la isla más al sur y con mayor nivel de endemismo.

Nos subimos nuevamente a los zodiacs para ir a hacer snorkel cerca de Bahía Gardner, otra playa de lujo en la Española. Nos tiramos al agua y nadamos suavemente mirando peces de colores y formaciones rocosas. Y de pronto, abajo, a un par de metros, pasa un pequeño tiburón justo cuando dos juguetones lobos marinos se nos acercan y las GoPro comienzan a filmar y tomar fotos. Dan vueltas, giran, se acercan curiosos, juegan, creando uno de esos momentos imposibles de describir y que se guardan como uno de los mejores souvenirs que cualquier viajero puede atesorar. in

 

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