Quito postmoderna

Arriba en los Andes, la capital ecuatoriana respira contemporánea y hasta hedonista: una versión perfecta para quienes buscan lo moderno antes que sus atractivos históricos.

texto: Marcela Ribadeneira | FOTOS: David garcía hernández
       
CA2_1108-b

El CAC abre de martes a domingo de 9:30 a 17:00 horas. ¿La entrada? Completamente gratuita.

 

A Quito le ha tomado casi dos siglos, desde que dejó de ser colonia española, forjarse una reputación que, además de su iconografía incaica y preincaica y de su magnífico centro histórico, pusiera en la mira del extranjero algún sitio de interés fuera del casco colonial. No existía en el imaginario colectivo turístico un Quito contemporáneo. Un Quito lúdico. Pero una vez que rompe el cascarón colonial y sigue a la fauna de urbe moderna, sus puertas se abren.

Los quiteños dicen que su ciudad –imposiblemente ubicada en una estría de los Andes a 2.850 msnm., sobre una superficie más elevada que la cumbre del Vesubio– es bipolar. No hay estaciones cuando se vive sobre el equinoccio. Solo sol y lluvia, calor y frío. Y esos estados pueden alternarse durante el mismo día.

Con esta tendencia quiteña a la paradoja, no es extraño que el centro más grande de arte contemporáneo, el CAC, esté en la edificación centenaria donde funcionó en 1900 el Sanatorio Vicente Rocafuerte. Cuando llegas al centro y subes una pendiente, ves un mastodonte neoclásico que extiende una lengua escalonada. Adentro, diez pabellones se desprenden, en abanico y simétricamente, de la sala principal. Podría estar en un cuadro de Escher. Claro, si por las obras del holandés se pasearan siluetas asombradas, con audífonos gigantes. Exposiciones como (Ya no) es mágico el mundo –compuesta por instalaciones, pinturas, performances y videos de diez artistas ecuatorianos–, dan pruebas de que en Quito el arte contemporáneo prolifera.

 

CA2_1146

 

A La Floresta en bici

Desde las cercanías del CAC puede internarse en el centro histórico para apreciar el sutilmente gótico Teatro Bolívar y el Teatro Sucre, que en realidad es una sala de ópera a la italiana. Allí han actuado John Zorn y Mike Patton, y anualmente se realiza el Festival Internacional Ecuador Jazz.

Escalando las laderas que contienen el complejo colonial está el Museo del Agua YAKU, donde se exhiben los tanques de tratamiento de agua que abastecieron alguna vez la ciudad. Suena a visita escolar para nerds, pero es una experiencia divertidísima para adultos y niños. Lo más probable es que salga empapado, luego de haber hecho burbujas del tamaño de un auto, entre otras actividades.

Desde el CAC también puede ir a La Floresta, el barrio bohemio, hogar de cineastas, fotógrafos, pintores, músicos. Y puede hacerlo en una de las bicicletas públicas y gratuitas del programa BiciQ, cuya estación está frente al edificio del Banco Central. Ya en dos ruedas, siga el trayecto hasta el punto de recepción de la Av. 12 de Octubre y Veintimilla. A pocas cuadras está el mítico barrio, con sus casas antiguas, jardines, muros tapizados de enredaderas y personas paseando perritos. También está La Cleta, un local donde las sillas están hechas con aros y de las paredes cuelgan bicicletas. En el menú hay pizzas, pastas, cervezas y café. “Como dato, si vas en bici, tienes un descuento”, dice Belén, una joven cliente.

 

CA2_1277 CA2_1292

 

Tardes de cine

Un hito del barrio, el cine independiente Ochoymedio se encuentra diagonal a una casa en ruinas cuyo encanto y abandono le han valido cameos en algunos libros de autores quiteños. Lucas Taillefer es su programador. “Quito es una ciudad en la cual, durante mucho tiempo, lo lúdico era monopolio, por un lado, de empresas privadas que traían entertainment a lo gringo y, por el otro, de lugares públicos que intentaban tener programación diferente (sobre todo, de cine)”. Actualmente, además de su programación diaria, Ochoymedio tiene festivales icónicos como Ecuador Bajo Tierra (producciones amateurs de bajo presupuesto) y El lugar sin límites (de cortos y largos).

 

CA1_0252CA2_0388 CA2_0380

 

Una vez que Quito rompe el cascarón colonial y
sigue a la fauna de urbe moderna, sus puertas se abren.

 

Es imperdible aterrizar en la barra de otro hito de La Floresta, El Pobre Diablo, para disfrutar con sus shows en vivo de artistas nacionales y extranjeros. El café-bar tiene además un pequeño espacio para muestras artísticas. En las afueras del barrio, en la arteria que irriga a una de las zonas más exclusivas está el restaurante y cafetería La Liebre. Cuando entra en él siente que una gigante máquina trituradora de papel ha convertido en tiras las enormes lonas que alguna vez fueron afiches de películas de culto, y que alguien las ha usado para tejer lámparas y sillas. Luego el cinéfilo que está sentado en la mesa del fondo dice, sin dejar de teclear sobre su MacBook Pro, que es una práctica de reciclaje habitual del local.

 

CA1_0252-b
 

 

 

 

 

No hay estaciones cuando se vive sobre el equinoccio. Solo sol y lluvia, calor y frío. Y esos estados pueden alternarse durante el mismo día.

 

Música maestro

Hacia el oeste hay dos polos citadinos que vale la pena degustar. En los alrededores de lo que alguna vez fue el epicentro de la vida nocturna, la Plaza del Quinde, está el Mercado Artesanal de La Mariscal. En este laberinto deliciosamente caótico existe solo una regla: todo se puede regatear. Adyacente a esta zona está la galería Arte Actual, un espacio minimalista que también exhibe la producción artística contemporánea y ofrece charlas y talleres.

El otro polo gira en torno a la República de El Salvador, avenida céntrica donde cada día un nuevo edificio germina. En una de sus transversales está Cyril, una joyería que no trabaja oro sino chocolate y que combina a la perfección con una caminata por el Jardín Botánico de Quito, ubicado en el parque La Carolina, a pocas cuadras de la chocolatería. Allí, un oasis de orquídeas, estanques, colibríes, cactus, plantas carnívoras y páramos silencian a la ciudad.

 

CA2_0666

 

Pero si prefiere una catarsis musical, debe ir hasta una de las laderas del Pichincha (a no preocuparse que la ciudad trepa sobre ella). Escondida entre la vegetación está La Casa de la Música, una de las mejores salas de concierto del continente. Entre líneas curvas y juegos geométricos, su fachada pétrea da paso a un interior cálido, perfectamente simétrico. En sus escenarios, la Orquesta Sinfónica Nacional, la Kremerata Baltica, Daniel Barenboim y Philip Glass, entre otros, han comprobado lo dicho por el compositor griego Iannis Xenakis: “hacer música o arquitectura es crear, engendrar ambientes que contienen poemas, y envuelven musical o visualmente”. Y en ese envolvimiento, es imposible no perderse. in

 

Artículos destacados

Artículos por país