Mexcaribe ¡sí señor!

La península de Yucatán es más que una enorme zona hotelera donde las margaritas se toman en yardas desechables. Muy cerquita de Cancún, un par de pueblos nos invitan a descubrir una Riviera Maya más auténtica y relajada.

TEXTO y fotos: Marck Gutt @gbmarck
       

RivieraHR-4   Hay dos caribes mexicanos: uno de pueblitos donde la gente anda descalza y los viajeros extranjeros se esfuerzan por hablar español, y otro donde todo se cobra en dólares y las motos de agua son el ejemplar más representativo de la fauna marina endémica. Este artículo se trata del primero. La isla de Holbox y Playa del Carmen son los hijos alivianados de la Riviera Maya, esos donde el mar y la arena se entienden con el arte callejero, las calles peatonales y la idea de que las playas son de todos.

Playa, la cosmopolita

Aunque oficialmente se llama Playa del Carmen, nadie nunca dice el apellido. Eso es de foráneos. Para los mexicanos y residentes es Playa, a secas, con P mayúscula y sin articular. Hasta hace unos años era la némesis de Cancún: el lugar de las rastas y los no corporativos, algo así como la versión mexicana de La playa, película donde DiCaprio encuentra una comunidad de extranjeros bohemios refugiados en una paradisíaca isla tailandesa, solo que con chilaquiles en lugar de pad thai. ¡Ya no! No es más un secreto. Regreso a Playa luego de una ausencia prolongada y encuentro un pueblo crecidito, una pequeña gran ciudad cosmopolita y con medio millón de fotos en Instagram etiquetadas con el hashtag #PlayaDelCarmen. A los primeros bohemios que llegaron hace más de veinte años y nunca se fueron les han seguido los pasos muchos más: personas de cientos de nacionalidades han sucumbido ante los encantos de esta playa de arena blanca y mar turquesa a la que ahora llaman casa. Y es fácil entender por qué.  

Mar turquesa y arena blanca frente a la plaza central de Playa.Derecha: diseños textiles exclusivos y artesanales en La Troupe.

Mar turquesa y arena blanca frente a la plaza central de Playa.

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Diseños textiles exclusivos y artesanales en La Troupe.

  Sobre el litoral no diré mucho, las palabras no le hacen justicia al cliché caribeño. En resumidas cuentas: mares cristalinos con colores de piedras preciosas, arena blanca y tersa por kilómetros y muchos cocos. ¡Sobre todo cocos! Mucho antes de que el agua de esta fruta se pusiera de moda y se vendiera en tetrapack en ciudades donde el invierno congela, en Playa los vendían ya, recién cortados, para tomarse el agua y después comerse el fruto con un poco de chile en polvo y limón. Con uno de esos en mano salgo a caminar por la Quinta Avenida. Esta peatonal, a tres cuadras del mar, es donde se concentra la vida en Playa. En ella conviven bares para todas las tribus, conversaciones con varios idiomas de fondo, la oferta del que promete ser el mejor masaje del mundo y restaurantes de celebrity chefs (como Maíz de Mar de Enrique Olvera y La Fishería de Aquiles Chávez). El camino está lleno de indulgencias. Lo siento, dieta, tendremos que enemistarnos hasta nuevo aviso. Primero sucumbo ante los chocolates de El Gallinero, en la Quinta y la Calle 38. Es una esquina rosada y afrancesada donde Didier Maillard pone en práctica la chocolatería de su natal Francia. No importan los 30˚C de afuera, con el olor resulta imposible resistirse a una trufa de naranja o un chocolate relleno de caramelo salado. En la misma 38, una cuadra más cerca del mar, se encuentra un clásico playense La Cueva del Chango: un local rústico de mesas al aire libre, forrado por el follaje de la jungla, famoso por su cocina típica mexicana y en menor medida, por los tucanes silvestres que en ocasiones se pueden ver en las copas de los árboles. Sus chilaquiles, sin exagerar, ponen el nombre de los desayunos tradicionales mexicanos muy en alto.  

Terraza de Cacao, en Playa del Carmen, famoso bar por sus imperdibles atardeceres frente al mar. Abajo: en Holbox, la bici es un transporte común.

Terraza de Cacao, en Playa del Carmen, famoso bar por sus imperdibles atardeceres frente al mar.

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En Holbox, la bici es un transporte común.

  Entre tiendas de souvenirs que inspiran poca confianza, encuentro joyas como La Troupe que se especializa en productos textiles artesanales hechos ciento por ciento a mano, con motivos mexicanos y diseños únicos. A pocas cuadras se ubican Chez Céline, una boulangerie francesa, y La Bikinería, que vende colecciones de trajes de baño de diseñadores brasileños, colombianos y mexicanos que no se encuentran en todos lados. También sobre la Quinta está el hotel donde me quedo, el recién inaugurado Cacao. Como la mayoría de los hoteles en Playa, este es de los llamados boutique: no por presumir un título pretencioso, sino por la lógica del destino mismo. Cualquiera es bienvenido al rooftop bar del Cacao: una terraza en un cuarto piso con sillas colgantes, una alberca divina y un lugar en primera fila para ver los colores del atardecer. Para cenar, sigo la recomendación de una amiga local que sin pensarlo me manda a Imprevist, un local chiquitito al mando de una pareja y un chef originarios de Guatemala. ¿La cocina? Fusión asiática con muchas opciones vegetarianas y de mariscos. Una gran opción para variarle a los antojitos mexicanos y las pizzerías, los que se dan en Playa casi con la misma facilidad que los cocoteros. Para quienes solo quieren descansar y olvidarse de todo, una alternativa es la playa Xcalacoco, a las afueras de Playa del Carmen. Ahí se encuentran algunos de los hoteles más exclusivos y escondidos de la región. La playa no está plagada de lanchas y todavía se pueden escuchar los graznidos de los pájaros tropicales y ver monos silvestres balanceándose en los árboles.   IMG_5679

Holbox, la hippie

Holbox es otra historia. Una que, afortunadamente, es poco conocida. Esta no es una isla cualquiera. Existe gracias a los manglares que crecen en la zona y que mantienen la arena junta. Este pedacito de tierra, técnicamente, ni siquiera es tierra. Es un banco de arena donde lo único que crecen son cocos y personas felices. Suena algo utópico y empalagoso, lo sé, pero tiene mucho de eso. Los hoteles ni siquiera tienen puertas, la gente anda descalza, la principal actividad sigue siendo la pesca y aún es posible ver fauna local sin tener que ir a buscarla a su escondite. Llegar a Holbox tiene sus trabas. Primero hay que tomar un transfer o un taxi al puerto de Chiquilá, ubicado a poco más de 140 kilómetros del aeropuerto de Cancún. También se puede ir en bus, pero en lugar de dos horas toma poco más de tres. Después hay que tomar un ferry que tarda media hora más. Para visitar Holbox se tiene que estar dispuesto a viajar entre tres y cuatro horas. ¿Que si lo vale? No hay que pensarlo dos veces.  

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Las tranquilas playas de Holbox se extienden por casi 40 kilómetros a lo largo de toda la isla.

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  Aquí no hay calles pavimentadas. La gente anda en bici o camina por las “calles” de arena blanca, y cuando lleva prisa o encargos toma un taxi, como le dicen aquí a los carritos de golf. La costa se extiende 40 kilómetros, pero la mayoría de los habitantes vive en las cuadras cercanas al centro, donde hay un par de restaurantes, cafés y tienditas sin marca en donde se vende lo básico. Acá prevalece la lógica de la economía comunitaria, la gente se conoce por nombre y todos andan con sonrisas y tranquilidad. De día, se puede caminar de un extremo a otro de la isla. Vale la pena porque las puntas tienen las playas más bonitas y en el camino se pueden ver garzas, mapaches, cormoranes, pelícanos y cada tanto cocodrilos. De acuerdo con la temporada, en Holbox se toman tours para ver tiburones ballena, navegar por las islas y andar en kayak por los manglares. Yo me quedo en un hotel hermoso llamado Casa Las Tortugas. Tiene apenas 20 habitaciones y un estilo rústico mexicano, con aires ‘fridakahlescos’ que lo hacen muy hogareño. Su historia es, en gran medida, la de Holbox. Como la mayoría de los hoteles, este fue construido como una casa hace más o menos veinte años. Una pareja de italianos había escuchado, de un amigo que se había adelantado, de la maravillosa isla mexicana que nadie conocía. Llegaron en velero, entonces no había ferry ni nada parecido. Luego construyeron una segunda habitación para las visitas y, con el tiempo, otras para los contados viajeros que llegaban, exclusivamente en diciembre y Semana Santa, a pedir posada. Así se convirtió en el hotelito familiar que es hoy: donde trabaja gente de varias nacionalidades, donde los jugos frescos se preparan al momento y los panes y pastas son caseros.  

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No es raro ver entre el follaje del Viceroy Riviera Maya changos silvestres.

  Yo paso los días caminando por la playa, chapoteando en la piscina y con la promesa de levantarme temprano para una clase de yoga a la que no llego nunca. No necesito más. Me echo en las camas colgantes de la playa, camino en el mar que suele mantenerse quieto como laguna, disfruto de las puestas de sol y, cuando llega el momento de despedirme de Holbox, me prometo regresar pronto. No solo anhelo su geografía, también su gente. in

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