Riviera Maya y sus manglares secretos

Cuesta trabajo dejar de mirar la arena blanca y el mar turquesa, pero tierra adentro, la península de Yucatán resguarda sus encantos más empalagosos. O cuando menos, los no tan salados.

Texto y Fotos: MARCK GUTT  @gbmarck
       

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Para la mayoría Cancún es sinónimo de hamacas, full relajo y piñas coladas que aparecen como por generación espontánea. ¡Y no los culpamos! El destino playero más popular de México ha trabajado arduamente para ganarse esa fama de la que, no en vano, presume y exhibe con orgullo.

Para otros, sin embargo, Cancún es solo la puerta de entrada a un mundo que esconde ríos subterráneos, pirámides camufladas en la selva y pueblitos pesqueros que ni siquiera Google Maps conoce. Nos unimos a esa minoría y cambiamos el vaivén de las olas por un par de ríos y manglares menos conocidos, pero igualmente cautivantes. En la reserva de la biósfera de Sian Ka’an y el complejo ecoturístico Mayakoba no se necesita estar en el mar para asegurar que la vida es más sabrosa.

 

El cielo en la jungla

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Sian Ka’an no es el lugar más famoso de la Riviera Maya. De hecho, si al nombre lo acompañara una postal y nada más, fácilmente podría pasar por algún rincón exótico y remoto del Pacífico Sur. Pero no, esta colección de islotes y lagunas cristalinas no está en Tuvalu, Fiji ni en Samoa.

Apenas 150 kilómetros separan al aeropuerto de Cancún de la reserva de la biósfera más oriental del territorio continental mexicano, donde las comunidades locales han formado cooperativas para ofrecer recorridos en lancha, caminatas por la selva y muestras de cultura local. Dos horas de viaje en carretera son todo lo que se necesita para llegar a este lugar donde, como sugiere su nombre maya, comienza el cielo.

No pasan de las nueve de la mañana cuando una camioneta nos espera para dejar la zona hotelera y adentrarse en la jungla. Vamos en dirección hacia el sur, donde las franquicias estadounidenses y los concursos de camisetas mojadas no existen.

La costa central del estado de Quintana Roo, aunque cerca de Cancún, nada tiene que ver con los resorts de lujo y las noches que no duermen. Al pasar Tulum la naturaleza virgen reconquista terrenos y el paisaje sonoro cambia a Beyoncé por el ruido de la jungla. Nos queda claro cuando llegamos a Muyil, un antiguo complejo maya construido hace más de 1.500 años que nos recibe con graznidos y zumbidos. Aquí no hay espectáculos luminosos ni montajes del juego de pelota. Eso sí, a cambio de la austeridad se puede disfrutar de la selva en estado original y de una de las zonas arqueológicas abiertas al público menos exploradas de la región.

“Bienvenidos a la reserva de Sian Ka’an”, dice nuestro guía que se presenta en español y maya antes de ofrecernos un baño de repelente biodegradable. “Lo van a necesitar, porque aquí los bichos son de tanto cuidado como el sol”.

Comenzamos el recorrido con una visita a las ruinas de la antigua ciudad, el paso obligado para llegar a la laguna prometida. El camino, jungla en estado puro, está custodiado por los vestigios del complejo maya, una pirámide conocida como El Castillo y muchas sorpresas. A juzgar por las que se arrastran por el suelo, demasiadas. “¿Eso que acaba de cruzar por el camino y que mide más de un metro y medio qué es?”, pregunto petrificado. “No alcancé a ver”, dice el guía que parece más preocupado por la hora que por el bicho rastrero. “Pero acá es común ver iguanas, garzas, mariposas, monos, ranas y… víboras”.

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Lo que sigue es adentrarse en los senderos de la jungla. En algún lugar no muy lejos una lancha nos espera para navegar la laguna de Muyil y sus canales de agua turquesa. Mientras caminamos hacia allá escuchamos historias de orgullos locales como el árbol del chicle y la abeja melipona, una especie sin aguijón capaz de producir una miel curativa. El guía también nos cuenta su versión para justificar el nombre de la reserva. Entre aullidos, árboles y aire húmedo se esconde una torre de poco más de 15 metros. “Es nuestro mirador, nuestra puerta al cielo”, dice. La estructura, de 17 metros de altura, se ve rudimentaria y de poco fiar, pero no es posible estar tan cerca del cielo y dejar pasar la oportunidad de conocerlo.

De regreso en tierra una lancha nos espera. Zarpamos en busca de un canal que los mayas construyeron hace más de mil años para unir Muyil con la laguna vecina de Chunyaxché. La ruta, que se ingenió con fines de intercambio, hoy sirve como balneario perfecto para nadar. El canal se extiende a lo largo de 11 kilómetros de manglar, donde la temperatura del agua es templada y la corriente ideal para disfrutar del trayecto sin esfuerzo ni preocupaciones.

En el camino se pueden ver  construcciones de piedra que los mayas utilizaban como aduanas. Y si la naturaleza está de buenas, también peces de colores, cangrejos gigantes y uno que otro tucán.

 

El manglar de lujo

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Cuando la excursión en el canal termina vamos a otro manglar. Dada la aventura matutina la idea no es especialmente tentadora, pero aunque suenan parecidas, Sian Ka’an y Mayakoba son muy diferentes. La primera es una reserva de la biósfera en donde reina la naturaleza y la segunda es una reserva ecoturística donde, sin embargo, reina la ostentación y las comodidades. De hecho, tres de los resorts más exclusivos de la Riviera Maya se encuentran en este complejo ubicado entre Cancún y Playa del Carmen.

Nosotros vamos al Fairmont Mayakoba, un hotel que cuenta con su propio huerto, senderos para andar en bicicleta, acceso a la playa, spa con tratamientos a base de cacao y suficientes piscinas para escoger si se prefiere nadar con vista al mar, vista al manglar o fuera de la vista de cualquiera.

La oferta de actividades de este resort incluye clases de cocina, alquiler de kayaks y opciones de sobra para comer que contemplan desde guacamole y sushi hasta langosta y degustación de chapulines. Exótico, sí, pero nada único. Lo que hace verdaderamente especial a Mayakoba, más que sus hoteles, es su ubicación: la posibilidad de estar en la selva, el manglar o el mar caribeño con sus arrecifes de coral en apenas minutos.

Faltan pocos minutos para el atardecer y tenemos que tomar la última lancha del día. Las propiedades que comparten el manglar comparten también un sistema de lanchas colectivas. La idea, no muy común en el mundo hotelero, es que los huéspedes de un resort puedan ir a comer o cenar al restaurante del otro.

Hemos escuchado maravillas del restaurante tailandés del Banyan Tree y la fusión ítalo-mexicana del restaurante del Rosewood, pero nuestro paseo en bote tiene otras intenciones: saludar a los cormoranes, changos y tortugas marinas que serán nuestros vecinos los siguientes días. in

 

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