Pipa

Magnética

Fue su culpa. Tuvimos que cambiar los planes, aplazar el regreso, quedarnos más tiempo. Nadie quería dejar estas playas del noreste brasileño y despedirse de sus días calmos y sus divertidas noches. Así muchos se han quedado. Para siempre.

Texto: Elena Almada J. |  fotos: Andréa D’Amato
       

036_Praia do Madeiro

 

El plan original era dedicar dos semanas a las playas del nordeste de Brasil: Natal, Pipa, la isla de Fernando de Noronha, Porto de Galinhas y Maceió. Pero menos de dos días en Natal bastaron para adelantar la salida al siguiente destino. “El verdadero disfrute está en Pipa”, insistían turistas y locales. Y efectivamente, aunque un alma aventurera se avergüence de admitirlo, Pipa nos capturó como una flor carnívora. Y nos devolvió al mundo solo once días después, con la piel morena, el pelo desteñido y los pies adoloridos tras los días de aventura.

Tomamos el bus con dirección al sur, rumbo a esta antigua aldea de pescadores con diez kilómetros de playas, que fue descubierta por surfistas y mochileros en los 80 y hasta donde la energía eléctrica llegó recién en 1984. Un verdadero paraíso de esencia hippie y gente que no sabe de preocupaciones localizado en el mayor santuario ecológico del estado de Rio Grande do Norte.

 

Entre piedras, mareas y arena

Tras una hora de viaje desde Natal, el camino se transformó en un mirador natural, cercado por imponentes acantilados cubiertos de selva tropical, desde donde se podían ver playas blancas de aguas tibias: Praia do Madeiro, Bahía dos Golphinos, Praia do Centro y Praia do Amor, indicaban los carteles de madera que se alcanzaban a leer desde el bus. Pero fue la estrecha calle de adoquines repleta de restaurantes, tiendas, artesanos y turistas deambulando la que por fin dio la ansiada bienvenida a Pipa.

 

NATAL-BUGGY

NATAL

Situada a 90 kilómetros de Pipa, Natal es una de las principales urbes del noreste brasileño y fue una de las sedes del Mundial de Fútbol del año pasado. Es aquí donde arriban los vuelos LATAM y su oferta invita para quedarse al menos una noche. Imperdibles son la playa de Ponta Negra y el clásico tour en buggy por el litoral norte y las dunas próximas a la ciudad.

 

Gracias a las indicaciones de un lugareño, con su tabla de surf al hombro, llegamos al mejor lugar para instalarnos al estilo de esta localidad: la Pousada Paraíso das Tartarugas. Se trata de seis cabañas rústicas de madera y paja que –a diferencia de la mayoría de los hoteles de Pipa que se ubican en el pueblo– están enclavadas entre las piedras y arena del trayecto que une las dos playas más características de Pipa: Bahia dos Golfinhos (donde se nada entre delfines) y Praia do Amor (adorada por los surfers).

A esta posada, construida por un pescador nativo hace poco más de once años, solo se puede acceder por la ribera y cuando la marea está baja. Sus actuales dueños, los argentinos Juan Zarauza y Daniel Segura, junto a “Chiqui” –el chef uruguayo del lugar que cocina como los dioses– hacen sentir como en casa. Eso, además de ser dueños de algunos de los mejores datos para recorrer Pipa sin perderse de nada.

La tabla de mareas de Pipa está en todas partes y es la clave para saber entre qué horas es posible cruzar de una playa a otra caminando por la orilla. De lo contrario la marea alta obliga a subir hasta 200 escalones para cruzar por sobre el acantilado. Praia do Centro es la más popular, su acceso es por el centro de Pipa y en ella se puede disfrutar de exquisitos restaurantes que ofrecen gran variedad de cocina local. Siguiendo a la derecha, se llega hasta Praia do Amor, donde la experiencia playera se ameniza con una biblioteca de madera al aire libre, con libros disponibles en varios idiomas.

 

 

Muy cerca está la escuela de surf de Berón, un nativo que vive en la pared selvática de esta playa, donde cuelga su hamaca para dormir y funciona la cocina de su barraca –o bar playero– que durante el día ofrece desde agua de coco y cócteles hasta exquisitos platos para disfrutarlos en la orilla. Hacia el otro lado de Praia do Centro está la Bahía dos Golfinhos, donde el panorama ideal es arrendar una tabla de stand up paddle y avanzar mar adentro para ver los delfines aún más de cerca.

A Praia do Madeiro hay que tomar el bus en la carretera que lleva a Tibau do Sul, luego bajar una larga escalinata entre árboles de los que cuelgan los simpáticos monos sagui y, una vez ahí, aprovechar la gran oferta de buenos bares y restaurantes, además de variadas actividades acuáticas.

 

Al ritmo del forró

Entre los diversos paseos en barco, buggy, kayak y cabalgatas, hay uno que permite experimentar la ansiada sensación de volar: el kitesurf. El lugar se llama Barra do Cunhaú y queda a doce kilómetros de Pipa. Dicen que acá el viento y las olas son perfectos para realizar este deporte, tanto para expertos como novatos. Esto porque, al ser una desembocadura, se forma una laguna ideal para su práctica.

Partimos en buggy, cruzamos en una balsa por doce reales (cuatro dólares) y llegamos a los cinco kilómetros de dunas que tiene el lugar. Aparte de la adrenalina que deja el kitesurf, la sorpresa es descubrir que, además, hay una playa desierta que de un lado tiene mar y del otro un río. Se trata de un espectáculo para relajarse y dejarse llevar por la suave corriente.

 

020_Mirante Sunset

 

Para ver los atardeceres más impactantes de Pipa, solo hay que preguntar por el Mirante Sunset Bar (en la fotografía) –los lugareños lo conocen bien–, seguir las instrucciones y subir hasta encontrarlo. Una vez ahí no queda más que pedir un trago, observar alrededor y hacer salud por estar acá. Es el inicio de la agitada noche pipense al ritmo del forró y que dura hasta el amanecer. A esa hora el mar se vuelve tranquilo y aterciopelado, hipnotizante para los que están de visita, esos mismos que dirán, otra vez, “quedémonos un día más”. in

 

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