Nápoles

Placeres Mundanos

Una ciudad en la que el mundo moderno se mezcla con la vida de barrio del siglo pasado donde, entre callejuelas y caminos de piedra, se puede comer la mejor pizza y saborear un inolvidable Aperol Spritz. Pero sus maravillas no se quedan en tierra firme. Sus islas son igual de cautivantes.

Texto: Mariano Tacchi @playeroycasual   fotos: Lorenzo Moscia
       

 

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Sabemos algunas cosas antes de llegar: que es una ciudad originalmente fundada por los griegos, que descansa a los pies del Vesubio (el volcán que “borró” a Pompeya del mapa), que es uno de los puertos más conocidos de Italia, y un variado etcétera. Sin embargo, de Nápoles se puede afirmar una sola cosa: es como el canto de una sirena y, una vez que te atrapa, no te deja ir. Este planteamiento no es casual: es la consecuencia de años de historia. La razón principal por la cual esta ciudad tiende a cautivar tan rápido a sus visitantes va ligada a los placeres más mundanos. Vedi Napoli e Poi Muori (“Ve Nápoles y después muere”), dice el presagio.

 

Hermoso caos

El dicho “no hay que comprenderla, hay que quererla” es la mejor forma de abordar a Nápoles. Porque el cliché de que el tránsito es anárquico es totalmente real. Parte del encanto está en eso, en que la ciudad tiene su propio sistema de entendimiento que va desde la forma de conducir hasta la manera de caminar. Todos los hombres y mujeres de la ciudad, sin importar su contextura física, caminan erguidos, con los hombros hacia atrás, gesticulando cada una de sus oraciones como si fuese la más importante que jamás han pronunciado. No se complican por las estrechas calles en las cuales las Vespas transitan sin miedos. Por lo mismo, si tiene algún tema relacionado con el orden y el respeto a las leyes viales, puede que éste no sea su lugar.

 

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Motocicletas y peatones conviven por las mismas calles, pasando a centímetros los unos de los otros.

 

La distribución de Nápoles responde a la forma en que su historia la ha moldeado. Sobre cada cosa hay algo importante. Todo pertenece a otra era. Lo griego se mezcla con lo romano, lo romano con lo moderno y lo moderno con lo contemporáneo. La mejor forma de entenderlo es recorriendo sus entrañas. En medio del centro histórico, en la Piazza San Gaetano, el tour “Nápoles Subterráneo” contempla un paseo por los diferentes túneles que los helénicos construyeron como acueducto, luego utilizados por los romanos para unir sus ciudades y, posteriormente, aprovechados como refugios de los bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial.

En este mismo sector la arteria principal es la Via dei Tribunali, un escenario imperdible. Es el Nápoles verdadero, ese que no se despegó de los tiempos previos a la guerra: calles de piedra atestadas de gente donde los locales se extienden fuera de sus espacios, donde las pastelerías y pizzerías se llenan mientras que desde los cafés el aroma del espresso cierra la escena. No mirar hacia arriba es pecado. Los balcones se pronuncian con maceteros improvisados de los que cuelgan helechos, ropa o banderas italianas, mientras las tiendas de los costados ofrecen todo tipo de figuras religiosas.

 

 

Comed y bebed

Hacia el final de Via dei Tribunali, en dirección al norte, se encuentra Piazza Bellini, donde los pequeños bares se apoderan de las calles con vista a ruinas griegas de fondo. Es el lugar indicado para probar el trago insigne de la ciudad, el Aperol Spritz. El precio nunca sobrepasa 1.5 euro y viene en vaso plástico para llevar mientras se pasea. Muy helado, con un ligero sabor a naranja, mezclando el dulzor con un toque amargo. Tan refrescante como adictivo.

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En la ciudad abundan pizzerías y pastelerías. De cinco lugares diferentes, en todos escuché la frase “esta es la mejor pizza que he comido en mi vida”. No se podría esperar menos del lugar donde se inventó esta maravilla que terminó por conquistar el mundo. Y no solo se trata de la generosa, suave y tibia salsa de tomate. O el aromático y elástico queso. O la robusta esencia de la albahaca que termina de cerrar el conjunto. Es la masa. ¡Mamma mía, esa masa!

Acá no existe tal cosa de dejar los bordes, pues se convierte en la parte más original. La preparación de esta es la marca de nacimiento de cada local. Tostada y ligeramente crujiente, pero nunca dura, siempre lista para acomodarse al paladar como un pan ligero recién salido del horno. Casi a la altura de esta devoción, no comer una sfogliatella (pastel de hojaldre relleno de crema) es no haber masticado la ciudad. Su crocante exterior no hace más que resaltar su dulce y cremoso interior, que se deshace al tocar la lengua.

Con estas maravillas culinarias es difícil creer que existen napolitanos delgados.

Luces sobre el mar

El Barrio Vomero poco tiene en común con el centro histórico. Lo clásico ha dado paso a la vanguardia, pero algo no cambia: el Castillo de San Elmo (Castel Sant’Elmo), al cual se puede llegar a través de la estación Morghen del funicular. La primera impresión, ineludible en todo caso, es la vista. La ciudad en su esplendor, con sus luces encendiendo al Mediterráneo, un compañero pacífico que alberga en su enorme puerto más yates de los que la vista puede contar. Por cierto, no son cualquier tipo de yates, son demostraciones de lujo. Algunos inmensos; otros compactos. Pero todos presuntuosos.

Desaprovechar las aguas del Mediterráneo es pecado. Sobre todo si se tiene tantas islas a menos de una hora de distancia. Entre ellas, Capri e Ischia, esta última un secreto que solo lugareños comparten: un gigantesco spa de aguas termales. Su temperatura se fija, en el mínimo, en los 23 grados todo el año y su gente, que sonríe como acto reflejo, tiene un color tostado natural envidiable.

 

  • Las vistas desde la altura de Nápoles son una de las atracciones de la ciudad. Cada mirador tiene la suya, pero todas son increíbles.

 

Sus playas, aunque pequeñas, son un sueño: arena delgada que se funde con los pies, aguas tibias y una ausencia de oleaje que la asemeja más a un lago que al océano. Lo mejor es ir por una noche, directo al sector hotelero de Casamicciola, desde donde se ven las luces de la ciudad, pero desde el otro lado.

A lo lejos, un resplandor guía la mirada: Nápoles se enciende. Un espectáculo que es mejor ver sentado en la arena con una cerveza o Spritz en mano, y dejar que el Mediterráneo toque su música silenciosa, tal y como muchos lo han contemplado desde hace años. in

 

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