Recife

Playa Paraíso

Un sueño veraniego que vive todo el año a lo largo de 187 kilómetros de arenas finas que se funden con aguas tibias y atardeceres dorados.

Texto: CLÁUDIA VASCONCELOS @claudiavasc  |  fotos: RAFAEL MEDEIROS
       

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En Recife hace calor siempre, pero son las personas lo más caluroso que vas a encontrar en la región de Pernambuco. Gente que se enorgullece de sus raíces y hace de todo para que conozcan su cultura. “¿No has escuchado al frevo? ¿Ni al maracatu?”, te preguntarán. “Tienes que comer una tapioca”, sugerirá otro. Los pernambucanos somos así: amamos nuestro hogar y deseamos que los demás lo quieran igual.

Y cómo no. Año tras año, playas como Porto de Galinhas y Carneiros aparecen en las listas de las mejores de Brasil. No es casualidad con esa escenografía de piscinas naturales, arena blanca, aguas tibias y transparentes más el agregado de sabor a frutos frescos del mar que nos terminan de convencer de que la pereza, el relajo y la contemplación no son necesariamente un pecado.

 

Un mar de historia 

Nuestro punto de partida para llegar a cualquiera de las playas de Pernambuco es la capital, Recife, urbe de 1,5 millón de habitantes que debe su nombre e historia al mar. Se originó de un puerto de mercaderes portugueses y fue bautizada a causa de sus barreras naturales de rocas. Los arrecifes propician cierta seguridad a los que se bañan en parte de los siete kilómetros de la playa de Boa Viagem. Muy lejos de la franja de arena, más de 20 naufragios atraen a buceadores de todo el mundo.

 

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En la Praça Rio Branco destaca sobre el piso la obra Rosa Dos Ventos, del artista Cícero Dias.

 

El casco antiguo de Recife está en dos islas entre el Río Capibaribe y el Atlántico. Cruzamos sus puentes y encontramos casas de influencia europea reformadas a inicios del siglo XX. En la Rua do Bom Jesus está la primera sinagoga de las Américas, la Kahal zur Israel, fundada durante la ocupación holandesa en la primera mitad del siglo XVII. A pocos metros, la plaza del Marco Zero es punto de manifestaciones y fiestas. Desde allí se toma una embarcación para el Parque de las Esculturas del ceramista Francisco Brennand. La zona está revitalizada con un malecón lleno de bares y restaurantes, centro de artesanía y el museo Cais do Sertão, una oda a la música y a la vida en provincia, homenaje al cantautor Luiz Gonzaga.

Sin salir del Recife Antiguo, entenderá la pasión del pernambucano por el Carnaval al pisar el museo Paço do Frevo.Un poco más allá está el Mercado de São José, levantado en 1875 con estructura de hierro y en cuyo interior hay desde artesanía hasta pescado fresco. Está al lado de la Basílica da Penha, recién restaurada y única iglesia de Recife en estilo corintio.

 

Recife vista desde los cerros de Olinda.

El Marco Zero es un gran punto de partida para conocer Recife.

 

Para ver todo desde lo alto, lo mejor es subir a los cerros de Olinda. La ciudad hermana de Recife –a siete kilómetros de distancia– nos regala una vista infartante; no por casualidad su zona histórica es Patrimonio de la Humanidad. Entre caminatas recargamos nuestras baterías con tapioca (crepe hecho con harina de yuca, rellena de coco, queso y otros sabores) o un plato de camarones con salsa de mango.

De regreso en Recife es hora de probar platos regionales, como la carne de sol (cortes de res salados, hechos a la parrilla y cubiertos con un tipo de queso blanco llamado coalho).

En la carretera

En la costa de Pernambuco, el termómetro no suele bajar de los 25ºC, el sol brilla imponente de septiembre a abril y el mar muta entre un verde esmeralda y tonos azulados.

Aunque los hoteles ofrecen paseos, arrendar un auto con GPS da libertad para construir un plan propio rumbo a las “piscinas naturales” de Porto de Galinhas, la joya del turismo local. Sus aguas cristalinas permiten ver coloridos cardúmenes de peces entre los corales antes de ponernos el esnórquel.

 

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Al lado de Porto, y a 66 kilómetros de la capital, el mar se agita en la playa de Maracaípe con olas que seducen a los surfistas. La tranquilidad vuelve a reinar en la parte conocida como Pontal, punto de encuentro del río con el mar. Un paseo de jangada (pequeña embarcación plana), no costará más de cinco dólares por persona y facilitará un encuentro con caballitos de mar. Cuando el sol va desapareciendo, es tiempo de contemplar el atardecer detrás de los cocoteros. El espectáculo comienza a partir de las 17 horas, cuando el cielo se reparte en un amplio y mutante abanico de colores dorados.

De vuelta a la carretera, seguimos rumbo al sur para llegar a otra definición de paraíso. La primera visión de Carneiros, a 98 kilómetros de Recife, es una capilla del siglo XVIII frente al mar. La playa asoma como escenario ideal para matrimonios con arrecifes de coral, que durante las mareas bajas se encargan de formar piscinas. Una buena opción es recorrerla en catamarán o simplemente instalarse en alguno de sus bares playeros y pedir una caipiriña de maracuyá.

Ahora, si la idea es evitar lo obvio, el litoral sur esconde una pequeña playa en forma de corazón, en medio de la Mata Atlántica, la selva costera de Brasil. Los barcos de pescadores que colorean el horizonte pueden dar una falsa impresión de tranquilidad, pero Calhetas es dueña de un mar inquieto.

 

Salvaje y tropical

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Menos famosa, la costa norte de Pernambuco encierra secretos salvajes. La vista desde lo alto de la isla de Itamaracá se mantiene casi inalterable a la que tenía cuando este pueblo se instaló en 1526. Simple y hermoso: no hay nada más que selva y mar.

El lugar despertó el interés de los holandeses, que levantaron una fortaleza en 1631. Hoy, el llamado Forte Orange presta también su nombre a la playa más conocida de Itamaracá, punto de partida para un islote tan pequeño como impresionante: Coroa do Avião.

Nadie vive en este pedazo del paraíso con 560 metros de extensión por 80 de ancho. Reposando en la desembocadura del río Timbó, Coroa do Avião se conecta al continente a través de jangadas.

Kayaks y motos acuáticas avisan que este es un mar calmo, perfecto para deportes náuticos. En tierra, verá arena blanca, bares playeros y cocoteros. En el aire, aves migratorias que hacen de este banco de arena su santuario particular.

Entonces, al final de este periplo, se entiende que el delirio de grandeza que suele caracterizar a los pernambucanos tal vez tenga algo que ver con el sol, la temperatura del agua y el atardecer. in

 

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