Tahiti Perfecta

Debe haber apenas un par de lugares en el mundo que rocen la perfección. Solo algunas escenografías serían perfectas para Adán y Eva. Tahití es una de ellas. Un pedazo de paraíso puesto en medio del Pacífico. Un sitio de ensueño para volver siempre o no irse nunca.

Texto: JAIME BÓRQUEZ
       

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FOTO: the brando

 

No hay un lugar más parecido al concepto que tenemos del paraíso que las 118 islas y el territorio de aguas que conforman la Polinesia Francesa. Lagunas con tibias aguas transparentes, montañas que parecen dibujadas, un clima privilegiado y los más acogedores y modernos servicios turísticos, la han hecho un destino inimitable.
Si a eso sumamos la simpatía de su gente y el relajo que lo inunda todo, el sueño del paraíso en la Tierra se convierte en realidad.

 

Los encantos de Moorea

  • Tahití se mueve de manera suave e hipnotizante. Es el ritmo del paraíso. // Tahiti has its own heavenly pace, smooth and hypnotic.

    FOTO: JEAN-PHILIPPE YUAM


Todo empieza bien en Tahití. Desde que llego al aeropuerto Faa’a, en Papeete, la capital. Mi bienvenida es con collares de flores y música envolvente. El perfume del tiare y la tierra húmeda aparecen de inmediato y quedarán impregnadas varios días después de la partida.

Me comentan que es buena idea visitar de inmediato alguno de los islotes. Frente a Papeete, a 19 kilómetros está la isla de Moorea. Llegar ahí apenas demora nueve minutos en avioneta y 40 en catamarán. Las dos islas son de un verde intenso y la brisa marina apacigua en algo el intenso calor. Poco a poco mi estrés y preocupaciones quedan atrás, alejadas por el soplido tibio del Pacífico y esta escenografía que conmueve.

Ya en tierra no me queda más remedio que acomodar la reposera, pedir una cerveza Hinano bien helada y dar un suspiro de relajo en este hábitat de ensueño.

Solo después de un buen rato me animo a descubrir las islas. En Moorea hay que llegar al mirador de la montaña Roto Nui, con vista a dos bahías relajantes. En el camino hay algunos lugares ceremoniales, los marae, donde los antiguos habitantes hacían competencias de arco y flecha. Pero la vista más espectacular de la isla se tiene al hacer el paseo 4×4 por la llamada Montaña Mágica. El nombre ya entrega pistas del sitio.

 

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FOTO: Gregoire Le Bacon

 

Durante el recorrido visito plantaciones de piñas y cultivos de vainilla, una hacienda de perlas negras y una destilería donde pruebo licores de múltiples frutas.

Para conocer sobre la cultura polinésica hay que ir a Tiki Village. Hace 25 años, un coreógrafo francés enamorado de Moorea construyó una villa de casas tahitianas de madera y juncos. Luego invitó a vivir en ellas a artesanos, músicos y bailarinas. La cultura y las costumbres tahitianas siguen habitando acá. También es un lugar para comprar artesanías genuinas y alegrarse con su fiesta nocturna con derecho al tamuré, la danza del fuego y a saborear el cerdo Ahima’a (cocinado en un hoyo cubierto con piedras calientes), el mahi-mahi a la parrilla o el cebiche de atún.

 

Dormir como pez

Bora Bora es la isla más visitada de toda la Polinesia Francesa. Dos macizos volcánicos de color verde intenso dominan el paisaje, con una laguna que va desde el color azul profundo al turquesa. He visto antes fotos asombrosas de este lugar, pero ver el paisaje en directo resulta conmovedor.

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Los que saben de snorkeling suelen ir a las zonas de Tiputa y a Tereta.

FOTO: Gregoire Le Bacon
La isla tiene solo 34 kilómetros de superficie y si se arrienda un vehículo se rodea en apenas dos horas por una ruta asfaltada. Vaitapé, el centro de Bora Bora, tiene todos los servicios indispensables y a través de ella podemos llegar al lugar donde vivían los antiguos reyes de la isla: las bahías de Vairau y Faanui.

Matira es su mejor playa, pero las arenas  inolvidables las pisé en los motus, pequeños islotes en donde se ubican algunos de los mejores hoteles del planeta con esas construcciones que se internan en el mar.

¿Cuál escoger para alojar o visitar? Difícil respuesta elegir un palafito, que aquí llaman bungalow over-water. En ellos, suele haber una mesa de vidrio que se puede abrir para lanzar alimento a los peces que pasan allá abajo. Y, por la noche, hay una luz que permite ver la fauna marina.

Otra gran alternativa es hacer un pícnic de medio día en un motu, con su arena como si fuera talco, a la sombra de los cocoteros y con una parrillada de diferentes carnes. O que nos preparen un cebiche de atún con leche de coco servido en hojas recién cortadas de un árbol y comido a la tahitiana: con la mano.

Hay otra cita que pocos evaden: visitar el Bloody Mary’s, el bar-restaurante más turístico de Bora Bora y que funciona desde 1979. Por aquí han pasado una larga lista de celebridades, como Paul McCartney, Keanu Reeves y Harrison Ford, entre otros. El lugar está decorado con piso de arena, techo de palmera y muebles de madera. ¿El menú? Está dominado por pescados y mariscos.

 

La isla de Marlon

Hay paraíso más allá de Moorea y Bora Bora. Raiatea, por ejemplo, es la segunda isla más habitada después de la capital. No tiene playas, pero sí un centenar de motus, donde literalmente se puede vivir como Adán y Eva. Hasta ellos es posible llegar remando, pero también hay servicios de transporte desde los hoteles. Se puede partir en la mañana y recogerlos a mediodía. O en la tarde. O cuando prefiera.

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FOTO: the brando
Manihi es otro gran lugar para ver. Se trata de un atolón que por años fue un espacio sagrado del buceo. El Manihi Pearl Resort ofrece acogedores bungalows y palafitos. Es también uno de los puntos de mayor concentración de cultivo de perlas, con precios bastante tentadores.

Rangiroa, el segundo mayor atolón del mundo, es para bucear en grande, pescar en alta mar y aprovechar la playa. Los que saben de snorkeling suelen ir a las zonas de Tiputa y a Tereta. Menos conocida y visitada es una isla que se anuncia como la futura Bora Bora: se llama Maupiti. Otras perfectas para el descanso y con magníficas playas, son Tikehau, Fakarava, Takapoto, Tubuai y Mangareva. También la pequeña Tetiaroa, que compró alguna vez Marlon Brando. Hoy, por suerte, se puede alojar en The Brando, probablemente el hotel más elegante y exclusivo de la Polinesia Francesa y al cual se llega solo a bordo de un avión privado.

Es hora de partir. La sensación es terrible. Nadie quiere irse nunca de Tahití. Entonces, sospechamos que si Dios descansó al séptimo día, es probable que lo haya hecho en estos parajes. in

 

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