Ushuaia

Historias del fin del mundo

La vuelta a la esencia en la ciudad más austral del planeta a través de tres elementos: aire, agua y tierra.

Texto: DANIELA DINI @danidini
       

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FOTO: rogelio espinosa

 

Llegar a Ushuaia es siempre una experiencia intensa. No importa si es la primera vez que se aterriza en esa pista angosta y particular –que parece sumergirse en el mítico canal Beagle– o si ya estuvo antes. La sensación de situarse en el fin del mundo envuelve a Ushuaia, capital de la provincia argentina de Tierra del Fuego, con un aura mística como pocas.

Hay algo flotando en el horizonte, que más allá de los picos de nieves eternas que la custodian, dan cuenta de una escenografía grandiosa, pero melancólica. Una belleza solitaria, tan fascinante como enigmática. Hace nada más que un siglo, esos mismos picos que abrazan la ciudad eran una muralla infranqueable que la convertían en una suerte de cárcel natural que, por sus condiciones geográficas extremas, fue –aunque con un gran paisaje –, el infierno en la tierra para presos de todo tipo.

Fundada a principios del siglo XX, Ushuaia fue la piedra en bruto de pioneros que lucharon por domar a estas tierras salvajes e inhóspitas, por darles una identidad y hacerlas propias. Fue, también, el destino final de muchos. Quizá sea algo de esas almas errantes lo que todavía se siente al caminar la ciudad, hoy llena de gente que va y viene, de migrantes, de una generación joven –y cada vez mayor– de nacidos y locales por adopción, de extranjeros deportistas que encuentran en los picos nevados las pistas ideales donde entrenar en contratemporada. También, claro, de turistas que en invierno aprovechan la nieve en todas sus formas, y que el resto del año exploran sus bosques, lagos y montañas.

Todo eso es en esencia Ushuaia, la ciudad más austral del mundo.

 

Agua, sobre el Canal de Beagle

 

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FOTO: andrés camacho (www.turismoushuaia.com)

 

Amanece y el horizonte se funde sobre un manto de aguas gélidas que con los primeros rayos de sol irradian un indescriptible halo color neón. La vista desde la habitación del hotel Los Cauquenes es privilegiada: se extiende sobre la costa del canal Beagle. Lo que desde la ventana aparece como un inmenso lago en verdad es el mágico punto de encuentro entre los océanos Pacífico y Atlántico. Aunque ya tiene mucho de mítico por su particularidad geográfica, navegarlo resulta una experiencia inolvidable. El Akawaia, el barco del hotel, zarpa desde el puerto de la ciudad. En casi tres horas de recorrido atraviesa la bahía de Ushuaia hasta llegar al canal a través del Paso Chico y así alcanzar las islas Bridges, para hacer un desembarco en una de ellas y explorar la playa Karelos, una costa de belleza indómita y solitaria. En el trayecto se verá muy de cerca la isla de los Pájaros, la isla de los Lobos –un hábitat plagado de cormoranes y lobos marinos– y la postal más famosa: el faro Les Eclaireurs, que ilumina la bahía de la entrada a la ciudad. Erróneamente conocido como el faro del fin del mundo, no es el más austral –el verdadero se encuentra en la isla de los Estados–, pero tiene una mística propia que lo hace único. El aire helado no amedrenta, pero si llega a incomodar, se puede volver a la comodidad y tibieza del interior del barco, donde una copa de vino y delicias gurmé esperan como parte del servicio a bordo.

 

Tierra, entre bosques y glaciares

 

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FOTO: facundo santana

 

Explorar el fin del mundo por tierra implica, por un lado, transitar su parte más urbana y su historia que aquí son indivisibles. Hay dos íconos de Ushuaia imperdibles y vinculados entre sí: el Tren del Fin del Mundo y el presidio local que comenzó a construirse por los mismos convictos en 1902, que funcionó hasta 1947 y que hoy es un museo en el centro de la ciudad. El tren más austral se habilitó en 1910 y transportaba la leña que era talada por los mismo presos, muchas veces, a temperaturas bajo cero. Ese trabajo que podía sonar tortuoso, era una recompensa por buena conducta y para muchos, una de las formas más cercanas a la libertad. Hoy la ruta, que culmina dentro del Parque Nacional Tierra del Fuego, reconstruye –desde fines de 1994 y con locomotoras de esa época–, siete kilómetros de los 25 originales.

Pero tierra aquí implica adentrarse en los bosques y montañas, entre los coihues, ñirres y lengas que enmarcan el paisaje fueguino. Algunos de los trekkings destacados son, por ejemplo, el que culmina –tras dos horas de caminata entre turbales y ríos de deshielo– en la imponente laguna Esmeralda o el ascenso al glaciar Martial, que empieza en montaña y termina en una travesía en el hielo, con crampones incluidos. Para subir la adrenalina, una combinación ideal es caminata y trayecto en 4×4 por la ribera del bellísimo Lago Fagnano.

 

Aire, en helicóptero

 

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FOTO: rogelio espinosa

 

El piloto y rescatista Daniel Moreira comanda y no hay tiempo de vértigo: desde la nave totalmente vidriada, la visión es completa y maravillosa. Los picos de las montañas se ven más imponentes y todo cambia de dimensión, se achican los bosques, manchando el paisaje y las pistas de esquí de Cerro Castor parecen dibujadas a mano alzada. Una de las rutas que ofrece dura media hora y recorre desde el aire el monte Olivia, laguna Esmeralda, cerro Alvear y cerro Castor y el valle del río Encajonado para cerrar con una vista fabulosa del Beagle y la ciudad, desde la cima del Cerro Le Cloché. El helicóptero desciende sobre una plataforma natural de nieve blanca, llana y virgen, tan clara y perfecta que quema los ojos. A 1.100 metros de altura, los minutos parecen años en ese silencio helado de nieves eternas, donde decir fin del mundo es, más que literal y evidente, verdadera poesía. in

 

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