Hamburgo XL

No hay duda de que esta ciudad alemana ganaría si compitiera en un concurso de superlativos: el puerto más grande, el barrio más rojo, la urbe más industrial, los personajes más liberales. ¿El desafío? Intentar vivirla en 36 (frenéticas) horas.

TEXT:  MARTÍN Echenique @martinechenique | Fotos: Pamela Ross
       
Durante el día, dibujantes y músicos se toman la plaza frente al mercado de pescados y mariscos (Fischmarkt), en el distrito de Altona.

Durante el día, dibujantes y músicos se toman la plaza frente al mercado de pescados y mariscos (Fischmarkt), en el distrito de Altona.

 

El vagón va cargado de alemanes medio borrachos, palabras que no entiendo y mucha, pero mucha cerveza que pasa de mano en mano, de boca en boca. Son casi las once de la noche en el tren que lleva del aeropuerto a la ciudad y Hamburgo está a punto de darme la bienvenida a lo que muchas páginas de Internet advertían, sugerentes, sobre lo que pasa cuando se pone el sol: un barrio rojo excéntrico y desenfrenado, cuya osadía inspiró a los Beatles para inmortalizarlo como la milla del pecado. Sin mayor introducción, el Hamburgo nocturno suelta sus estribos y pierde la compostura.

Me bajo del tren y subo hacia la superficie para dar con la Reeperbahn, calle principal del barrio que, atestada de personajes extravagantes, se aleja de la típica imagen prefabricada de una Alemania ordenada, pulcra, mecánica. Primera impresión: es como estar en un Disneylandia de neones que encandilan y prometen experiencias dignas de un capítulo de 50 sombras de Grey.

 

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Al contrario de la costumbre latinoamericana donde los sex shops se esconden avergonzados tras vitrinas polarizadas y galerías de bajo perfil, los de Hamburgo se muestran orgullosísimos, uno al lado del otro, como enormes tiendas departamentales que exhiben toda su mercadería sin tapujos y dejan bastante poco a la imaginación. “Lleve tres juguetes por el precio de uno”, dice la publicidad del sex shop vecino a la puerta de mi hotel, el que además ofrece descuentos para turistas internacionales. Decido dejar el vitrineo para después y entro a la recepción para hacer check-in donde conozco al gran Peter, recepcionista y autoproclamado gurú del barrio rojo. “¿Primera vez en la Reeperbahn, no?”, me pregunta. Respondo afirmativo. Decidido, Peter deja mi pasaporte a un lado y abre un mapa en el que encierra con un círculo la calle Große Freiheit, a solo cuatro cuadras del hotel. “Aquí tienes que ir”, dice. Abro mi diccionario alemán-español y descubro que su nombre se traduce, ni más ni menos, como Gran Libertad. Y claro, todo hace sentido: videos triple equis en plena vereda, bares de cuero, peep shows, drag queens y Star, el famoso bar donde los Beatles tocaron desde abril hasta diciembre de 1962, antes de ser superestrellas. Parece un carnaval, pero uno sin pudor en lo absoluto.

El reloj corre y claramente la noche sigue joven para el estándar hamburgués. Son casi las cuatro de la mañana y dado que una provocativa Reeperbahn se niega a dormir, decido reponer energías con una lata de Red Bull y un kebab por menos de seis euros. Entre mordiscos, recuerdo en una suerte de epifanía los (otros) consejos del sabio Peter: ir a la zona sur del barrio, específicamente a la Hans-Albers Platz. El kebab se acaba y emprendo marcha.

En solo cinco minutos me han coqueteado más que en toda mi vida y en cuanto idioma exista. Por más que sean políglotas por excelencia y maestras de la persuasión, decido declinar a las múltiples propuestas con un políticamente correcto “nein, danke”, lo que funciona en la mayoría de las ocasiones. Sin embargo, dos de ellas no se dan por vencidas y me agarran del brazo con toda confianza, una a cada lado. Mientras caminamos juntos me preguntan –en un inglés con tono premeditadamente sensual– si ando solo, si necesito compañía y de dónde soy. “Sudamericano”, respondo. De inmediato comienzo a recibir una seguidilla de piropos que hablan de la fama internacional que tenemos los latinos como buenos amantes, además de uno que otro estereotipado “ay papi” que nos hace reír a los tres.

 

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La Reeperbahn y sus múltiples sex shops y cabarets.

 

En fin, la Hans-Albers Platz es un mundo completamente paralelo. A diferencia de la Große Freiheit o las veredas de la Reeperbahn, aquí la fama del barrio no es tan explícita y la atmósfera es un poco más relajada, especial para ir de bar en bar y aprovechar los happy hours con ofertas de tres euros toda la noche. Sin embargo, la cara más osada del barrio es la Herbertstraße, a dos cuadras de la Hans-Albers Platz. Con menos de 100 metros de largo, esta angostísima calle es idéntica a las que se encuentran en Ámsterdam con guapas chicas detrás de vitrinas rojizas. Eso sí, hay tres (grandes) diferencias: la Herbertstraße es territorio exclusivo para hombres y no permite el ingreso de mujeres o menores de 18 años. Dos portones rojos –de qué otro color si no– bloquean los extremos de la calle junto a letreros que intimidan a todo quien se atreva a violar las reglas. “Entra bajo tu propio riesgo”, fue uno de los consejos de Peter antes de salir del hotel.

Ya son las seis de la mañana y los bostezos vienen por oleadas. Eso sí, una travesía nocturna exitosa debe terminar en el clásico after del Fischmarkt, a veinte minutos caminando desde la Reeperbahn hacia el puerto. Aquí, cientos de personas se reúnen para ver el amanecer a orillas del Elba mientras las botellas de cerveza chocan unas con otras al hacer un brindis colectivo. Dos danesas y un ucraniano se acercan y me invitan una. Él, de Kiev, repite las sabias palabras que una vez George Harrison, con tan solo 17 años, dijo sobre Hamburgo: “Esta es la ciudad más traviesa del mundo”. Y a George (y al ucraniano), no se les discute.

 

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Entrada a la Herbertstraße, calle-corazón del barrio rojo hamburgués.

Más diversa

Tres tazas de café al hilo y salgo del hotel hacia la Innenstadt, distrito donde la promesa diurna de una urbe europea, esas que conquistan con restaurantes al aire libre, arquitectura antigua y librerías alternativas, se cumple.

El recorrido comienza en el Rathausmarkt, plaza principal del impresionante edificio de 1886 que alberga al gobierno de la ciudad y donde todos los sábados se hacen distintas fiestas al aire libre. Esta vez, mi paladar lo agradece: casi 30 puestos y food trucks de comida alemana e internacional ofrecen Bratwürste, carnes na espada, tacos, feijoada y otras delicias caseras por precios baratísimos.

A dos minutos de allí, Hamburgo presume de su Jungfernstieg, un imperdible boulevard cuya (rarísima) historia se remonta al siglo XIX. Aquí, las familias aristócratas de la ciudad paseaban a sus hijas vírgenes como trofeos en búsqueda de pretendientes para que, eventualmente, contrajeran matrimonio en una especie de tradición dominical. De ahí el nombre de este lugar: jungfern, vírgenes; stieg, muelle. Afortunadamente, hoy es solo el distrito de compras más exclusivo de la ciudad y una parada obligada para quienes buscan tanto diseño independiente como grandes marcas, o simplemente descansar y sentarse con los pies colgando frente al Binnenalster, el segundo lago más grande de Hamburgo.

Para rematar, el distrito de Sankt Georg es un baluarte del Hamburgo liberal e intelectual. A 20 minutos caminando de la Jungfernstieg, el barrio ofrece cafés únicos y orgánicos como Mutterland, librerías especializadas en temáticas gays como Männerschwarm o exposiciones de arte contemporáneo y clásico en Hamburger Kunsthalle –el Museo de Arte de la ciudad– ubicado a un costado de la gigantesca estación central de trenes.

 

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Clásica y elegante de día, desenfrenada y excesiva de noche. Hamburgo sabe, mejor que nadie, cómo hacer malabares con su propia identidad.

 

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Los muelles flotantes, más conocidos como Landungsbrücken, son el punto de partida para recorrer el río Elba.

 

Más grande

La vocación portuaria de Hamburgo es innegable: casi 10 millones de containers y 139 mil toneladas pasaron por él en 2013; es el segundo más grande de Europa –después de Róterdam– y funciona, sin parar, hace ya ocho siglos. Una excelente manera de recorrerlo es a bordo de una Barkasse, la que se toma en los muelles del puerto por 18 euros y navega por todos los recovecos de la bahía: la impresionante terminal de containers, el icónico puente de Köhlbrand y la Speicherstadt, el distrito de bodegas y depósitos más grande del planeta, hoy declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Ahora bien, el nuevo desafío de Hamburgo tiene nombre y se llama Elbphilharmonie: un superedificio a orillas del Elba que con 110 metros de altura será, al momento de su apertura en 2017, el centro cultural y musical más grande del mundo. Este inédito superlativo hamburgués tuvo un costo inicial de 241 millones de euros, pero este año se disparó a más del triple y se transformó, rotundamente, en el blanco de todas las críticas ante la crisis económica europea.

Toca despedirse y veo a Hamburgo desde las nubes. Recuerdo haber leído en una edición de Lonely Planet que la ciudad tenía más canales que Venecia, más puentes que Ámsterdam y más millonarios que cualquier otra metrópoli alemana. Pego los ojos a la ventana, y aunque vea todo en miniatura, la conclusión es clara: Hamburgo, la ciudad de los primeros lugares, no tiene límites. in

 

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La Elbphilharmonie será un ícono de 110 metros de altura con tres salas para conciertos y un hotel de 250 habitaciones.

 

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