República Dominicana

La oportunidad de Samaná

Ignorar el retrato caribeño de un destino todo incluido, fortificado en hoteles y resorts, parece casi imposible. Y digo casi porque aún quedan (pocos) lugares donde la regla es clara, fácil y sencilla: salir del hotel y olvidarse del tiempo.

texto y fotos: Martín Echenique @martinechenique
       

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No quiero caer en el cliché del tipo que cuenta una historia sobre un destino virgen. Tampoco pretendo ignorar las bondades que entregan las fantásticas pulseras de un todo incluido en playas tan famosas como Punta Cana, Cancún o Varadero. Sin embargo, Samaná, península ubicada en la costa norte de República Dominicana, tiene algo especial: es de esos lugares donde el turismo caribeño más convencional, realmente, no hace justicia. Ni siquiera un poco. Aquí, escapar de la habitación y caminar por la selva entre ríos y cenotes, probar un cacao recién cosechado e ir a comer fruta fresca al mercado del pueblo son, más allá de sus playas de postal, atractivos con los que una coreografía de entretenedores bailando merengue junto a la piscina del hotel, sencillamente, no puede competir. ¿Por qué? Siga leyendo.

Las Terrenas

Las Terrenas

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Travesía natural

En una van todo terreno subimos por los cerros que rodean la bahía mientras Carlos, nuestro guía y “gemelo perdido” de Vin Diesel, canta “Hasta que te conocí” de Juan Gabriel en una dinámica de karaoke improvisado. Así, nos alejamos de las paradisíacas playas y comenzamos a recorrer un paisaje selvático, verde y algo desorientador que hace pegar la nariz y ojos a la ventana en un intento torpe (e inútil) de saber dónde estamos. Tras una hora de camino llegamos, para nuestra sorpresa, a una casa que pasa completamente inadvertida para cualquier turista acostumbrado a una excursión común y corriente. Aquí no hay señaléticas con precios, horarios o reglas. Menos una boletería o un puesto de souvenirs. Primera conclusión: siento alivio. Este lugar parece no comulgar con aquella máxima del turismo masivo que apuesta por conocer todo, pero absolutamente todo-todo, en tiempo récord.

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Samaná es una “república independiente” según sus habitantes:
carteles en inglés, su herencia franco-británica y una mayoría evangélica la diferencian del resto de la isla.

 

Sin ir más allá, estamos donde Basilio y Ramona, matrimonio dominicano que hace 25 años transformó su casa en un parador de ecoturismo; hoy, el más popular de los 13 que hay en toda la península. Con una sonrisa que contagia, Basilio nos da la bienvenida y entramos. Sobre nosotros, hay un techo construido con troncos de palmera y, a pocos metros, un inmenso terreno verde rodeado de plantaciones de cacao, mango y café donde se inicia el sendero que lleva a uno de los lugares más alucinantes de toda Samaná: el Salto del Limón.
Un camino estrecho y pedregoso de casi tres kilómetros y medio nos separan de esta impresionante cascada de 45 metros, que desemboca en una idílica piscina natural; recompensa perfecta luego de haber cabalgado –o, para los valientes, caminado– casi una hora bajo 30 grados Celsius con quién sabe qué porcentaje de humedad. Y digo valientes, porque no es un camino fácil, menos si se hace a pie. Pero cada gota de transpiración vale la pena, créame. Tras cruzar un par de ríos y fotografiar panorámicas selváticas que parecen no acabar, el Salto del Limón es de esos lugares comunes que por mucho que sea una cascada al vacío, sorprende. Conmueve. Detiene el tiempo.

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Salimos del trance y el apetito se abre a medida que nos acercamos de regreso a casa, donde Ramona nos recibe con un delicioso y abundante menú que a lo lejos huele, sencilla y honestamente, como los dioses. (Atención sibaritas: esto puede ser lo mejor de toda la excursión). Llegamos y, bajo los mismos troncos de palmera que hace un par de horas nos dieron la bienvenida, hay una mesa dispuesta con frijoles, arroz, ensaladas, pollo al coco, cervezas, cacao al natural, agua fresca y mamajuana –todopoderoso brebaje de ron, vino, miel y seis plantas medicinales– en un festín al más puro estilo dominicano. Barriga llena, corazón contento, dicen por ahí.

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Samaná es la principal zona productora de cacao en la isla. Aquí, Basilio ralla uno recién cosechado de sus plantaciones.

Samaná es la principal zona productora de cacao en la isla.

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Aquí, Basilio ralla uno recién cosechado de sus plantaciones.

¿Realidad o ficción?

El agua de mar salpica en la cara mientras la lancha navega a toda velocidad sobre la bahía, en lo que parece un viaje completamente normal por Samaná. Pero no. Prepare su cámara, porque en el horizonte se avista un paisaje digno de una película como Avatar o El Señor de los Anillos, en versión caribeña. Sin embargo, y para nuestra suerte, esto no es ficción: infinitos cayos, ríos y montañas que emergen del mar dan la bienvenida al Parque Nacional Los Haitises, uno de los más grandes de toda República Dominicana y, según Carlos, el más increíble.

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A media hora de Santa Bárbara de Samaná, capital de la provincia, este lugar es sin duda de lo más surreal de la zona. Un circuito de senderos y puentes conecta los diferentes manglares y cuevas, las que por dentro son verdaderas galerías de pictogramas taínos que bullían antes de que Colón descubriera América. No se vaya del Parque sin haber visto las cuevas de La Línea, San Gabriel o Reyna, que tienen como telón de fondo a un centenar de cerros que brotan desde el mar Caribe como una especie de icebergs tropicales. Uno de ellos es el enigmático Cayo de los Pájaros: aquí, un sinfín de pelícanos y tijeretas descansan y revolotean sobre él en un espectáculo que amerita disparar fotos como si el mundo se fuera a acabar. ¿La razón de su popularidad plumífera? No se sabe, aún es un misterio.

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Playa Bonita

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Punta Popy

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Y claro, cómo no mencionarlas. Venir al Caribe y no hablar de arena blanca o aguas perfectas es casi un pecado capital. Pero las de Samaná son distintas. Alejadas y a veces escondidas de grandes hoteles o centros turísticos, estas playas cautivan, porque aún conservan ese qué-sé-yo, una especie de virginidad playera que cautiva por sí misma: poca gente, chiringuitos acogedores, arena que no parece retocada con Photoshop y, sobre todo, una atmósfera rústica que no me hace sentir tan turista.
Entre todas las playas que hay para elegir, le pregunto a cada samanense que conozco cuál es su favorita y parece ser la interrogante más difícil del mundo. Casi todos tardan en contestar, pero los nombres se repiten: Cosón, Punta Popy, Bonita o Rincón son las que indiscutidamente lideran el ranking. Este circuito de playas está en la orilla norte de la península, algunas de ellas a 40 minutos en auto desde Santa Bárbara en ruta hacia Las Terrenas; mientras que otras, como Rincón, ubicada en la zona de Las Galeras, a solo media hora.
Pero si continuamos con los superlativos, Bonita es por lejos la que más encanta. Más allá de hacerle honor a su nombre, esta herradura de finísima arena y palmeras promete una puesta de sol inigualable, mientras uno flota de espaldas en un mar que no conoce de bañistas en masa, tampoco de perturbadoras motos acuáticas cerca de la orilla o de reggaetón como música ambiental. Un Caribe auténtico, ese que cada día está más en peligro de extinción, existe. Y se encuentra en Samaná. in

 

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