Río 360°

Había que mirarla más allá del Corcovado, oírla después del Carnaval y tocarla sin necesidad de pisar Ipanema o Copacabana. Así fue descubrir Río de Janeiro en cinco (auténticos) sentidos.

Texto: Martín Echenique @martinechenique | Fotos: Rafael Fabrés
       

 

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Río es una ciudad que juega, llora, ríe y se desafía a sí misma en una roda de samba, en los compases de un chorinho, en los atardeceres detrás de las favelas de Tijuca y en los rostros de sus cariocas. Así fue como olvidamos (por un rato) al Pan de Azúcar y la “Garota de Ipanema” para descubrir a un Río más íntimo.

 

Vista: Parque da Cidade

Me dicen que para ver a Río hay que salir de Río. Que subir al Corcovado después de una fila eterna y tomar una foto donde se ven más selfie sticks que panorámicas, realmente no hace mucha justicia. Pero no me doy por vencido. Luego de buscar por todos lados encontré, finalmente, lo que prometía ser el tesoro de las postales cariocas: el Parque da Cidade, en Niterói, la ciudad favorita de Oscar Niemeyer.

Nos embarcamos en un ferry que tras 20 minutos y 3,50 reales cruza la bahía de Guanabara y nos deja en Araribóia, el centro de Niterói. Desde ahí tomamos un taxi que sube casi 270 metros entre curvas y pendientes hasta llegar a la rampa de Charitas, en la cima del parque y cuya (impresionante) altura es igual a la de un edificio de 82 pisos. Aún quedan diez minutos de sol. Nos sentamos con los pies colgando de la rampa, junto a otras 12 personas, todas en silencio, contemplativas, mirando el sol esconderse detrás de la loquísima geografía de Río de Janeiro. Naranjos, violetas, amarillos y celestes iluminan las playas de Niterói, los cerros dispersos de Río, su Cristo y el Pan de Azúcar en una panorámica extraordinaria, desierta y gratuita. Y sublime, también.

 

 

Gusto: de Lapa a Laranjeiras

En la Avenida Mem de Sá –el epicentro bohemio de Río– nos encontramos con Tom, un sibarita inglés de 38 años que lleva casi dos guiando recorridos gastronómicos a pie por cuatro barrios al norte de Copacabana: Lapa, Glória, Flamengo y Laranjeiras. Comenzamos en Nova Capela, en Lapa, una verdadera institución carioca, tan popular como la caipiriña y que desde 1923 tiene al cabrito asado como su plato insigne. Primera degustación de este restaurante: bolinhos de bacalhau y un energético jugo natural de piña recién exprimida con menta y limón.

Luego, el Mercado Conde de Lages, en el mismo barrio, donde todos los jueves al mediodía bulle con puestos de verduras, frutas frescas –acerola, graviola o cajú– y tapiocas, unas deliciosas tortillas de yuca granulada rellenas con lo que se le antoje. No se vaya sin haber probado un caldo de cana recién hecho –jugo de caña de azúcar, hielo y limón– en Pastel do Mário. Dulce, ácido, helado. Más que perfecto cuando el termómetro llega a los 33 grados a la 1 de la tarde.

Tras probar comida amazónica en Tacacá do Norte, nos dirigimos a Severyna de Laranjeiras, un restaurante nordestino donde probamos pastéis (algo así como la prima hermana de las empanadas); moqueca de camarão (un estofado de camarones con leche de coco), verduras y dendê (aceite de palma); carne seca con puré de calabazas y frijoles; unas caipiriñas de acerola y una heladísima Therezópolis Gold, cerveza fermentada producida en Teresópolis, a una hora al norte de Río.   

 

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Tocar y oler: Tijuca

Decidimos aventurarnos después de una lluvia matutina por uno de los 92 senderos del Parque Nacional de Tijuca para llegar hasta su cascada más famosa: la Cachoeira do Horto. Tras tomar un taxi que nos deja en el #1653 de la calle Estrada da Vista Chinesa, comenzamos a descubrir una escenografía increíble donde trepamos raíces centenarias y caminamos sobre rocas monumentales, mientras un olor frutal y a tierra húmeda se impregna después de la lluvia, literalmente, en todos lados. Poco a poco, el Río urbano queda atrás y el sendero se hace más estrecho, el terreno más virgen y el sonido del agua cada vez más cerca.

Después de veinte minutos entre ascensos y descensos llegamos a una cascada que cae ensordecedora sobre un pozón, rodeado de rocas para dejar los bolsos y darse un merecido chapuzón. Una experiencia los que estamos acá, sumidos en la soledad –e inmensidad– de un Río de Janeiro en su estado más natural.

 

Oír: Semente y su chorinho

El mandolín y la batería resuenan dramáticas mientras el cavaquinho de Zé Paulo Becker –de quien también cuelga un retrato en blanco y negro detrás de nuestra mesa– sube, baja, vibra y se pasea de do a do ante 12 mesas que, atónitas, escuchamos los compases de un virtuoso chorinho: el primer género de música popular brasileña que tuvo sus orígenes en el Río de Janeiro del siglo XIX.

Semente abre todos los días y es donde sagradamente los músicos cariocas más talentosos –como Chico Buarque– vienen a disfrutar de música en vivo y de caipiriñas gigantes por 20 reales. Frente a los Arcos de Lapa, esta casa/bar de 1912 encanta con su decoración íntima, las luces cálidas y un ambiente tenue, casi coqueto, donde se respira (o mejor dicho, se escucha) a un Río que suena en su mejor tono.

Salgo a fumar un cigarrillo y Zé Paulo Becker sigue tocando veloz, con los ojos cerrados, sin parar. Afuera, una pareja baila en la vereda mientras ambos ríen con un mural del artista chileno-brasileño Selarón de fondo. De pronto, se acaba la música y aparecen los aplausos. Pero esos aplausos, en realidad, son para Río. Y para nadie más. in

 

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