Una cita con San Francisco

Una aventura de 72 horas por el baluarte liberal de Estados Unidos deja claro que esta ciudad es más que casas victorianas, un puente famoso y calles empinadas. Es, ante todo, una experiencia en sí misma.

Texto: MARTÍN ECHENIQUE @martinechenique  |  Fotos: TOM KUBIK
       

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En tres días tuve la relación amorosa más efímera de mi vida con una ciudad bautizada en homenaje a un santo y de actitud liberal-revolucionaria. Y cómo no, si enclavada entre cerros y a los pies de una bahía se muestra soleada, despojada de la típica y a veces desalentadora neblina bajo la que se esconde (casi) todos los días. Es la escena perfecta que invita a descubrir los porqués de un San Francisco –que con aires de seductor y bastante lejos de ser un santo– coquetea sin pudor con cualquiera que lo visite. Espero, en una especie de reto autoimpuesto, conocerlo en tres días. Llegamos, a desembarcar.

 

Día 1: Mucho gusto

Mi pareja vivió en San Francisco y regresa todos los años para visitar a su familia. Esta vez arribamos juntos, ocasión en la que estoy entregado a perder mi virginidad sanfranciscana después de tanto tiempo queriendo, valga la redundancia, perderla. Comenzamos por Chinatown, barrio que tiene la mayor colonia china fuera de Asia. Hoy las pagodas, que en la práctica son solo de carácter religioso, decoran los techos de la avenida Grant en un desfile de tiendas con cachivaches de segunda mano, hierbas sanadoras y antigüedades orientales que se mezclan con puestos de suvenires con el típico estampado de “I Love SF”.

 

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Sin embargo, la calle Stockton es un Shanghái en miniatura. Aquí somos los únicos occidentales que caminan por las veredas y, para ser honesto, su mercado desafió mi (occidentalizada) concepción de la gastronomía. La calle tiene su día más vivo los sábados al mediodía. Alucinante, por decir lo menos.

Tomamos el bus 30 en dirección al multifacético Mission. ¿La primera parada? Dolores Park. Con seis hectáreas ofrece una de las mejores vistas de la bahía y del skyline citadino. Otro imperdible son los coloridos murales que desde 1994 cubren las paredes del Women’s Building, un centro comunitario para mujeres a solo 500 metros del parque. Perfecto ejemplo del progresismo sanfranciscano.

 

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Son casi las 9 de la noche y es hora de seguir a Valencia, la calle más cool de Mission. Librerías como Dog Eared Books hacen justicia a ese título: libros baratos categorizados insólitamente en una acogedora tienda, claramente atendida por dos barbones de anteojos grandes y camisas de franela. Media cuadra más al norte, Paxton Gate es un paraíso para los curiosos. Taxidermia, plantas bizarras, gemas, insectos y libros sobre cómo hacer crecer un bonsái son algunas de sus infinitas curiosidades. También están Amnesia –bar hip de la ciudad, cuya especialidad son los tragos con soju coreano–, Zeitgeist y su biergarten de estilo punk-rock, las deliciosas pizzas de Farina y los mejores tacos de San Francisco en El Buen Sabor.

Terminamos el día en The Stud, un favorito de Janis Joplin. Este club es un ícono desde 1966 y ayudó a gestar el movimiento hippie y gay de la ciudad. De estética kitsch, la entrada cuesta solo cinco dólares y los tragos otros seis. ¿Su fuerte? Sus drag queens son una entretenidísima oda a la cultura pop.

 

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Día 2: En dos ruedas

La meta de hoy es andar 15 kilómetros en bicicleta por la costa, cruzar el Golden Gate y llegar a Sausalito, una pequeña ciudad al otro lado del puente con aires de balneario mediterráneo. Y para eso necesitamos, primero que todo, un desayuno de campeones.

El mercado del Ferry Building es ideal para empezar. Cafés orgánicos, panaderías locales y pastelerías gourmet se enfilan los sábados frente a la bahía y también todos los días dentro del edificio. Imperdibles son el pan de calabaza en Acme Bread Company, y el café orgánico en Peet’s Coffee & Tea y Blue Bottle Coffee Co.

 

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Tras rentar las bicicletas en el frontis del terminal cruzamos toda la costa sanfranciscana hasta subir (caminando, claro) casi 75 metros para llegar al peñón donde comienza el Golden Gate. Tómese su tiempo: hay miradores especiales para dejar a un lado las bicicletas y contemplar la vista por un buen, larguísimo rato.

La llegada a Sausalito es escénica. Bosques costeros junto a la bahía dan la bienvenida a un pintoresco pueblo que podría perfectamente estar en la mitad de la Costa Brava. Un excelente lugar para reponer energías es Fred’s Coffee Shop en la calle Bridgeway o Caffe Tutti, al lado del terminal de ferries.

Claramente, la idea de regresar en bicicleta jamás pasó por nuestras cabezas y decidimos volver a San Francisco en ferry; más allá del descanso, sirve para creer que los atardeceres perfectos existen: las vistas de Alcatraz y el Golden Gate durante el ocaso hacen que todo ejercicio valga la pena.

 

Día 3: Paz y amor en el parque

De cara al Pacífico, el Golden Gate Park es perfecto para –también– recorrerlo en bicicleta, especialmente los domingos cuando está cerrado al tráfico. Son cinco kilómetros de senderos laberínticos donde destacan el jardín japonés, un área de preservación de bisontes nativos y el imponente Museo De Young.

El distrito de Haight –que se levanta desde el extremo este del parque– empieza a mostrar los porqués de su fama liberal. Aquí se gestó el movimiento contracultural en el verano del amor del 67. La verdad sobre este barrio recae, básicamente, en que uno lo ama o lo odia. Así de simple. Para muchos el olor a marihuana y los escaparates psicodélicos de estética tie-dye pueden ser abrumadores; mientras que para otros, es el paraíso de un mundo utópico. De todas formas, este distrito hoy bulle de cafés, librerías y restaurantes que tienen más de hipster que de hippie, en un inevitable proceso de gentrificación.

Dejamos atrás el flower power (o lo que queda de él, mejor dicho) mientras vamos de regreso a casa, al lado este de la bahía. Las luces que desde arriba iluminan al Bay Bridge pasan una tras otra sobre el parabrisas del auto y pienso, milagrosamente, que San Francisco me cautivó en solo 72 horas. Quizás, después de todo, puede que sí tenga algo de santo. in

 

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