Milán sin maquillaje

En las plácidas calles del barrio de Navigli, la moda muestra su lado más artesanal, se distancia de las grandes gallerias y sus protagonistas no son portada de Vogue.

texto: Lucia Magi | FOTOS: Stefano Pedroni
       

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Milán corre, siempre. Respira frenética alrededor de su Duomo y la Bolsa, lugares desde los cuales se asoman las famosas tiendas de alta costura y las modelos que caminan sus veredas. Allí vive la capital italiana de los negocios y los desfiles, donde dos veces al año las firmas más prestigiosas de la moda presentan sus colecciones. Enjambres de turistas orientales cargan con bolsos Prada, Armani o Bulgari. Directores artísticos, fotógrafos y modelos preparan eventos donde el concepto ‘selectivo’ queda corto. Al visitante distraído puede parecerle que el Milán de la moda se reúne a la sombra de su Duomo y bajo la cercana Galleria Montenapoleone, en aquellas cuatro calles que los locales llaman “el cuadrilátero”. Pero, afortunadamente, no es así.
 

El barrio de Navigli lleva este nombre gracias a sus canales artificiales navegables.

El barrio de Navigli lleva este nombre gracias a sus canales artificiales navegables.

 

Los accesorios son imprescindibles a la hora de caminar por la ciudad.

Los accesorios son imprescindibles a la hora de caminar por la ciudad.

Los accesorios son imprescindibles a la hora de caminar por la ciudad.

Los diseños de Individuals, en la calle Vigevano.

Los diseños de Individuals, en la calle Vigevano.

 

Canales de colores

La metrópolis italiana, sin embargo, tiene mucho más que brindar a quien esté dispuesto a salirse de lo habitual. Existe una zona donde el tiempo parece distinto, más lento, pausado. Donde la ciudad no corre, no dispara flashes y no prepara portadas de revistas. Es el barrio de Navigli, llamado así porque su geografía se completa con un montón de canales artificiales navegables. Esta zona es teatro pintoresco y plácido, en una propuesta más alternativa, exclusiva y artesanal. Es el lugar donde el genio italiano se esmera silencioso y obstinado en pequeños talleres de zapatos, bolsos, ropa, objetos de diseño y, por supuesto, de gastronomía.
 

Garden K, más que una tienda, parece una exposición de buen gusto.

Garden K, más que una tienda, parece una exposición de buen gusto.

 
Para sintonizarse con el barrio –a 25 minutos caminando desde el Duomo– está Ennji, una tienda que propone una selección coloreada y nada banal de accesorios: zapatos, bolsas, horquillas brillantes, diademas enriquecidas, collares de encaje o anillos de plástico fundido. Mismo gusto original se encuentra en Merry Go Round, justo en frente. Cristina Doneddu, originaria de Cerdeña, elige ropa femenina “que hechiza por su material y corte: imagino vestir a una mujer elegante que cause sensación, a la que todo el mundo le pregunta: ¿y esto?, ¿dónde lo has comprado?”, exclama señalando los percheros donde cuelgan las prendas divididas por color.
 

Entre tanta compra, una parada en Taglio para reponer energías se hace necesaria.

Entre tanta compra, una parada en Taglio para reponer energías se hace necesaria.

 
De aquí en adelante las calles llevan el nombre de localidades del entorno milanés. Da la impresión, escaparate tras escaparate, de estar dando una vuelta en miniatura por fábricas textiles de Como –pocos kilómetros al norte–, y que abastecen el ingenio de Carlo Galli: “Trabajé durante años en Fendi, dibujaba bañadores y ropa interior. Me fui a Londres para afinar mi preparación y empecé a vender mis propias creaciones en los mercadillos. Iba bien y cuando agarré confianza decidí volver”. No lo pensó ni dos veces este emprendedor y soñador de 36 años, y apostó por Navigli. “Los mismos escaparates de la Galleria Montenapoleone ya se encuentran en Tokio, Nueva York, París… lo que se exhibe en los de este barrio es único. Aquí es donde late de verdad la ciudad de la moda”, sonríe bajo una gran planta que le otorga un aire alegre a su tienda Individuals, en la calle Vigevano, 9.
Menos tropical, pero igual de mágica, como de cuento de hadas, es la atmósfera que se respira en Garden K, 
en el número 35 de la misma calle. Más que una tienda parece una exposición de buen gusto: zapatos de diseño rebuscado, piezas únicas de ropa y corbatas, joyas artesanales de latón y piedras 
duras adornan su interior.
Pero no solo de moda vive el hombre. Sobre todo en Italia, hay que concederse una pausa para comer. Y comer rico.
 

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En cada tienda de Navigli se crean los estilos que luego saltarán a las calles del barrio, verdaderas pasarelas públicas de la ciudad.

 

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Sabores a paso de tacón

No es necesario andar mucho: Taglio está abierto todo el día en el 10 de la calle Vigevano. Con su estilo a lo Brooklyn –ladrillo visto, barra con espejo, cocina abierta y música indie– es el lugar perfecto para satisfacer el estómago en un día de compras. También, la calle del Naviglio Grande es el escenario ideal para sentarse en una terraza, tomar un café o un aperitivo: sobre las siete y media de la tarde, los milaneses suelen acudir aquí y sentarse en una de sus cafeterías para una copa con barra libre de comida. Cuando es la hora, hay que regalarse una cena en el Pont de Ferr, donde el chef uruguayo Matías Perdomo crea platos suspendidos entre tradición e innovación. Al lado, de la mano del mismo cocinero y de la misma dueña, Maida Mercuri, abrió Rebelot, un sitio de comidas más rápidas, tapas y copas.
Con la barriga llena, la ruta por el Milán de la moda profunda debe seguir en la calle de Tortona y de Savona. La primera es estrecha y torcida, pero muy célebre entre los aficionados del sector por su estimulante encaje de talleres de piel y textiles, restaurantes y bares, patios interiores y agencias de modelaje. Parada obligada es el número 12: Bottegatre. Valeria Terni y sus dos socios diseñan zapatos para todas las temporadas: “Utilizamos solo materiales italianos para nuestras creaciones. También vendemos calzados de otras casas, unas pocas y muy selectas” –comenta la mujer enseñando una hilera de zuecos de colores– “algo chic y único, pero cómodo y de uso cotidiano. Los zapatos adecuados para este barrio”. Por otro lado, la calle Savona replica el mismo estilo, quizás con una predilección por la gastronomía de medio día. Los edificios de fachadas modernistas hacen que el paseo merezca la pena.
 
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El modisto Antonio Marras tiene aquí su cuartel general (ambas fotografías). Una mezcla entre tienda y museo.

El modisto Antonio Marras tiene aquí su cuartel general (ambas fotografías). Una mezcla entre tienda y museo.

 

El corazón escondido

Para captar el latido de la moda auténtica quedan dos sitios por visitar. Dos templos profanos dedicados a la estética, que todo experto recomienda entre sus imperdibles. Se trata del Spazio Rossana Orlandi y Nonostante Marras. Ambos quedan en patios interiores, invisibles desde la calle, apartados de miradas indiscretas. El primero nace en una ex industria de corbatas donde hoy existen dos plantas de accesorios para la casa y muebles firmados por artistas emergentes. Las exposiciones cambian y se alternan según el impecable instinto de cazatalentos de la anfitriona. Aunque no parezca, todo está a la venta.
 

El Spazio Rossana Orlandi –ex industria de corbatas– sirve como vitrina a artistas emergentes.

El Spazio Rossana Orlandi –ex industria de corbatas– sirve como vitrina a artistas emergentes.

 
Nonostante Marras es el concept store de Antonio Marras, modisto originario de Cerdeña que aquí tiene su cuartel general. En la planta baja de un edificio de principios del siglo pasado se extiende un antiguo taller de coches hoy convertido en tienda-museo. Los enormes cristales dejan entrar una luz cálida, filtrada por la tupida vegetación del patio que otorga al sitio una atmósfera irreal y mágica, como de jardín secreto, alejado del tráfico y de los compromisos de la ciudad. “Muebles rescatados en mercadillos y anticuarios, joyas diseñadas por artistas estimados, prendas de su colección, libros de moda, diseño y arquitectura: este es un cofre donde Marras mezcla y guarda sus aficiones”, resume Anna, tras la caja. A diferencia de los Versace, los Fendi o los Prada, Marras decidió guardar su caja de las maravillas en este fragmento de ciudad alejado de los focos. Aquí, es donde la moda se desafía a sí misma, se toma su tiempo, escucha la calle e interpreta su latido. in
 

Pont de Ferr es un referente en la zona gracias a las preparaciones del chef uruguayo Matías Perdomo.

Pont de Ferr es un referente en la zona gracias a las preparaciones del chef uruguayo Matías Perdomo.

 

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