Milano Italianissimo

Provinciana y capital, Milán es espresso, Campari y Aperol. También es Armani y Versace. Pero la dama del norte, además de sofisticada y cosmopolita, es también tan sencilla como la pasta de la mamma.

Texto: mariano tacchi @playeroycasual    fotos: rodrigo díaz wichmann
       

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Milán por la mañana, la hora en que se pide el espresso y se discute en torno al potente aroma del café. Se toma de pie, ojalá en la barra y solo con decirle al garzón un caffe”, bastará. Caminando por Via Dante, en el Caffe Milano suena una clásica canción italiana de los 60, “L’uomo che non sapeva amare” (El hombre que no sabía amar). Desde la barra, dos tipos canosos beben a sorbos su caffe, mientras uno de ellos, algo alejado de la trama de la conversación, se ha dejado llevar por el contagioso ritmo de esta declaración de amor y perdón, obra de Nico Fidenco. La entona con entusiasmo.

Mucho se dice de Milán. O tal vez muy poco. Polo económico y empresarial del país –sede de la Bolsa de Italia–, su belleza como ciudad es indiscutida, con millones de personas que la visitan al año para ver baluartes como La Última Cena, la obra del siglo XV creada por Leonardo da Vinci en el convento de Santa Maria delle Grazie; o admirar hitos arquitectónicos de la talla del Duomo. Otros llegan contemplativos, simplemente a apreciar el arbitraje de una ciudad cuando se trata de moda y estilo: lo que sale de las calles que componen el famoso Cuadrilátero de la Moda, puede ser ley. Pero más allá de lo cosmopolita que le agrega estar al norte de Italia, muy bien conectada con el resto de Europa, la ciudad es tan italiana como una del interior, y escenas entrañables como la del Caffe Milano son un clásico.

 

Mitad pueblo, mitad ciudad

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Todo comienza en el Centro Storico. En menos de una hora verá gran parte de lo que le han contado de Italia: desde restaurantes con pasta fresca en sus vitrinas, galerías de arte contemporáneo, Vespas circulando rápido y hombres discutiendo apasionadamente sobre las tácticas futbolísticas de su amado club, el Milan. El Duomo, corazón del Centro Storico, deja fotografiar cada detalle de su fachada gótica.

Pero la idea también es perderse un poco más allá del barullo turístico. A un par de calles, en la entrada de un pequeño local de comida, sin mesas ni sillas, una fila de personas sobrepasa el umbral, todas a la espera de que se materialice el aroma de los panzerotti: masas rellenas de queso y tomate. Llevarse uno solo siempre es poco; pida dos, guarde uno y devore el primero sobre la marcha. Esta escena que se repite a diario en este restaurante; partió como una panadería tras la Segunda Guerra Mundial, se llama Luini y, aunque su especialidad es la comida de otra región –Puglia–, es uno de esos sitios que mantienen su prestigio intacto.

A cada paso van apareciendo detalles que revelan ese medio camino entre una metrópolis mundial y un pueblo perdido en el tiempo: en sus calles pequeñas, de edificios de pocos pisos y siempre habitados; en las tienditas de muebles de principios de siglo, tapicerías, mercados, panaderías y heladerías. También en sus restaurantes.

 

  • Como buena capital de la moda, las vitrinas en Milán son tan importantes como el producto que muestran. / As expected of a fashion capital, Milan’s window displays are as important as the products they showcase.

Las vitrinas milanesas, sea de un local de pastas o de una zapatería, son parte de los incitantes estímulos al paso. Ayuda lo que sucede cerca del mediodía, cuando el aroma que viaja desde los restaurantes inunda las calles. Ahí nace la disyuntiva insoslayable: la pasta con ragú de osobuco o el risotto de azafrán, dos platos típicos de la zona. El risotto siempre ha tenido una competencia desigual con la pasta, pero en Milán es el fuerte: cremoso, suave, con la cantidad justa de caldo y… azafrán. Una seda que se desliza por el paladar. Sea lo que sea que pida, el vino que lo acompañe nunca debe dejarse al descuido.

 

Estilo antes que nada

Al norte del Duomo está el Cuadrilátero de la Moda. Acá es donde se aprecia el epítome que describe a la ciudad como capital mundial de la moda. Puede que en Nueva York deambule la gente más estilosa, y en París lo más innovador, pero Milán tiene todo eso encerrado entre las calles Via Montenapoleone, Via Manzoni, Via Della Spiga y Corso Venezia. Acá es donde el patrón se convierte en máxima: la gente mejor vestida del mundo circula en estas calles, avanzando con la gracia de un cisne y el ímpetu de un tigre. No es para menos, esta ciudad vio cómo la moda se convirtió en un imperio económico, albergando marcas como Dolce & Gabbana, Prada, Armani y Versace, entre otras. Y, claro, entre estas calles están todas esas tiendas, listas para deslumbrar.

 

El estilo de Milán no solo está en lo que viste su gente, también en las calles, su arquitectura y comida.

 

Algo más alejado del Centro Storico, Corso Buenos Aires amplía la oferta en tiendas de ropa, accesorios y talabarterías. Una avenida de más de un kilómetro con precios algo más amables en comparación al Cuadrilátero de la Moda.

Lejos de los turistas, las cámaras y las tiendas de recuerdos está el Distrito Navigli, un secreto muy bien guardado. Cerca del metro Porta Génova está esta zona en la que brilla el Naviglio Grande, uno de los canales principales de Milán. El sistema de canales de Milán, injustamente pasado por alto, fue creado por el mismísimo Leonardo da Vinci y los canales son así un epicentro de la vida nocturna. De día, los mercados que se ubican en las calles aledañas dan esa visión de Italia entrañable y provinciana. De noche, sus restaurantes y bares, conectados con el aire bohemio de los canales, entregan la postal nocturna perfecta desde las terrazas, donde un Aperol Spritz o un Negroni completan la escena, la de un Milán que tras la fachada de puro estilo, guarda algunos detalles de la provincia, los mismos que la hacen italianísima. in

 

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